Cómo dejé de amar la mentira y me enamoré del derrumbe

Facundo Dell Aqua
Sep 5, 2018 · 5 min read

Creo que inicié mi vida junto a las mujeres mintiendo. Si, no es algo tan agradable de leer pero tampoco es tan terrible como suena: las mentiras conformaban un traje que me calzaba justo para agradarle a los demás.

De las primeras mentiras que recuerdo, hay uno que duró todo un viaje de vacaciones que hicimos con mi vieja y mi hermana a Santa Teresita. Ese fue el destino al que viajamos un par de veces con mis abuelos paternos, en la casita rodante. Creo que una vez fuimos con una vez con ellos solos y otra con mi mamá. Pero esta vez habíamos ido los tres solos. Mis papás ya se habían separado y estábamos lejos de la sombra intimidante de mi papá y la presión que su mera presencia ejercía sobre nosotros. Estábamos libres de todo y podíamos charlar todo el día.

Me acuerdo que mi hermana era una nena hermosa, con sus rulos dorados cayéndose por la cara, con una sonrisa pícara a la que le faltaba un diente y solo la hacía mas linda. Creo que tenía cuatro años. Yo no me acuerdo como era físicamente, pero si que debía tener once o doce años. Capaz tenía menos, no sé, nunca fui bueno con las edades y el paso del tiempo. Lo que si me acuerdo es que me compré una Comiqueando con Spawn en la tapa, pero que lo que realmente me llamó la atención fue una nota sobre La Casta de los Metabarones de Jodorowsky y Gimenez. Hoy el chileno me gusta más bien poco y no me sorprende, pero en aquel entonces tuvo un impacto muy fuerte en mi. También fueron las vacaciones en las que encontré un número de La Cosa del Pantano en una librería a cincuenta centavos y descubrí que quería ser escritor. ¿Me fui por las ramas? Permitanme diferir: hay un nexo inquebrantable entre el escritor y la mentira. Los escritores son mentirosos muy buenos y muy educados y tal vez haya sido esa exposición la que me hizo comenzar con el engaño.

Así que le conté a mi mamá que en la computadora de la casa de mi abuela me había instalado el Duke Nukem 3D. Si, ya sé, mi inicio en la mentira fue terrible y traumático. Pero con esa estupidez, lograba cubrir cualquier hueco de silencio que hubiera y contarle, algo a Mamá que fuera (al menos para mí) interesante. Entonces le hablaba de un juego que no conocía, le inventaba una suerte de GTA con gráficos hiperrealistas, ultra polémico y violento, con un control parental medio bizarro que como tal suprimía la violencia si eras menor, y a medida que eras adulto te mostraba el gore, la desnudez y cualquier contenido prohibido, pero que si ponías que tenías 60, el juego tomaba un filtro de los años hippies, con colores psicodélicos y anteojos de Elton John en “Pinball Wizard”, o si ponías “80” todos los aliens tenían el pelo largo y batido como Bon Jovi o los Twisted Sisters. Si, no conocería las drogas hasta muchísimos años después, pero parecía que ya sufría algunos efectos anticipados. Entonces, estuve todo ese viaje contándole a Mamá sobre un juego que nunca había jugado y que tampoco existía como tal y sin saberlo, tejiendo mi primera historia sin darme cuenta.

La mentira era la confección de una historia ficticia, de una ilusión que buscaba crear algo interesante en el otro, y por consiguiente: buscaba crear algo interesante en mí. Acá era bastante obvia la razón porque mentía para interesarle a mi mamá, ya sea para pasar el rato, para divertirme, por algun motivo edípico o vaya uno a saber por qué, pero ahí estaba la construcción de algo que no existía.

En otras vacaciones, con mis abuelos y mi hermana, también en la costa, y no muy lejos en el tiempo de mis diez años, estaba en la playa, solo creo, y se me acercó una chica para hablarme y estuvimos un ratito charlando hasta que se fue y yo subí hasta donde estaba la casita rodante del abuelo y no la volví a ver nunca más. No sé por qué le dije que me llamaba Hipólito y vivía en Capital Federal.

A mis abuelos también les mentía: les decía que jugaba muy bien al volley, que estaba en un equipo de la escuela que competía en torneos con otros institutos e inventaba historias de rivalidades y compañerismo, de hazañas deportivas que nunca habían ni hubieran existido, pero que una vez que arrancaba la narración, se me hacía imposible parar. Mi hermana era muy chica para desmentirme, el colegio estaba en Los Hornos y mis abuelos vivían en Berisso y solo iba los fines de semana y nadie se molestaba en preguntar demasiado. A mi me hacía feliz contar eso.

Di mi primer beso muy tarde y tarde me puse de novio por primera vez. Pero a mis compañeros les había dicho que que tenía una novia en Berisso, que cenábamos juntos los viernes (?) y otras cosas que tenían que ver con esa construcción del amor que tenía en aquel entonces, todo muy inofensivo y televisivo de las cinco de la tarde, todo muy en plan Amigovios o Chiquititas.

No sé cuando dejé de mentir. Tal vez cuando adopté a mi perro mutante Culpa, que me muerde mientras escribo esto, pero estoy bastante seguro que estuvo alineado con mi primera novia, la época en la que empece a usar cadenas y ropa negra y la edad en que la inocencia finalmente murió.

Porque para mi, la mentira era la forma de crear un mundo más lindo que este, era una ficcionalización de la realidad, era contar una historia que siempre protagonizaba yo, porque todavía no había descubierto la seguridad del narrador, la impunidad del que está detrás de la obra. ¿Pero que sucedía si ya no me interesaba recrear una realidad mas atractiva que esta? ¿Que pasaba cuando comenzaba a darme cuenta del mundo que me rodeaba, de su verdadera forma, de su verdadero color?

Cuando comencé a salir con Julieta me olvidé del brillo de la mentira y me enamoré del derrumbe, de la tristeza, de la imperfección de las cosas. Ya no me era atractiva la mentira sino la ensoñación de la realidad, el romance con la idealización y mas precisamente, la idealización del amor trágico, del amor sacrificado que te rescata de cualquier mal. La mentira peligrosa del amor rescatista.

No voy a mentirme a mi mismo a estas alturas, porque lo sé perfectamente: de chico empecé a mentir para agradarle a los demás y de grande empecé a mentirme para agradarme a mi mismo.

De chico empecé a mentir para agradarle a los demás y de grande empecé a mentirme para agradarme a mi mismo.

Entonces yo pensaba que la mentira había quedado atrás, pero había pasado de estar al frente, para estar adentro mío. Me mentía todo el tiempo: exageraba la medida de mi amor, me inventaba conflictos donde no existían, construía estructuras abominables de pasión loca y amor exagerado sobre ríos quietos, buscaba acelerarlo todo con realidades artificiales, buscaba detenerlo todo, construía ficciones imposibles de gente que no conocía o ficciones imposibles en gente que había conocido toda la vida.

Construí una vida totalmente ficticia alrededor de la mía, que se volvió tan inmensa, tan débil en su cimientos y tan desordenada, que un día se derrumbó sobre mí y me sepultó entre los escombros.

Ese día conocí el riesgo de la mentira. El problema no es que se derrumbe, el problema es que siempre hay gente viviendo adentro.

Facundo Dell Aqua

Escritor y novelista. Autor de Los Gigantes. Me gusta el color naranja.

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