Dos lectores: Sarmiento y Mansilla

Está claro que tanto Mansilla como Sarmiento bregan por determinar, a través de la escritura autobiográfica, su propia imagen pública. La pregunta es: ¿qué clase imagen pretenden darse? Tomemos, para abordar el tema, los episodios de lectura o de aprendizaje temprano que los autores narran.

En el caso de Sarmiento, hay una característica fundamental en su educación que él, en Recuerdos de provincia, se encarga de remarcar: la informalidad. Sarmiento aprende a leer a los cuatro años –le enseña un tío — y pronto ingresa a una flamante escuela sanjuanina (“el gobierno de San Juan, en 1816 hizo venir de Buenos Aires unos sujetos, dignos por su instrucción y moralidad de ser maestros en Prusia, y yo pasé inmediatamente a la apertura de la escuela de la patria”). Alumno ejemplar en los primeros tiempos, es seleccionado por el gobierno de Buenos Aires para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales, pero “se despertó la codicia de los ricos (…) y hubo de formarse una lista de todos los candidatos; echóse a la suerte la elección, y como la fortuna no era el patrono de mi familia, no me tocó ser uno de los seis agraciados”. La mala suerte es para el personaje que de sí construye Sarmiento, en efecto, una constante; deberá luchar a lo largo de su vida contra una fortuna que le es esquiva.

Pasan unos años. Se retira a la campaña de San Luis, en San Francisco del Monte, para continuar sus estudios con su tío, el presbítero José de Oro. A menudo destacará Sarmiento el amor y la admiración que siente por su maestro; el método de aprendizaje, por lo demás, resulta un poco anticuado: “Llevábamos un cuaderno con el título de Diálogo entre un ciudadano y un campesino. Era yo el ciudadano, y sabiendo la gramática castellana y comparando con ella la latina, me iba enseñando las diferencias”. En la campaña de San Luis fundan un escuela y Sarmiento es su maestro; en otro movimiento recurrente de su literatura, presenta al hecho como un presagio: “¡Por qué rara combinación de circunstancias mi primer paso en la vida era levantar una escuela y trazar una población!”.

Luego de un año le comunican que el gobierno de Buenos Aires está dispuesto a becarlo, nuevamente, en el Colegio de Ciencias Morales, motivo por el cual regresa a San Juan. Sin embargo, justo en ese momento “las lanzas de Facundo Quiroga venían en bosque polvoroso agitando sus siniestras banderolas por las calles”, y la posibilidad de viajar a estudiar a Buenos Aires se frustra otra vez.

Finalmente Sarmiento comienza a trabajar de dependiente de comercio en una tienda, completamente aislado del mundo. Es aquí que se pone en marcha la máquina autodidacta de Sarmiento: “Yo estaba solo en el mundo (…). Pero debe haber libros, me decía yo, que traten especialmente de estas cosas, que las enseñen a los niños; y entendiendo bien lo que se lee puede uno aprenderlas sin necesidad de maestros”. Pronto se apasiona con la lectura de biografías: primero la de Cicerón y luego la de Benjamin Franklin, que resultará trascendental: “Yo me sentía Franklin; ¿y por qué no? Era yo pobrísimo como él, estudioso como él, y dándome maña y siguiendo sus huellas, podía un día llegar a formarme como él”. La esencia del personaje que construye Sarmiento en Recuerdos radica en esta comparación: Sarmiento, como Franklin, es un hombre que emerge de la pobreza para hacerse a sí mismo: “el joven que sin otro apoyo que su razón, pobre y destituido, trabaja con sus manos para vivir, estudia bajo su propia dirección, ilustra su nombre, sirve a su patria ayudándola a desligarse de sus opresores (…), este hombre debe estar en los altares de la humanidad”.

