Messi, Messi, Messi no aparece

“No nos ganan desde Abril de 2012. Vete a lloral a otro lao”, gritó uno desde un deteriorado balcón amarillento. Lentes dorados, una sonrisa que se distingue sobre el oscuro color de su piel y la camiseta del Barcelona. Con el 10 de Lionel. Desde abajo, una respuesta prefabricada -pero no por eso menos contundente- se hizo escuchar: “No entiendes na. Tengo 10 Champions. La historia es nuestra brother” mientras revolea su camiseta del Real Madrid. Se armó. Mueven los brazos a una velocidad supersónica, se enojan, uno levanta la cabeza, el otro se agacha, se ladran, parecen dos rosarinos discutiendo por Central y Newell’s. Se gritan: “Quetunosabesnadadefulbó”. Que Cristiano, que Messi, que Di Stefano, que Cruyff, que Pep, que Zidane.

“No entiendes na. Tengo 10 Champions. La historia es nuestra brother”

Entre turistas que pasan sin prestarles atención, los dos cubanos se peleaban sin que les importe nada. Hasta que llegó la daga final: “Hoy la BBC te va a demostrar de lo que somos capaces”. Somos. En la esquina de Amargura y Aguiar. Plena Habana Vieja a 7438 kilómetros de Madrid.

Messi, Cristiano, Neymar, Sergio Ramos, Luis Suárez y Benzema. En ese orden. Las calles del centro de la capital cubana estaban inundadas con remeras rojas y azules, blancas, grises, naranjas y rosas. Toda la gama de colores que desplegó el marketing para ambos clubes se reflejaban en los empedrados. Pibes con banderas del Barcelona por la calle. Televisión Rebelde -el canal de los deportes en Cuba- preparó una transmisión especial con un móvil en vivo desde el cine Atlas. Allí estuvieron “La peña catalana del Barcelona” y “La Peña Madridista de La Habana” para hacer “hurras”, como ellos dicen. Los hoteles abrieron sus puertas para recibir a los fanáticos con pantallas gigantes. Cuatro cucs -la moneda convertible- es lo que valía un menú con un refresco. Yo elegí un bar.

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Se juntan en el Parque “Martires del 71”. A metros del mar y a la sombra del monumento a Máximo Gómez y Báez, los pibes se ponen a jugar a la pelota. Sobre el cemento y con arcos chicos No hay pasto. Es una especie de círculo, nada muy preparado. Son nueve chicos y un hombre de unos 40 años que trata de pasarles el vicio y juega con ellos. La bocha rueda y vuela de lo liviana que es, pero ellos la controlan y hacen jueguitos, como un freestyle. Le salen todas las piruetas de las publicidades de Nike. En especial a uno de los más grandes que golpea la pelota, la frena con el pecho, la hace dormir sobre su cuerpo un momento y la vuelve a elevar. Un par de movimientos de piernas, una bicicleta y todos aplauden.

Arrancan a jugar. Se dividen en tres vs tres. Les pido que me dejen jugar, me dicen que si y, a partir de ahora, soy “El yuma”. Después se sumarán un brasilero y dos chilenos -mandé al hospital a uno de una patada, pero no importa-. Ahora juego sólo entre cubanos menores de 20 años que hacen amagues, pisan la pelota, y tratan de ganar siempre en el uno a uno. Pero… no la pasan. Se mueven, buscan desmarcarse, pero la pelota está monopolizada. El único que suelta la pelota es el hombre mayor.

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Foto sacada mucho antes de que comience el partido.

El bar se llama “Bilbao”. Está ambientado con remeras de equipos de fútbol de diferentes países del mundo. Hay autógrafos de Julen Guerrero, fotos con el animal innombrable que lesionó a Diego en el ’83 y muchas camisetas. Bayern Munich, Athletic, Vasco da Gama, Elche, Everton, Selección Argentina, Rosario Central, Newells y muchas más. No tenían de Boca ni de River. Ahora tienen una de River. El lugar es chico. Entraban sesenta personas en total. Más de la mitad apretadas en las mesas y los otros no sentamos en la barra. A mi derecha un cubano (igual al “Negro de Mambrú”) me quiso apostar todo el tiempo para sacar una cerveza gratis. Un pesado. A mi izquierda una vasca hincha del Barcelona — de la que no me acuerdo el nombre- quería hablar. Estaba nerviosa y explotó: “En mi casa me quieren desheredar por ser simpatizante Culé, pero me enamoré con Cruyff”.

