Me lo heredó Nietzsche

Me repugnan,
ustedes
y su maldita sangre ácida, ustedes malentienden todo.
Para ustedes, sobrevivir significa aplastar y matar todo aquello que no llegan a comprender, no por falta de intelecto, sino por sobra de inutilidad.
Comer lo comprenden como la satisfacción de sus pervertidas papilas gustativas cuando todo su cuerpo, inhábil y ya magullado espiritualmente, se carcome
por dentro y
se vuelve tal para cual con su mente retorcida,
su mente,
inmunda
que no puede ver más allá de sí. Si acaso alguna vez llegaran a sentir empatía, no sería genuina, sería puramente en intención de proteger sus intereses tan poco necesarios y
sus cuestiones del desarrollo tan escasamente ligadas a lo que en realidad les es indispensable:
cerrar la maldita boca
para hablar y para ingerir,
parar de tragar para dejar de devorarse al mundo, que ya suficiente ha tenido con la náusea de tenerlos reproduciéndose y haciéndose cada día más detestables en su superficie.
Si algo me mantiene hipócritamente conviviendo con ustedes, es la gracia, ¡qué digo gracia!, la burla
que me corroe
al observar sus acciones y toda la bazofia que expectoran de la boca, la cual nunca se equipararía a la que brota de su estreñido esfínter atrofiado por toda la suciedad y muerte que recorre su aparato digestivo a diario.
Sus entrañas son homologas a la putrefacción de su alma y de su esencia.
el ser humano se ha quedado deshonrado en su presencia.
Han obrado de su significado
un vil insulto, ser humano podría significar algo lleno de luz mas ustedes lo conceptualizan en una peste que invade cada rincón en el mundo, peste, apropiación, necrofilia y destrucción y muchas otras ofensas que, aunque ustedes no se dignan a pronunciar por su tonta e imagianria decencia social, se percibe en su ente cuando caminan, 
su hedor no calumnia, 
los escucho gemir y quejarse por la insignificancia de sus existencias 
y su recóndita
alma
sigue 
escupiendo
tanto hollín
le introducen y acreditan a su sistema. 
Se sientan en la mesa sin saber que repiten un ritual de despedida a un muerto, ¡qué ironía!, entregan a los humanos, ya en estado de descomposición, a la tierra, los cubren de suelo para no verlos jamás, no sé si por asco o por melancolía, esperan que 
desaparezcan
pero cada sol engullen tantos muertos les apetecen,
mismos que yacen purulentos de manera tan aparentemente apetitosa,
“con sazón cultural”,
dirían ustedes… 
Al cuerpo que reposa por siempre le aceleran sus partículas, alteran sus electrones poniéndolo al fuego; vuelven aún más venenoso aquello que llaman comida, aquello que no pueden dejar, su adicción que merma. Tan sólo para omitir su verdadero sabor, el sabor de la podredumbre y crueldad y hediondez que causa un organismo sin vida, un cuerpo descuartizado, a veces desollado, asesinado por ustedes, ¡ustedes, malditos!, desde hace ya varío tiempo, le condimentan con sal y pimienta
y yerbas finas
y cúrcuma
y páprika
y limón
y coco
y vinagretas
y BBQ 
y una reunión entre amigos
y una boda
de amor.
Ansían la estética, ¡por Dios!, qué armonioso: un cadáver en su refrigerador, junto a la papilla del bebé.
Un entretenimiento para sus cerebros que ya poco esfuerzo invierten en ellos, se aprecia en el tiempo,
tiempo,
que desperdician, y digo desperdician sin el afán de defender la suposición de que el tiempo se afronta con un objetivo sino que se olvidan de sus asuntos iniciales, besoins essentiels, el deseo de la respuesta a la pregunta principal que nos orilló al origen de la filosofía.
No les concierne
y continuan
repitiendo
patrones
y obedecen a la 
vida
que les tocó
vivirla
y a todo lo que les demanda
esta sociedad
nefasta
y
sus formas de supervivencia absurda,
su consumo inocente
que está hundiendo al planeta en un mar de sangre y horror indescriptible,
¡patéticos!
Ustedes y su hocico
y su pus
en el vaso,
y su fecha de caducidad en los productos
(Lo que aún no saben es que ya han fijado la suya.)
Se entrometen de forma tan impertinente en los ciclos globales, en el funcionamiento del mundo, en lo sagrado y lleno de instinto primario, que han masacrado especies enteras.
Billones quienes ustedes han denominado su razón 
que están aquí para servirnos,
y son aprovechados.
Lo único que me resulta espléndidamente aliviante es que esa atrocidad que ejercen en el mundo, se les volverá 
y aquí estoy,
comiéndome las uñas,
ansiosa
para cuando llegue ella, Mother Nature,
y les escupa la cara.
Una fuerte motivación para el estudio de la crisis ambiental es apreciar la paleta de catástrofes (llamadas así por la incapacidad humana de hacer algo al respecto y su buena aptitud para el martirio) que asechan y la gama de calamidades que rematarán, de una vez y por todas, con su roñosa existencia fugaz que tanto daño ha hecho a este universo que sólo sabe bastar,
ser inmenso, 
dar
y recibir holocausto.