El péndulo histórico

Así como los hípsters trajeron de vuelta cosas que no tenían razón para volver con su moda vintage, así los fracasos de la izquierda global nos trajeron de vuelta los nacionalismos de antaño. Esos que recordábamos solo como una imagen nostálgica de nuestro abuelo celebrando demasiado eufóricamente una victoria de fútbol.

La palabra “liberal” o “progresista” está a unos cuantos años de pasar a ser un término despectivo (si no es que lo es ya); y cómo no habría de serlo si Madonna, Robert de Niro, Meryl Streep y Beyoncé son nuestras nuevas figuras militantes de la neo-izquierda. Es difícil saber si estamos en el momento más glorioso del capitalismo o en ese paréntesis histórico previo a su colapso.

Sin embargo, sin querer evadir la gran responsabilidad que ha tenido la izquierda en el resurgimiento de una derecha nacionalista y fascistoide; creo que es preciso nuevamente intentar asomarnos bajo las toneladas de escombro ideológico que ofuscan nuestra realidad para encontrarnos con ese motor viejo pero muy poderoso y funcional del neo-liberalismo que sigue determinando este presente quasi-surreal. Esa máquina de un diseño probado, resistente y auto-preservativa a la que hemos preferido ignorar por miedo a parecer un poco anticuados a la hora de demostrar superioridad moral en nuestras plazas públicas digitales.

A partir del 2008, tras ese colapso económico que ahora no es más que una anécdota de cómo decidimos perdonar al sistema financiero mundial cuando lo teníamos con la cabeza ya en guillotina; comenzó a despertar un sentimiento global que daba cuenta de las contradicciones de un sistema esencialmente anti-democrático. Poco a poco nos quitábamos colectivamente la venda de los ojos para aceptar, con todo el dolor de un niño engañado, que el sistema político no nos representaba y que no parecía haber manera de reformarlo. En congruencia con esa desesperación infantil, también así fue nuestra reacción de enojo e indignación. Sin embargo se dibujaba ya una resistencia que se volcaba contra una globalidad que se nos había salido de control. Era claro que el poder político ahora estaba sujeto a un poder global que transformaba las democracias en meros simulacros.

Adelantémonos unos años más y hoy, en un presente de enemigos tan reales como ficticios y más polarizados que nunca, las movilizaciones del lustro pasado solo nos evocan nostalgia y algo de desesperación por encontrarnos ante un presente que intentamos cambiar y no pudimos. Al fracasar entonces comenzamos a maquillarlo y a cubrir las partes feas para tratar de sobrellevar el miedo de una incertidumbre total, de una vulnerabilidad colectiva profunda y compleja. Después vino el triunfo del PRI, Brexit, el referéndum de Colombia, Trump y, claro, los camellones en San Pedro.

Irónicamente, todos estos fenómenos son reflejo de la democracia más sana en décadas. Trump es el nuevo motor de esta ideología fantástica. El triunfo del pueblo. Populistas dirán muchos, un demagogo dirán otros. Una simple y clara perversión democrática. ¿Es Trump el fin de la política? Más bien el principio de cómo el sistema neo-liberal siempre la visualizó: Como un producto masivo de consumo. En menos de una semana de presidencia ha cumplido más promesas que el PRI en 70 años. Está haciendo la voluntad de todos quienes votaron por él. ¿No funciona así la democracia? ¿Por qué entonces estamos todos tan alarmados?

La idea de democracia siempre estaba dibujada con ciertos matices de clase. Siempre se idealizó, en toda su extensión platónica, como el gobierno de los sabios. La voluntad de un pueblo educado. Nuestra afición democrática siempre ha sido, muy en el fondo, esencialmente anti-democrática. El pueblo nos causa repulsión. Son ignorantes, racistas, misóginos, homofóbicos. Son detestables. Lo mismo en México. “Vende patrias” gritamos a todos esos que cambian su voto por una despensa. Nos interesa poco su situación, cómo llegaron a ella o cómo nosotros contribuimos a la misma, de forma que si podemos hacer viral a esos “nacos” que saquean esas pobres y vulnerables mega corporaciones habremos cumplido con nuestra labor democrática. Héroes sin capa.

