«La necesidad de la Ciencia Sagrada» Parte II

Por Seied Husein Nasr.

Hablar de la posibilidad de un futuro feliz o simplemente de un futuro para la Humanidad sin un cambio fundamental en el concepto sostenido en la actualidad de lo que el hombre es, no es más que un sentimental y fugaz sueño.

Los hombres quieren vivir juntos y ellos deben literalmente vivir juntos más que nunca gracias a la destrucción del equilibrio ecológico y la explosión de la población que son los frutos del propio hacer del hombre
moderno y que no puede ser culpado sobre las civilizaciones tradicionales, en las cuales el hombre fue visto como el ser teomórfico que es. Y para vivir juntos, los hombres hablan de un espíritu humano, una única familia humana o aldea global.

Pero están forzados a permanecer contentos de sólo hablar sobre tales ideales. El espíritu único, por alguna razón, elude al hombre moderno, dejando atrás una multitud de egos contenidos, de familias enemistadas y una general desintegración social. Sin embargo, la gente continua hablando en estos términos, viendo la necesidad de vivir juntos en un planeta que sus recursos no pueden resistir por más tiempo más agresiones contra otras naciones o contra el orden natural. La unidad que la gente con buena intención busca, no puede, sin embargo, ser alcanzada excepto a través del contacto con el Espíritu, que es uno en sí mismo y muchos en las manifestaciones (reflejos) terrenales.
El noble Corán menciona respecto al Espíritu que es «de la orden de mi Señor» (qul al-ruh min amr rabbi) (17:85).

Ningún contacto con el Espíritu es posible salvo a través de la dimensión de la transcendencia, que se queda siempre ante el hombre y que lo conecta con la Realidad Última sea llamado Señor o Bhahman o sunyata.

Olvidar el Espíritu y sólo conformarse con las manifestaciones terrenales es estar condenado al mundo de la multiplicidad, a la separación, división y finalmente a la agresión y guerra.

Ninguna cantidad de alabanzas al espíritu humano puede llenar el vacío creado por el olvido del Espíritu que enciende el alma humana pero no es en sí mismo humano. Es necesario comprender la identidad del Espíritu detrás de la multiplicidad de las formas religiosas para alcanzar la paz que los seres humanos buscan.

El espíritu humano, entendido en el sentido humanista, no es suficiente en sí mismo para servir como base para la unidad de la humanidad y el entendimiento humano a través de las fronteras culturales y religiosas. Lo que es esencial es la ciencia sagrada de las formas religiosas y símbolos que transforman factores opacos en símbolos transparentes y aparentes obstáculos en puentes a otro mundo de discurso.

En el pensamiento islámico, y siguiendo el lenguaje del Corán, la dimensión espiritual del hombre es identificada con «la faz de Dios» (wajh Allah) que es además el aspecto de la Divinidad vuelta hacia el mundo. Hablar del espíritu humano sin consideración del Espíritu en su realidad transhumana es hablar esencialmente de una humanidad sin rostro que es reducida entonces por la fuerza a la animalidad y a la tediosa uniformidad que se encuentra en la verdadera antípoda de la Unidad (4).

Los problemas a los que se encara el hombre moderno apuntan todos a la misma causa, o sea, el hombre viviendo por debajo de sus propias posibilidades y no recordar quién es. Hoy en día, aquellos que han meditado sobre la condición humana y el futuro del hombre con algún grado de profundidad afirman al unísono que ciertas nuevas y, al mismo tiempo, viejas cualidades deben ser cultivadas por el hombre si ha de sobrevivir. Cualidades tales como autocontrol, humildad, caridad hacia el vecino, incluido el mundo de la Naturaleza, magnanimidad, justicia, etc. Pero dejar caer una roca pesada y después alabar la manera que se acelera en la caída, es una cosa, pero moverse en contra de la gravedad es otra muy distinta.

¿Qué es lo que induce a los hombres y mujeres, -a quienes todas las fuerzas externas de la sociedad humana han estado empujando a un mayor grado de exteriorización- , de auto-engrandecimiento, y más en los siglos recientes, a de pronto volverse hacia el polo interno y a transmutarse, del estado de una roca cayendo, en esa otra de una encumbrada águila?

¿Qué fuerza es capaz de desviar el interés de los hombres desde el crecimiento puramente cuantitativo hacia el cualitativo, a lo que tantos observadores de la crisis ecológica sugieren como la única esperanza para prevenir una mayor catástrofe? Si algunos piensan que, declaraciones sentimentales o resoluciones políticas, podrán conseguir tales fines, están equivocados porque desatienden completamente el poder de las pasiones humanas, del dragón que hay dentro, el cual sólo un San Jorge puede matar.

El reverso de todas las tendencias que ahora están amenazando el conjunto de la vida en la tierra y están haciendo la existencia misma incierta para el futuro del hombre, en medio de toda su futurología, no puede venir excepto a través del reverso del polo de atracción.

Solamente el contacto con el Espíritu puede proveer un impulso desde lo alto y revertir la poderosa gravitación que arrastra a los hombres, mucho más rápido en declive, lejos de la Unidad que caracteriza al Espíritu.

Hablar de una familia humana sin recurrir a este polo celestial no es nada más que un sueño, sin garantía de que este sueño no se vuelva una pesadilla. Los hombres hablan con gran confidencia sobre crear el futuro y dibujan planes en los que aparecen p e r f e c t a m e n t e lógicos en el nivel de anteproyectos, pero los cuales son pronto viciados por toda clase de imperfecciones no previstas en la planificación. La razón es que los seres humanos que son considerados a ser agentes para la ejecución de esos planes no son vistos tal como son, es decir, criaturas con imperfecciones y con una falta del necesario conocimiento de la naturaleza de las cosas.

Ellos están impregnados con una imperfección que afecta todas las cosas que hacen y que vienen a ser más peligrosas hasta el punto que su existencia es negada. Se ha olvidado que no puede haber ninguna condición mejor que el estado imperfecto de aquellos que actúan causándolo. La visión moderna de rehacer el mundo para causar paz y armonía a la «familia humana» está otra vez basada sobre una falacia relatada a una falsa concepción del hombre que ha crecido dentro de la civilización moderna desde el Renacimiento, un concepto que propone una perfección para el hombre en su estado presente, una supuesta perfección que simplemente no está ahí.

El resultado de esta falsificación de la naturaleza real del hombre, quien vive por debajo de sus posibilidades, no reconociendo sus propios males, es que la reforma en el mundo moderno es llevado a cabo en cada campo excepto en el que concierne al hombre en sí mismo. Incluso las Normas Divinas que pueden solo juzgar al hombre y guiarle hacia la perfección están deformadas para fijar sus estados cambiantes.

Nadie toma esto con seriedad suficiente sobre sí mismo para preguntar si el hombre moderno no debería comenzar a rehacer su futuro, reformándose a sí mismo y viéndose así mismo tal como realmente es, o sea, viceregente de Dios en la Tierra, dotado de poderes excepcionales pero también con grandes responsabilidades hacia todas las criaturas, una responsabilidad que él no puede rehuir a ningún precio excepto a través de su propia destrucción.

Continúa….

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