Dios salva homosexuales, odia la homosexualidad

Seamos claros y sinceros, el matrimonio es una institución bíblica, y si cabe algún debate al respecto, es allí donde debe ser tratado. Es un tema tan sublime, que tergiversar su naturaleza puede considerarse una abominación (Levítico 18.22). Tan excelso, que es utilizado como la principal figura a lo largo de toda la Biblia para ilustrar la relación entre Dios y su nación amada (Israel), o Jesús y su iglesia (Efesios 5.25–33). Amigos, no nos neguemos esta verdad, pues para considerar cualquier otra definición, modalidad, combinación o tipo de relación matrimonial (o sexual) habría que primero negar la santa palabra de Dios y a Jesús.

Veo con dolor y profunda tristeza la reciente legalización del matrimonio homosexual en los EE.UU. Pero mucho más, la posición aprobatoria de muchos cristianos (de toda denominación) que respaldan esta iniciativa. Quiero ser claro, no es posible tener una posición a favor del homosexualismo y de Cristo al mismo tiempo. Amar a Jesús, el de la Biblia, aquel que entregó hasta su vida para darnos salvación, implica aborrecer el pecado. Tremendo desafío para nosotros, simples e imperfectos humanos presos en un cuerpo de muerte que se deleita en el pecado (cualquiera que sea). Es por eso que necesitamos a Jesús, porque en nuestras fuerzas somos incapaces de alcanzar salvación y mucho menos sobreponernos al pecado. Ya lo decía Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7.19–21). Es de esas verdades que duelen, no somos buenos, el mal está en nosotros. Y es ese mal, el que genera pensamientos y decisiones equivocadas como la desobediencia, la mentira, la infidelidad, el divorcio, el suicidio, o tener una identidad sexual diferente.

Pero Dios no discrimina a ninguno de ellos, ni a mí, ni a ti, ni al homosexual. La Biblia dice que Él quiere que todos nos arrepintamos y seamos salvos (2 Pedro 3.9). Por eso entregó a su único hijo Jesús a la muerte por nosotros (Juan 3.16). Lamentablemente también es verdad que no todos lo seremos porque Dios aborrece el pecado y muchos han elegido el pecado. Es decir, Dios ama al homosexual y quiere que sea salvo pero odia su práctica homosexual (1 Corintios 6.9). Este mismo debe ser el sentir de un cristiano, amar a los hombres aborreciendo el pecado que hace (Efesios 5.6–11). ¿Y qué amor más grande que mostrándoles la verdad? Amigos, por amor a Dios y a los hombres les ruego, arrepintámonos diariamente de nuestra maldad, busquemos a Jesús, anhelemos su verdad, conozcámoslo y amémoslo a él por sobre todas las cosas. En especial, por sobre nuestros pecados y deseos carnales, incluso más allá de cualquier doctrina o filosofía humana (Lucas 9.23).

A los amigos y compañeros homosexuales que me leen, oro para que les resplandezca la luz del evangelio, la luz de Cristo, y puedan acercarse confiadamente al trono de la gracia de Dios, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro que dará Jesús a sus vidas (Hebreos 4.16). En el nombre de Jesús oro, amén.