Partido Nacionalista Obrero Andaluz

22M: El Partido Nacionalista Obrero Andaluz suma 47 escaños, cuatro puntos menos que en 2012. Brilla modestamente una mayoría simple y se expande sin dificultad la propaganda de una victoria que no es tan aplastante como se pinta porque ninguna que no pase por una absoluta (55 asientos) lo es. Susana Díaz ha cumplido y hace buena la premisa de Delbruck: la estrategia consiste en cometer menos errores que el enemigo. Ella ha cometido pocos: sus baños de masas han funcionado tan bien como las redes clientelares esculpidas a golpe de ayudita desde hace tres décadas largas. La bandera blanquiverde es ya casi sólo suya, convirtiendo al PSOE-A en una suerte de CiU meridional, aunque con diferencias obvias en la habitación de las simpatías. Como en la omertà, nadie reconoce respaldar a los socialistas aunque todos sepan dónde están sus graneros. La agrorregión es una de las minas; los barrios obreros de las grandes ciudades son la otra. La imagen del padre fontanero, intrascendente para las clases medias y cultivadas, sí conecta con las bajas. Ésa es la masa social dominante en Andalucía. Ése es el crecepelo del PNOA.

Díaz quiere gobernar en solitario. Es una magnífica noticia para la oposición y para el Parlamento, que sólo en el fermento de 1982 contó con cinco partidos representados. 62 diputados son un saco y pueden permitir, con un poco de amplitud de miras y generosidad ideológica, exigir al PNOA lo que jamás se le ha exigido: una lucha clara contra la corrupción y una tendencia al consenso (más parcial que total) que IU fue incapaz de arrancarle como socio de Gobierno. Un aliado débil impone menos lealtad que un adversario numeroso. A Susana, por otra parte, se le acaba momentáneamente el recurso al eslogan. A partir de ahora tendrá que centrarse en la acción legislativa, en la escala de grises de la gestión diaria, en los resultados tangibles. Nadie le va a pedir el milagro de resucitar al país, pero los estetas se empeñarán en que disimule la grandiosidad del bucle andaluz, plasmado en el teorema del pobre en la Iglesia [un día te quedas sin nada y acudes a la puerta de la Iglesia a poner la mano. Al cabo de unas semanas ves que no te va tan mal, así que decides prolongar la experiencia hasta el infinito].

Si esto es el comienzo del fin del bipartidismo (arriesgada afirmación), convendría aprovechar los nuevos tiempos para colocar a un presidente del Parlamento ajeno al PNOA. Es otra forma de revalorizar la institución, sospechosa de pequeñas chorizadas en los últimos tiempos (el escándalo de las dietas, por ejemplo). Cuestión distinta es que un partido de derecha (PP), otro de centroderecha (Ciudadanos) y dos de izquierdas (Podemos e IU) consensúen un nombre. Ya lo decía Spinoza: la política es la única ciencia aplicada donde teoría y práctica están tan alejadas. Por eso es mejor dejársela a los políticos. Michael Ignatieff da fe en su libreto Fuego y Cenizas (Taurus, 2014).

La redistribución de escaños es casi un juego de suma cero. Podemos rasca a IU y Ciudadanos al PP. El batacazo de Juan Manuel Moreno debería conllevar una dimisión que no tendrá lugar en el corto plazo por el magnetismo de la butaca entre quienes llevan toda la vida en esto (epígrafe: la prisión de la especialización improductiva). Los populares se han dejado por el camino castillos antaño rocosos como Sevilla, Huelva y Cádiz. La estrategia comunicativa no ha borrado el olor a naftalina de la marca en una comunidad que recela por sistema de ella. Podemos registra un buen bautismo pero un mal resultado, si me admiten la paradoja: 15 parlamentarios era el mínimo común redentor, pero la marea arrastra a partir de 20. Teresa Rodríguez ha preferido jugar a los bandos (troskistas vs pablistas) y no aprovechar al 100% el formidable equipo que el partido puso a su disposición. Entre cocinas y cantes jondos, una se acaba quemando. C’s no era Juan Marín, ese señor que recuerda levemente a Valderas y ha cambiado alguna vez de chaqueta, sino Albert Rivera, el político con más tirón de España. La Grande Bellezza (gigante Sorrentino), así llamaremos a Rivera desde hoy, basa sus encantos en una calculada agenda pop. Unos bombones por aquí y algo de champán por allá para proponer sin cabrear a nadie y rascarle euros y simpatías al de la chaqueta verde cacería (Moreno acertaría revisitando La Escopeta Nacional y sacando conclusiones estilísticas). ¿E IU? Antonio Maíllo era el mejor candidato por talante, trayectoria, preparación y honestidad intelectual. Sintomático que haya sido último entre los visibles. Y previsible en cierta forma el desenlace: su federación antepuso la seriedad institucional (el pacto de Gobierno) a la productiva y el PNOA aprovechó ese complejo para enfriar todas aquellas acciones legislativas consideradas demasiado rojas.

Andalucía exhibe una tasa de paro del 34,23%, es la región con menos empresas por cada mil habitantes, mantiene con España los niveles de convergencia de 1982, fracasa en educación (matemáticas y lengua), carece de cultura emprendedora, rehuye la innovación y se encomienda a sectores con escaso valor añadido como el turismo o (todavía, añoranza) el ladrillo. De sus anchos hombros cuelgan sonadísimos casos de corrupción, con el paroxismo de dos ex presidentes de la Junta imputados. Da igual. El PNOA mezcla recursos de México y Sicilia para seguir ahí, monterrosianamente, sostenido por los favores, la abulia, el embrutecimiento mental colectivo, un igualitarismo mal entendido y la hábil amenaza de un futuro peor si algún día abandona el barco y aterrizan los hombres del saco. En marzo, 2015, primavera inminente, ha vuelto a ganar. Nada indica que la lucidez vaya a sustituir mágicamente a la mediocridad porque la mediocridad es el secreto de su éxito.