Crónicas de la observación astrofísica II: La Desesperación.

Día tras día se supervisaba el exito del traspaso. Todo tenía que ser perfecto.

El capitán del crucero observaba en compañía de sus tenientes, desde la más alta cúpula de poder, El Procedimiento. Junto a las fragatas circundantes, formaban un semicírculo en torno a las puertas. Con el crucero en el centro de la acción, esto no era coincidencia, todos los instrumentos de mensura se posicionaban de manera que El Procedimiento se realizará con éxito. Todo tenía que ser perfecto.

Las puertas eran dos, ubicadas posteriormente. Las fragatas eran seis, dispuestas de manera equitativa, junto con el crucero y demás naves satélites que merodeaban por doquier, la flota era perfecta en conjunción con lo que tenía que ser perfecto.

El Procedimiento era simple y complejo a la vez. Algo que podía simularse en condiciones normales de cualquier manera y a cualquier escala no era lo mismo dimensionalmente hablando. Básicamente, por la puerta de nombre Alpha, pasaba la ciudad-planeta de nombre Ewel-2, viajando por el hiperespacio hacia un sitio diametralmente opuesto del universo para luego volver por la puerta Beta. Debido a cuestiones espacio-temporales, el traspaso se realizaba en unas horas. Así, pese a la complejidad, se había concebido un redituable mercado. El negocio era perfecto.

Ewel-2 era una ciudad-planeta próspera, poseedora de los recursos más codiciados. Allí residía lo perfecto, sus ciudades imponentes, de la arquitectura mas brillante, sus habitantes los más esbeltos, hermosos e inteligentes, su fauna la mas respetable y digna de conservar y su flora la más deslumbrante. El jugoso negocio consistía en el intercambio de lo que producía Ewel-2 a cambio de montañas de riquezas en el mercado estelar, al borde del universo conocido. Ewel-2 era la luz de sus propietarios y del espacio vacío, era el orgullo de las familias que allí residían. Ewel-2 era perfecta.

Una vez activadas las baterías balisticas de defensa, el capitán continuó con El Procedimiento. Calculados todos los movimientos, Ewel-2 traspasaba Alpha y está se cerraba, tan rutinariamente como todos los días, pero sin perder la codicia. Un día perfecto.

El capitán, yendo a descansar a su despacho después de un exitoso (y satisfactorio) traspaso, recorrió las pasillos del crucero cuando empezó a oír revuelo en los diferentes camarotes y salas de operaciones de la nave. El bullicio era tal que se percibía el olor a preocupación. Lo habían citado en la sala de supervisión, para que observe el extraño fenómeno que tuvo lugar cuando se realizaba El Procedimiento. Todos se convencieron de que lo perfecto también tenía defectos.

Tras unos minutos de minucioso monitoreo, concluyeron que había habido una falla en el núcleo energético que alimentaba la demandante ciudad-planeta ya que observaron un pequeño apagón, justo antes de que se cerrará Alpha. Sin energía, tampoco habría comunicaciones, pero eso no importaba por que las riquezas son perfectas, las defensas eran perfectas, Ewel-2 era perfecta y El Procedimiento era perfecto.

Horas después, el capitán y la tripulación de la imponente nave se rindieron ante el horror. La desesperación se había diseminado, primero por las fragatas y luego por el crucero, los individuos se insultaban, se echaban la culpa, incluso se escuchaban disparos dentro de la nave. El espectáculo más lamentable, se había dado en cuanto Ewel-2 cruzó Beta. Los parientes mas cercanos a los habitantes de ese planeta gritaban o vomitaban, se golpeaban y lloraban sangre. Imperfección.

Por los grandes ventanales de las fragatas más cercanas a Beta, observaban sus tripulantes una devastación sin igual. Las ciudades puerto de Ewel-2 ya no existían, pues habían sido reemplazadas por cráteres, circundados estos por aureolas de fuego violeta, que era lo único que brillaba del planeta ya. Las sondas salvavidas se alejaban radialmente del planeta, eran un centenar (pero tendrían que haber sido millones).

El capitán corrió hacia la cúpula de poder, allí donde lo esperaban sus tenientes. Cuando llegó, todos estaban sentados en sus respectivos lugares, mirando hacia el suelo, tiesos, sin hablar. La desesperación. Todos señalando a la pantalla de operaciones. Entonces el capitán entendió que lo perfecto nunca perece, no habría de hacerlo, pero se había olvidado de los vampiros estelares, que también eran perfectos.