El cuarto de la memoria

La mañana se vuelve un instante. Despertar para volver a dormir y dormir para volver a soñar. El tiempo pierde todo el significado que en momentos decidí darle. Ella descansa a mi lado, a veces despierta, a veces desuda, a veces dormida.

Nos levanta el hambre o las ganas de hacer el amor. Pasan minutos y horas de bailar entre las sábanas. Cierro los ojos nuevamente y observo, en mis sueños, patrones hermosos, rostros conocidos y melodías antiguas. Ruinas, los sueños significativos siempre tienen ruinas extrañas y monumentales. Estas cambian constantemente. A veces se encuentran llenas de gente, otras solo el soplo del viento y la brisa del mar acompañan sus misteriosas estructuras.

He visto demonios y sentido fantasmas. He recorrido calvarios imaginarios y asistido a fiestas ilusorias; todo durante el paso de unos pocos minutos. La habitación se siente eterna y ficticia a la vez. Enorme, inmensa… como si fuera una prisión, el centro de una desgastante tragedia emocional. En otras ocasiones el cuarto se siente así… mundano, banal. El sonido de los carros que pasan afuera se vuelve un escape; un recordatorio de la insignificancia de mis tiempos y mis ideas. Un recordatorio que tranquiliza.

Ella se levanta sin que me dé cuenta. Me gustaría pasar todo el día aquí; pero no sabría que decir para justificarlo. Han pasado algunos días desde la última vez que trabajé. Me siento libre… pero inquieto. Culpable. Ella prepara café y un desayuno sencillo.

Vuelvo nuevamente a dormitar. Pasan algunos segundos y siento los patrones pulsar dentro de mí. El aire polvoso de la recámara intenta decirme algo. Siento emociones que no podría describir en una oración. Son sentimientos terriblemente triviales; pero de un sentir abrumadoramente significativo. Su voz me despierta suavemente; pero la interrupción se antoja abrupta. Como si el significado de la vida se escapará de entre mis manos. ¿Qué pasaría si me quedará aquí, dormido, durante días… durante semanas?

A medio día la luz entra potente y con un aire retador por una pequeña ventana redonda en la parte alta de la pared del cuarto. Es como una lanza que atraviesa la suave penumbra de un cuarto con las cortinas cerradas. Molesta e inspira a la vez; como una revelación sutil y significativa. Como reconocer un secreto que se sabía previamente cierto.

Sé que no hay nada en el refrigerador. La idealización de mi tarde depende en gran parte de lo que pueda imaginarme comiendo. Las imágenes de comidas sencillas y deliciosas no reflejan el arduo proceso de realidad que requieren como ingrediente. Tengo sueño y ganas de escribir. Quiero soñar y quiero estar despierto para poder entenderlo y redactarlo. Quiero oscilar libremente entre este desgano terrible y la emotividad de una imagen descrita solo por mí y para mí.

El cuarto parece ser otro por la noche. Las cortinas siguen cerradas y la luz naranja y borrosa del foco viejo transforma el instante en una postal de melancolía. Me llenan deseos múltiples y contradictorios. Quiero estar con ella, escucharla y escucharme. Quiero también estar solo y sentir la vibración de música a niveles ensordecedores. Quiero beber hasta el amanecer con la esperanza de sentir algo que valga la pena describir. Canciones que movían mi alma hace meses ahora me parecen ridículas. La sanguijuela del nihilismo es voluble e invisible. Susurra pequeños aforismos de amor al tiempo que me desangra.

La música, de repente, me habla de nuevo. Llama mi atención como un rostro aparentemente conocido en un lugar extraño. Tienta mi oído con su voz familiar y su toque suave. Habla en dónde es más fácil escuchar: la memoria.

Me obliga, sin mucha objeción mía, a explorar momentos que jamás existieron y deseos que nunca fueron cumplidos. Propósitos generacionales que terminarían incompletos. Añoranzas juveniles y estúpidas, pero reales… auténticas. Postales de tiempos anteriores y realidades incompatibles con este confuso presente.

Ella duerme, tranquila y siempre esperándome. Sueña también con fantasmas y demonios. Espera que la acompañe en ese nodo infinito en dónde el tiempo se detiene. En el centro de este cuarto ahogado en nostalgia, esperanza y risas tontas.

