Punto y final

Sergio era escritor. No un simple juntaletras, ni tampoco un ilustrado de universidad trabajando a la sombra de la tipografía en blanco y negro. No, él era escritor. Lo había sabido desde que su manos levantaron un metro del suelo y pudo rozar los lomos de cuero de aquellas obras que adornaban, junto a jarrones de fría cerámica y cuadros de autor desconocido, el viejo salón del caserón de su abuela; desde que las tardes lluviosas y el aburrimiento se convirtieron en el mejor momento para surcar los mares, visitar el espacio o ahondar en lo divino, en lo humano y en lo imposible. No, Sergio no se había convertido en escritor, él había nacido escritor.

Existen muchas personas capaces de publicar un libro, una novela de éxito o un ensayo que cambiará la forma de ver el mundo de toda la sociedad, pero muy pocos escritores. Ser escritor, y esto es algo que Sergio había entendido desde muy temprana edad, no consiste en ser capaz de llenar renglones con frases consecuentes, en recrear mundos imposibles o en vender humo opaco de personajes maniqueos, ser escritor es mucho más. Es saber crear vidas y observar cómo viven por ellas mismas, cómo evolucionan y reaccionan al mundo que les rodea, cómo sobrepasan los límites de toda imaginación, cómo son reales; en el más puro sentido de la palabra.

Escribir no va de héroes y villanos, de monstruos y princesas, de grandes discursos y palabras recargadas; escribir va de contar historias, y las mejores historias son aquellas en la que los personajes son cotidianos, en las que la rutina y las más simples ilusiones son el motor fundamental. Las historias de verdad no son aquellas que hablan de la guerra, de la victoria sobre el mal o de los sueños inalcanzables, las historias de verdad, las que vivirán por siglos, nacen contra una almohada y crecen con el rumor del agua golpeando el fondo de la bañera mientras suenan los Counting Crows.

Quizás por eso lo habían escogido a él. Porque ningún escritor sería capaz de rechazar aquella oferta, porque la capacidad de ver sus mundos abandonar el limbo y confundirse con la realidad era demasiado tentadora como para cerrar la puerta tras un simple no. Y sin embargo, aquel sueño cumplido conllevaba la mayor de las pesadillas, sólo le habían hecho falta dos trabajos para descubrirlo y comenzar a odiarse a sí mismo, a dudar de todo cuanto conocía, de todo cuanto sabía del mundo, de los hombres y de la vida… porque aquel trabajo implicaba lo mejor y lo peor. CREAR, en mayúsculas, escribir la historia más grande jamás contada y sin embargo, observar que siempre estará inconclusa.

Dicen que la peor sensación para un artista es contemplar un lienzo en blanco, que el vacío de sensaciones que la nada provoca es inabarcable y que el desasosiego que acompaña es difícil de confrontar. También dicen que lo mismo le ocurre a un escritor frente a una hoja en blanco. Se equivocan. Una hoja, escrita o en blanco, no dice nada si no hay un mundo que contar, si no han nacido aquellos que recorrerán las líneas de tinta como nosotros recorremos los ríos del tiempo. No, una hoja en blanco no es una molestia. La mayor maldición de un escritor es una historia inconclusa, un camino sin final, un trayecto sin destino; algo que Sergio no había comprendido hasta enfrentarse a aquel trabajo.

Apretó en su puño el pequeño reloj de bolsillo y lo miró detenidamente. El dorado se mezclaba con la plata engalanada formando una esfera muda, con una única marca en su cénit, sobre la que la lenta aguja, con su tic tac de meses, casi descansaba a falta de unos pocos segundos de arco. Las seis y media, las dudas y demasiado café en el cuerpo no eran una buena combinación para afrontar lo que le tocaba, pero nunca conseguía dormir la noche antes. Desde el primer día había sabido que esa era una rutina que nunca cambiaría. Porque al igual que su historia, aquello no tendría final.

Menos de una hora, pensó, y no sé qué hacer. Podía abandonar, por supuesto. Decir que no a todo aquello, tumbarse en la cama junto a un bote de pastillas y abandonarse al letargo, pero eso no solucionaría nada. Una vez ha nacido, una historia crece sola, y ni toda la fuerza de voluntad del escritor que la ha alumbrado es capaz de impedirle que se alimente y cobre vida. Ni siquiera abandonarla, dormir por siempre y dejar de soñar pondría un punto y final, una última línea antes de la página de “otros títulos en nuestra colección”.

Un doble click cambió los rascacielos de su fondo de pantalla por aquel texto inacabado. Observó con pausa las primeras líneas que daban a luz un mundo que nunca antes había existido y que probablemente tras esa noche dejaría de existir, sustituido por un nuevo mundo aún más retorcido, más inesperado, y mejor según algunos cánones aceptados. Mejor para unos, peor para otros; pero mejor para la sociedad.

Continúo recorriendo las páginas, observando cada línea atentamente. Allí estaba todo cuanto había creado en los dos últimos años, todo aquello que le había traído aquella jaqueca perenne y aquella sensación de desconexión con la sociedad que le rodeaba. ¿Por qué? ¿Para qué? La respuesta era complicada. ¿Valía la pena sacrificar tanto por algo que nunca terminaría? ¿por un relato cuyo final nunca comenzaba a asomarse a las últimas cincuenta páginas? Y sin embargo, se lo debía. Él la había creado y él la había matado. Su foto aún adornaba el final del capítulo catorce y aún provocaba que una lágrima de culpa, de incomprensión, recorriese su mejilla. Ella se merecía un final mejor, se merecía pertenecer a una obra conclusa. Retirarse no era una opción, aquella historia se merecía un final, una conclusión digna de su argumento. Y si abandonar no iba a conseguirlo, sólo quedaba una cosa que hacer.

Guardando el reloj y el pendrive en un bolsillo de su vieja chaqueta de cuero gastado, Sergio salió a la tenue luz de la mañana y entró en la boca de metro más cercana. Estaba decidido, debía escribir un final.