Ex Machina

Soplan en esta España de retales vientos de guiño y desafío. Habiendo vencido, el PP se sabe derrotado. Habiendo perdido, el PSOE se siente vencedor, igual que Podemos y Ciudadanos, porcentualmente minoritarios, grandiosos sin embargo en actitud. Víctima de la pulsión frentista, el club de la derecha estricta sólo pactará consigo mismo. Conseguir algo más (un préstamo de investidura de C’s) supone para el prestatario rebasar un complejo de inferioridad democrática muy instalado en nuestro carácter. La única derecha pop es la que parece izquierda. Rivera y sus hermosas pretorianas.

Algo de culpa tendrá el propio PP, dos almas divididas por peinazos barnizados de azul, La Caspa y El Choriceo, sin un intersticio de verdadera modernidad, sin libertad de piernas para dejar atrás el mismo relato inveterado que Los Otros utilizan como gasolina ideológica en sentido contrario. El PP es el chaval feo de la clase.

Los otros tres son como Alicia Vikander en Ex Machina. Hay microtics que delatan emociones y ellos quieren capturarlas para calcular su verdadero poder de negociación a partir de la fragilidad ajena. Se llaman e invocan, se palpan y sonríen, a veces se amenazan como en susurros, delicada pero firmemente, dejando entrever hilillos de sangre fresca, practicando a la vez la ubicuidad, desdoblándose para hablarle siempre a la galería con la grandilocuencia de los ungidos, diapasón grado Everest. Ellos se lo supercreen. Sólo faltamos nosotros, escépticos ante el cuartel del cambio, congelados frente a la cola de enrolamiento por un instinto básico.

Como la cultura ya apenas consta, la prensa nos machaca con la secuencia del pavo real y la princesa refractaria. De la trastienda emana un olor a aceite quemado, a porro de habitación sin ventilar, y algunos imaginan tras los cristales los aullidos de la turba, hastiada de abusos, sedienta de venganza anticapitalista.

Es mentira. La turba ladra porque en este país la entrenan para desarticular el pensamiento. Una clase media ilustrada echaría a Rajoy. Y a Sánchez. Y a tantos otros buhoneros y adivinadores. Los echaría a todos y elevaría el listón de la política no por invitación sino por imposición. Yo incluiría a Pablo Iglesias en este ERE. Lo incluiría no por su indisimulado ego, al fin y al cabo un pecado venial en estas ligas. Lo incluiría porque en el fondo, como Ava, tiene un plan basado en el engaño. Más impuestos y más paguitas a la andaluza, y un poso de autoritarismo mesiánico en sus microtics, y la certeza de no saber qué ideas encierran en verdad sus neuronas, cuánta autocensura hay en su discurso, con qué sueña cuando las candilejas se apagan.

Pero Pablo tampoco asusta. Es un macho alfa más de la maldita raza ibérica y se diluirá como los demás, sin quebrantos galácticos, aplastado por sus pecados y el cainismo y la masa. O eso o Aló Presidente. Una legislatura entretenida para quien vea la tele. Y luego el mismo final.

Probablemente no captamos el cambio de paradigma. Muerto Dios, ahora muere el espíritu. Las relaciones se mecanizan en todas sus vertientes, con ecos de hojalata en cada frase, tacto frío en los abrazos, labios ásperos en los besos, puñaladas a flor de piel. Somos esclavos de nuestras más ambiciosas formulaciones, emancipadas hoy, depredadoras, coleccionistas de peones con roles intercambiables (votantes, amantes, profesionales, inversores) y un denominador común: el vaciado paulatino de la autenticidad, o la suplantación de una raíz vetusta por otra tecnificada. Pablo y Albert, aún lejos del wearable, son personas de whatsapp y como tales articulan sus relaciones. Rajoy es el resto podrido de la raíz que no volverá.