El presente me cansa y, por primera vez en años, el pasado parece lejano, casi irreal. Los recuerdos parecen morir con la esperanza. Las historias son las mismas, pero ahora ya no me pertenecen. A mí alrededor veo la inevitabilidad que produce una sociedad más sensible a los objetos que a los sueños. Una sociedad enamorada de las imágenes y desencantada de los sentimientos.

¿Qué representa el tiempo entonces, sino la sola referencia de una serie de actividades ligadas al sinsentido de la fugacidad? Cuando el tiempo se distrae es cuando la vida sale de su habitación para jugar.

Su rostro, en la oscuridad, parece cambiar a veces. Su miedo se transforma en mi ansiedad. Por un momento me siento solo y desconfiado del tiempo, la luz y la existencia de mi alma. Pero al anochecer todas las almas son iguales. Por ello la muerte prefiere salir junto con la luna.

¿Quién nos protegerá cuando la noche sea perpetua? ¿Quién nos acompañará hasta al final del camino? ¿Quién se encargará de contar nuestra historia? ¿Quién la escuchará?

Los momentos significativos están al borde de la desaparición. Ahora solo pueden ser encontrados en el exceso de una noche de borrachera o en el casi etéreo instante frente al silencio de la soledad. Esa que ahora se encuentra al final de un laberinto resguardado por espejismos de nuestra propia imagen.

Me es difícil incluso el concebir la continuación de estas palabras. Cada vez me cuesta más encontrar como describir el significado de un mensaje tan obvio, tan simple y a la vez tan confuso y desgarrador. Siento como si mi sensibilidad fuera perdiendo fuerza con cada letra que escribo, que borro o que pienso. Mi alma tiene sed y ya no encuentro como satisfacerla.

Pareciera como si la imaginación colectiva fuera un vehículo a media colina con el embrague averiado. Subiendo con un motor arranado y ahogado en la dinámica de su propia construcción defectuosa. Una colina infinita y principalmente imaginaria. Escalando para escapar de una referencia desconocida y con un punto de inicio olvidado ya.

De noche el cuarto parece descansar también. La luz de la luna entra por esa misma incomoda ventana superior, pero en vez de molestarme me tranquiliza. En el borde de una de las ventanas alcanza a escapar la luz de los vehículos que pasan frente a la casa por la madrugada. Historias igual de intrascendentes.

Ni siquiera una tesis completa podría dibujarse de los escasos párrafos de nuestra literatura new age. El vicio de lo superfluo se traslapa también en estas letras. No puedo negar estos tiempos, y es ahí, en el exhaustivo proceso de la desesperanza, en la que todas las sensibilidades se acercan para morir.

Es complicado el concebir incluso el personaje propio, más aún el dibujar y desdibujar personajes ajenos; historias distintas a la nuestras. La empatía es un sueño guajiro y la perspectiva un privilegio. El cuarto respira y sus paredes me sofocan. El cuarto murmura sus recuerdos y sus tonos me desesperan. El cuarto se cierne como narrativa de un momento, como guardia del tiempo, como prisión del alma. El cuarto se enmudece y su existencia se transforma en paz, en la tranquilidad de una verdad inescapable.

Entonces recuerdo hace algunos años aquella noche en la playa leyendo a Cioran. Tomando para descansar y escribiendo para evidenciar mi presencia en el centro de ese olvidado hostal. La noche duró días y los rostros de aquellos con quién compartí el delirio son ahora fantasmas de una memoria en desvanecimiento. Aquel chico extranjero en el columpio con su Victoria. Aquellos guardias en la disco privada de aquella playa. Aquella chica alta y de ojos verdes que solo reía. Aquel dependiente en el depósito que dudaba en vendernos más alcohol. Aquella noche, aquella arena, aquel cristal, aquella música, aquel viento, aquel sobresalto en la carretera, aquellos tacos, aquel abrazo, aquellas sábanas, aquel tequila, aquella canción, aquella chamarra, aquella silla, aquella cita de Cioran.

Un instante, un torbellino, un bloque más para los abismos del olvido. Y el cuarto sigue intacto.

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