Nos preocupa sobremanera el muro de Trump al mismo tiempo que agradecemos cuando la policía se lleva al migrante centroamericano sucio que merodea por nuestra colonia. Compartimos con mucho ahínco el “gran” discurso de Streep mientras seguimos regateando los precios de los productos artesanales de nuestros indígenas. Alzamos la voz para dejar de ir al Starbucks mientras le tomamos una foto a nuestro café oaxaqueño con un teléfono hecho por trabajadores al borde del suicidio en China. Decimos orgullosos que dejaremos de comprar carros de americanos cuando nunca nos importó que la única razón por las que esas compañías estaban en México en primer lugar es por la facilidad con la que explotaban a nuestros trabajadores. Les exigimos a nuestros representantes que sean “dignos” y “firmes” ante Trump cuando la nación misma ha negociado su dependencia de Estados Unidos durante décadas sin chistar. Vitoreamos las estupideces que dicen Fox y Calderón porque las dicen con muchos “huevos” sin voltear a ver a nuestra policía militarizada y a nuestros adolescentes criados en ya casi una década de verdadera guerra. Pero eso sí, nada más reconfortante que ver a los militares pasearse por nuestra colonia. Gracias a dios por la seguridad.

Como clase media “educada” somos tan ingenuos y reaccionarios como ese pueblo “ignorante y detestable” que tanto desprecio nos genera. Aquí, en Estados Unidos y en el mundo. Somos el colectivo neoliberal en plenitud. La masa despolitizada y enredada en las apariencias de un mundo que va demasiado a prisa para entenderlo. Nuestro narcisismo e incapacidad de aburrimiento han hecho de toda esta crisis un espectáculo que solo puede ser entendido con memes. No hemos logrado más que darle fuerza al péndulo histórico que está regresando hacia la derecha con una fuerza que no se había visto jamás. Esa misma derecha que se empachó de las masas desilusionadas que no solo dieron cuenta ya de la brutalidad del neoliberalismo; sino que también presenciaron la incapacidad de la izquierda de proponer una solución real, global y escalable.

La resistencia no puede ser entonces planteada en ese mismo esquema democrático que nos trajo hasta dónde llegamos. No podemos oponernos a un poder ideológico complejo mediante la simplificación infantil de causas. El primer paso para poder detener ese reloj del fin del mundo es negarnos a que nuestra propuesta sea un distractor más, otro espejismo, otro meme, otro producto masificado.

Es hora de dejar de “gentrificar” la política con nociones morales y empezar a desenmarañar los laberintos ideológicos de todo lo cotidiano. Olvidémonos de Trump, de un racismo que no nos pertenece, de ideas de una interseccionalidad fantasma que reclama tantos significados que se vuelve insignificante; dejemos de actuar nuestro activismo y transformémonos en directores de este. La radicalidad es fundamentalmente mundana, es del día a día. Y esto no significa un “cambio en uno mismo” sino en una reconstrucción de nuestra visión propia y, lo más importante, de la del otro.

La democracia no debe ser platónica, aunque sea así como la conocemos. No deben gobernar “los sabios” ni votar los “educados”. No se trata de voluntades o aprendizajes sobre los mismos fantasmas ideológicos de poder que nos auto-imponen segregación. La democracia debe ser epicúrea, construida sobre la presunción de la igualdad de inteligencias, o en ese toque cínico que nos da la actualidad, al menos asumirnos en una igualdad de estupidez. Una democracia que opere sobre la amistad por arriba del amor; al menos por arriba del amor a nosotros mismos.

Hay que reconformar, no una izquierda, sino un nuevo posicionamiento que también niegue esos limitantes cuadrantes políticos. Borremos toda referencia de separación y constrúyannos nuevos manifiestos colectivos. ¿Qué acaso no añoramos lo mismo? ¿Un mínimo sentimiento de dignidad?

Esta nueva retórica tiene que ser práctica, pero no por ello frenética o apresurada. Accionable pero mucho antes, reflexionable. Debe provenir de un entendimiento propio y ajeno, no de una mezquina pretensión de claridad moral. Debemos de encontrar nuevos mecanismos de resistencia, que no operen en cuestiones morales, sino en la incertidumbre filosófica de la ética. Hay que aflojar un poco las cadenas ideológicas y seguir ese pequeño retortijón existencial que te dice convencido todas las noches que no tendrías por qué levantarte a trabajar el día de mañana. No resistamos a Trump, o a Estados Unidos, o al gobierno, o al racismo; comencemos resistiendo la sola necesidad de no estar aburridos, de no tener que vernos reflejados en cada momento del día en nuestros espejos digitales, de no tener que reafirmar nuestro frágil ego a través de la reacción y; a partir de ahí, podremos hablar con un poco más de claridad.

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