La adultez

Facundo Calabró
Nov 3 · 2 min read

Uno quisiera, todavía siendo adulto, sentirse con derecho a desdeñar el pasado, como diciendo “estaba equivocado; eso no era nada; ahora lo sé”. Pero ya no es posible. La adultez es un páramo. Una vez sentadas sus bases, el sujeto adulto se mantiene esencialmente igual a sí mismo. Y esta modalidad del tiempo −la eternidad− es la modalidad auténticamente suya, la modalidad que lo define. Una inercia lo arrastrará siempre hacia su “fuente interior, de la misma manera en que el viaje jamás pone en cuestión la opción del regreso al punto originario”. Pese a su esfuerzo de microondas por emitir incesantes partículas, descubrirá con sorpresa estúpida que recorridos mentales separados por largos intervalos (años, ¡décadas!) desembocan en el mismo sitio: el mismo páramo… Y que en la memoria los hechos se superponen, indicio de que han sido percibidos y registrados bajo una misma codificación.

La otra temporalidad que también afecta al adulto es la temporalidad propia de toda vida pedestre, la progresión, la que impulsa al sujeto −fatal y engañosamente− hacia el futuro, hacia el desgaste, hacia la muerte. Convertirse en adulto no es otra cosa que entrar en proceso de descomposición, y sin embargo el carpe diem (que absurdamente se presenta como imperativo, cuando no es más que la definición del discurrir existencial), procede por amnesias. No sólo el momentáneo (y dulce) abandono a los pequeños avatares de la cotidianidad −el hambre sobre todo− sino incluso, por qué no, la avidez de conocimiento, de transformaciones, incluso de revolución o de tabula rasa, mueven también al adulto, deparándole su −cada vez más ínfima− cuota de novedad. Pues la progresión, que hasta antes de los veinte años ejercía su influjo en un movimiento fluido, casi vertiginoso, se empieza a topar de golpe, y cada vez más, con algo que le opone resistencia, y que acaba casi siempre por vencerlo: es la eternidad arrellanada cómodamente en su trono. Progresión y regresión entablan pues una batalla sorda que se resuelve en el seno del pobre y desorientado sujeto adulto, el cual alterna entre la desesperante impresión de circularidad −nota incluso que la mismísima sucesión de estados: miedo, desesperación, alegría, inspiración, sensación de inteligencia, sensación de estupidez, excitación, entusiasmo, depresión, se repite al pie de la letra− y la desesperante impresión de devenir (viejo). Girando sobre su propio eje, en loop; pero acercándose al mismo tiempo, aunque a veces lo olvide, a su fin, transita las horas. Quiéralo o no es lo que le toca: decadencia y repetición son y serán los ritmos fijos de la adultez.

    Facundo Calabró

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    Nació el 25 de marzo de 1997 en la laguna de Chascomús.