Sin otro apoyo que su razón y su capacidad de leer es que pronto Sarmiento comienza a aprender idiomas y a acumular conocimientos. La cultura lo distingue de “la muchedumbre oscura y miserable”, le garantiza el ascenso social y representa además un triunfo personal, el triunfo del esfuerzo y el mérito. Nada lo irrita más, por ese motivo, que la discriminación que sufre en Chile a raíz de su falta de credenciales universitarias: “Levantóse en Santiago un sentimiento de desdén por mi inferioridad, de que hasta los muchachos de los colegios participaron. Yo preguntaría hoy, si fuera necesario, a todos esos jóvenes del Seminario, si habían hecho realmente estudios más serios que yo. ¿También a mi querían embaucarme con sus seis años del Instituto Nacional? ¡Pues qué! ¿No sé yo, hoy examinador universitario, lo que en los colegios se enseña?”.

En la causerie “Por qué” también Mansilla relata su ingreso en la lectura. Vivía él en el saladero (“entre Ramallo y San Nicolás”) de su padre, Lucio Norberto Mansilla, que por su parte habitaba una casa a pocos minutos de distancia. Mansilla describe al padre como un hombre muy federal, poco leído, tosco, que tenía una biblioteca con algunos libros en francés y mucha correspondencia privada que el hijo revisaba a hurtadillas. Una tarde, durante el horario de la faena, Mansilla leía El contrato social cuando irrumpió su padre de improviso en el saladero; entonces descubrió que el hijo no sólo que faltaba al deber laboral sino que lo hacía leyendo a Rousseau, principal emblema del iluminismo, y a su vez la principal inspiración ideológica del partido unitario. El padre pasa unos días visiblemente turbado y, tras mucho meditar, resuelve enviar al hijo a la India, pues “cuando uno es sobrino de Juan Manuel de Rozas, no lee el Contrato social, si se ha de quedar en este país”.

Puede decirse que el tema principal de la anécdota es el rosismo. La relación de Mansilla con Rosas, de hecho, es frecuentemente el objeto del discurso de las Causeries y una de las apoyaturas fundamentales de la construcción que Mansilla hace de sí mismo. Porque, ante todo, hay que tener en cuenta esto que dice Viñas: “Mansilla sabe que debe satisfacer cierta demanda y plantea su juego a partir de la imagen que su público se ha ido formando de él. (…) Su estilo, pues, es apelación y resultante de su clase; es un estilo marcado por la élite liberal”. Cabe imaginarse las causeries como la reproducción escrita de la conversación del club: Mansilla frente a un selecto auditorio de la aristocracia porteña. En este panorama se inscribe la figura de Rosas como figura de carácter ambiguo: por un lado representa, todavía, la barbarie. Pero, por el otro, también es signo de distinción de clase. Dice Viñas: “Si para la élite escindida y enfrentada del 52 al 80 Rosas era la alteridad y el mal, para la élite homogeneizada después del Acuerdo el mal eran los hombres nuevos, y Rosas — en tanto se identificaba con el Pasado y la Sangre — empezaba a ser un valor positivo para todo el grupo”. Ideológicamente, Mansilla se aparta de su tío: él es tan sólo un adolescente en la época de Rosas y no parece demasiado involucrado en la coyuntura política: “en esa época, si es verdad que vivere cogitare est, yo no vivía, vegetaba”. A tal punto se desliga de la ideología familiar, que su padre lo destierra por leer El contrato social, y encima en francés, el idioma “civilizado” por excelencia. Podría decirse que cuando Mansilla alude a Rosas no alude al político sino al pariente, al tío cercano, al hermano de su madre. De ahí que se describa, o se intente describir, su faz más humana o, en su defecto, más excéntrica: todo aquello a lo que Mansilla accede por consanguíneo (pensemos, por ejemplo, en “El dedo de Rozas”). Y claro que, desde esta perspectiva, el afecto que parece profesarle se encuentra justificado.

