Los Amantes Cuervos / Capitulo 9: Alegoría de la selva

Los colegios son una alegoría temprana de la selva. Los que más rápido se adaptan son los que mejor la pasan. Los relegados sufren hasta el último día. No es supervivencia ―estaría siendo demasiado trágico―, pero era bastante evidente que no todos vivíamos la escuela de la misma forma. Al principio todos parecen ser parte de una masa uniforme, pero con el paso del tiempo, más específicamente con el paso de los cursos, se forman pequeños grupos que aluden siempre a lo mismo: aceptados y rechazados.

Curiosamente yo no empecé siendo rechazado, gracias a algo tan involuntario como la genética. Había heredado de Mamá y Papá (pero más de él) un aspecto atractivo, simétrico: era delgado, con la cabeza llena de rulos castaño claros, casi rubios, y enormes ojos almendrados. Y era alto; mucho más alto que el resto. Era un “nene lindo”, de esos que las madres siempre recuerdan en las fotos como “ay, qué lindo es el hijo de Sabrina”. Sí, era lindo; y eso les gustaba a las nenas. Y a los demás nenes les gustaba que yo atraiga esa clase de atención.

Al principio, Axel (que era el líder nato de la división aún desde chiquito, siempre la voz cantante en todos los asuntos que ocurrieran entre esas cuatro paredes) tuvo problemas en acercarse a mí. Me invitaba a jugar a la mancha o a las escondidas en los pasillos de la escuela. Lo intentó un par de veces y finalmente, cuando dejó de llamarme, me di cuenta que nadie quiere estar realmente solo. Mucho menos un nene de primer grado.

Al contrario que las escuelas-cárcel que vi a lo largo de mi vida, esas construcciones pequeñas, idénticas, aburridas, el Instituto San Juan ocupaba una manzana entera y contenía un mundo dentro de sí mismo. Se dividía en el antes mencionado edificio de la primaria, el parque, que tenía dos grandes áreas de árboles delimitadas con pequeñas cercas de alambre y una gruta muy chiquita dentro de una de esas arboledas. La gruta era como una cuevita enrejada que adentro tenía charquitos donde uno tiraba monedas. Yo siempre pensé que esos charquitos eran de agua bendita, pero solo eran hervideros de mosquitos.

En el medio de ese gran complejo estaba la parroquia, una cosa inmensa implantada como un cuerpo extraño en medio de la armonía de los árboles y las dos instituciones educativas. Contrastaba terriblemente con su construcción sagrada, sus cruces y sus imágenes de santos ensangrentados, de sufrimiento grotesco y violenta y exaltada religiosidad. Para colmo, a un costado de la parroquia estaba la tumba del párroco fundador: una tumba de piedra y mármol, rodeada de tablillas que lo recordaban con frases y datos sobre su vida. Sí, en medio de la escuela llena de nenes había un cadáver pudriéndose.

Del otro lado ―en el territorio de los adolescentes rebeldes y los terribles profesores de rostros largos, en el reino lejano de la testosterona y la furia incomprendida del crecimiento acelerado― estaba la escuela secundaria.

Y aunque el viejo pudriéndose en medio de la escuela no fuera muy agradable, un día salí al patio y le dije a Axel:

— ¿Jugamos a algo?

Antes de que me diera cuenta ya me sentaba atrás de Hernán y Axel, con un chico que se llamaba Maxi. Con mis nuevos amigos hacíamos chistes y nos burlábamos de los demás, y todos se reían. Todos menos de quienes nos reíamos, como mi compañero Maxi Alonso (el chico que se convertiría en el mejor promedio del grado pero que siempre tenía cara de culo), o Melina (aquella flaquita de anteojos gigantes a cuyo grupo de amigas terminamos llamando “Las Invisibles”, unos años más adelante).

Y en las clases de educación física, empezamos a dejar atrás a los más gorditos y desganados del aula. Y ya en tercer grado nos dedicábamos a planear besos furtivos con nuestras compañeritas.

Así se pasaron tres años de primaria sin que nos diéramos cuenta o, más bien, sin que pasara nada que pudiéramos advertir. Muchas cosas pasaban por debajo de las aguas aparentemente calmas de nuestra niñez, cosas que comenzaron a merodear en la superficie con formas monstruosas e imposibles y a extender sus tentáculos a través de la grieta que se abrió cuando enterraron a Mamá.

Nadie me reprochó nada luego de mi mes de ausencia. El mandato que impuso Papá de tomarme el tiempo que fuera necesario había sido respetado por todos y nunca nadie se opuso a su decisión; ni los abuelos, ni mis tíos, ni (las pocas veces que venían) los Brizuela. Todos aceptaron mi duelo o tenían miedo de decirme que ya había sufrido suficiente, que era hora de agarrar la mochila y volver a la vida como los demás niños.

Pero claro, ellos no sabían que había otras cosas en el aire. Ese día que volví a la escuela no volví solo, la sombra de la casa silenciosa me acompañaba a todas partes.

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