1968

Ponga un turista en su vida. Parte 1

Spain was different!


Me crié en un hotel.

Mis padres trabajaban de sol a sol en vacaciones de navidad, pascua, verano, fines de semana y fiestas de guardar. Era un hotel familiar y muchos clientes solían repetir año tras año. Así que aquello era una gran familia. Los menores de metro y medio formábamos una panda numerosa: 9 primos, decenas de niños extranjeros, vecinos y españoles de otras latitudes que veraneaban aquí todos los años.

Nuestros padres acababan de trabajar sobre la medianoche y nosotros andábamos jugando libremente hasta esas horas, e incluso más tarde, mientras ellos tomaban una copa en la terraza del hotel, con los amigos y los clientes que también se habían convertido en amigos.

Estoy hablando de los años setenta. Altea, como toda la costa mediterránea, era un paraíso para los alemanes y franceses que venían a pasar sus vacaciones. Se mezclaban con la gente de aquí, con la que, a nivel cultural, tenían poco que ver: los españoles vivíamos en una dictadura que nos impedía avanzar y el turismo era un fenómeno nuevo que fuimos conociendo con los años, lo que no impedía que diéramos lo mejor de nosotros a esa gente que nos miraba con curiosidad y cierta envidia, creo, de nuestra inocencia comercial.

Comíamos paella en la playa con nuestros clientes, les invitábamos a nuestros cumpleaños y comuniones.

Recuerdo a mis padres trabajando siempre con alegría, felices. Seguramente porque el contacto humano y el feedback que recibían les alimentaba y les hacía sentirse bien. Conocían mundo sin moverse de casa y entonces no existía internet.

En invierno, nos escribíamos con nuestros amigos extranjeros y cuando volvían en vacaciones, siempre nos traían regalos que aquí eran imposible encontrar. Todavía recuerdo el día en que me regalaron el scrabble. Aún lo conservo y puedo decir que a día de hoy sigue siendo mi juego de mesa favorito.

Con apenas 8 años muchos de nosotros éramos perfectamente trilingües (¡lástima que no fuera el inglés lo que estuviera de moda!). Conocimos mundo antes incluso de empezar a viajar y aprendimos que la tolerancia sólo se consigue con conocimiento.

La cuestión es que el turismo y el paisaje han cambiado mucho desde entonces.

La masificación convirtió el turismo en un negocio más, igual que tantas otras disciplinas.

Y no deja de ser curioso que sea tan de actualidad la necesidad de convertir el turismo en experiencia. Esto no es nada nuevo para los que crecimos en este negocio. Sabemos que simplemente tenemos que recuperar nuestra buena fe y volver a ser lo que éramos y que sin darnos cuenta hemos ido perdiendo por el camino.

Nuestros padres nos dijeron que estudiáramos para no tener que dedicarnos a la hostelería, que era muy sacrificada.

Y estudiamos. Diversas disciplinas, y en el caso de mi familia, ninguna relacionada con el negocio familiar.

Y han pasado los años. Y desde nuestras respectivas experiencias puedo decir, creo que sin temor a equivocarme, que en mi casa, llevamos el turismo en la sangre. Que nuestra voluntad de volar a otros mundos, a otros campos de actuación, nos ha hecho converger, al final, al sitio de donde venimos.

Y esto lo digo con gran satisfacción y sin pizca de resentimiento. Personalmente, me ha servido para entender realmente de qué pasta estoy hecha.

Soy un animal tremendamente social. Y la web 2.0 me aporta muchas cosas pero no el contacto humano del que hablo.

Vivimos en un lugar en el que siempre hay un turista cerca. Durante todo el año tenemos a mano la posibilidad de conocer gente nueva, hablar otras lenguas, aprender nuevos platos de cocina, compartir experiencias con gente distinta que vive en mundos distintos, pero que comparte con nosotros el amor por nuestra tierra.

Y siendo tan tremendamente fácil, parece que habitemos mundos paralelos…

Los turistas se mueven en otro plano y nuestro contacto es meramente comercial.

Qué desperdicio!

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