Vemos, entonces, que la apropiación de Rosas que efectúa Mansilla tiene por principal objetivo acreditar un pasado ilustre ante su auditorio selecto, tomando distancia de lo que no le es conveniente. Pero tampoco es casual que sea una anécdota familiar la que pone en juego todo este conjunto de significados. Como señala Molloy, “la generación del Ochenta tiende a la digresión creadora — la charla informal, el cuento bien narrado, el recuerdo ameno, el chiste atinado — . Al escribir para familiares y amigos, estos escritores, previsiblemente, suelen remitir a un pasado que comparten con sus lectores, y hacen de la autobiografía un modo de expresión predilecto”. Es precisamente la ilusión del pasado común la que invoca Mansilla al contar aquella anécdota familiar, no prescindiendo tampoco de cierto estilo entre picaresco y nostálgico, presente también, por ejemplo, en novelas como Juvenilia.

La imagen de Mansilla está, pues, al servicio de la élite. Lo demuestran, sin ir más lejos, la serie de personalidades distinguidas a las que Mansilla dedica cada causerie. Pero también lo demuestra el carácter mayormente exhibitivo de su persona. Mansilla está exhibiéndose constantemente y es consciente de ello. En “El dedo de Rozas”, dedica buena parte de la causerie al modo en que utiliza el sombrero y a lo que de él se dice: “yo uso el sombrero muy echado sobre la derecha”; “¿Saben ustedes lo que sostienen algunas personas? (…) Que yo llevo el sombrero así, para ocultar la falta de una oreja”. Y concluye: “…Y entonces ¿por qué lleva el sombrero así? — ¡Porque es raro, no más!”. Lo atractivo para el público al que él se dirige es, más que nada, la confidencia, la excentricidad. En “Por qué”, dice: “Imaginemos la avidez con que sería acogida esta noticia: ‘Nuestro ex-lord mayor, Torcuato de Alvear, comenzará en breves días a publicar sus Memorias; Sarmiento, sus Confesiones (…). Esto, paralelamente con este otro aviso: ‘Ensayo histórico sobre la Guerra del Paraguay, por vuestro muy atento y seguro servidor’. No me cabe la menor duda de que la afluencia de suscritores para lo primero sería infinitamente mayor, que para lo segundo”. Lo que de sí valora Mansilla, porque sabe que es lo que valora su auditorio, no es el mérito, ni la fuerza, ni la nobleza. Ni siquiera es el dinero: “Me quedaban cinco pesos bolivianos, y como dicen en Italia, la ben fattezza de mi persona, o la estampa, como dicen en Andalucía. ¡Y qué capital suele ser!”, dirá en “De cómo el hambre me hizo escritor”. Y luego, en la misma causerie: “ Yo me mantenía un tanto apartado, dándome aires: tenía toda la barba, larga la rizada melena, y usaba un gran chambergo con el ala levantada”. La preocupación por la fachada, por “la estampa”, atraviesa las causeries: en “Los siete platos de arroz con leche” cuenta que en Francia lo presentan como un “principito de sangre real” y una marquesa organiza una fiesta “para exhibirlo”, y todo esto con la complacencia de Mansilla, que “se pavoneaba” entretanto.

Supongamos que ambos escritores tienen la necesidad de gustar, y que es a partir de este deseo que estructuran su escritura y levantan su personaje. Pero al seleccionar episodios, las prioridades parecen ser muy distintas: si Mansilla se presenta como una especie de dandi, en el sentido de que, en palabras de Molloy, es el “artífice máximo de su persona”, y de que echa mano del tono cínico, sarcástico, muy propio de los escritores de la Generación del Ochenta, Sarmiento, en un movimiento casi opuesto, hace de la suya una vida ejemplar. Y no sólo de la suya, sino también de la de Facundo Quiroga; es la lección que le imparte la biografía de Benjamin Franklin. De Facundo, dice: “En él no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno. (…) Facundo no es más que el espejo en que se reflejan en dimensiones colosales las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia”. De sí mismo: “…en mi vida tan destituida, tan contrariada, y, sin embargo, tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sur, agitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por despegar las alas”. El yo ejemplar, reflejo particular de lo general, de la mismísima historia de la Patria, “portadora de sentido histórico”, contra el yo fragmentario, engañoso, seductor y autoconsciente de Mansilla.