Arrancó el partido. Y también los gritos. “Ahí va, ahí va. Vamo, vamo, vamo”. La pelota esta en mitad de cancha, en pies de Busquets que jugó para atrás, pero el aliento exacerbado superó todo.

-Dale Messi, pide la pelota

-¿Pero no te das cuenta que Messi no aparece y Cristiano es mejor?

-¿Cómo va a ser mejor? Vete al diamante a ver el juego de pelota

Las figuritas, revistas y todo merchandising es del fútbol español.

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El partido se pone picante. Atrás quedaron las risas, ahora los chicos que juegan en el Parque buscan ganar como sea, pero nunca pasando la pelota. Siempre son amagues, lejos están los arcos chicos, en este momento se juega más “normal”. Hay por lo menos cinco llegadas claras de gol, pero encontré el peor defecto del fútbol cubano. No le saben pegar a la redonda. No tienen idea como poner el pie. La similitud de las jugadas es asombrosa: Amague a lo propaganda de botines + velocidad para escapar de marcador + Puf. Tiro directo al malecón, con pifia. Lejos del arco, lejos de todo. Arriba, a los costados, al piso. Siempre sin dirección.

Me animo y le pregunto a uno de los chicos si alguna vez le enseñaron a pegarle. Me dijeron que no, pero que a ellos les gusta lo que hace Messi, Cristiano y Xherdan Shaqiri. Regates. Magia. Me vuelvo a animar y, en el medio del partido, le consulto a uno de los más chicos si conoce a alguno de los jugadores de su Selección. Me mira raro, no le gustó la pregunta, pero con la habitual cortesía cubana me dice que no. El encuentro sigue, la pelota me cae a mi. Encuentro un hueco y le pego de zurda con comba — como lo hace cualquier argentino que juega una vez por semana-.

Es gol y un poco se asombran, entonces como buen argento me agrando y tiro:

-“Le pegué como Román, vieron”

-“¿Cómo quién?”

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En el primer tiempo de EL CLÁSICO no pasó nada. Aburridísimo, pero igual hubo Insultos, exclamaciones al aire y un par de patadas que la vasca hincha del Barcelona reclamó vociferando: “Fueron sucios toda su historia. Así siempre ganaron”. Ella viajó sola. Su novio es rosarino y, posiblemente, se encuentren en Cuba en una semana. -al momento de escribir esto casi se cumplió esa semana-. Pero no le gusta tanto La Habana. “Es muy difícil y agobiante para una mujer sola viajar a Cuba. Todo el tiempo están encima, queriéndote vender algo, seducir, te dicen cosas muy fuertes. Me aburre ya, me parece que me voy a tomar por culo Cuba”. Terminó la charla. Empezó el Segundo tiempo.

“Meeeessi, Meeeessi. Messi no aparece, Messi no la toca”. Si, esto era un canto. Tiro de esquina para el equipo de Luis Enrique. “Ahi viene Piqué, ahí viene Piqué”. Efectivamente, llegó el marcador central, cabeceó y gol de cabeza. Todos fueron a abrazar al cubano que tuvo la premonición. Subidos alrededor de él. El barman le tiró una cerveza para celebrar su acierto. Enojos de la otra mitad. Todo el ánimo cambia con el gol de Benzema y, luego, con el tanto de Cristiano, sobre el final. Los ganadores no aguantaron y enloquecieron. Salieron a la calle del bar y pidieron que termine el partido. Con los ojos para afuera, rojos de la alegría y, sumamente transpirados, se abrazan como si Cuba hubiera clasificado al Mundial. Nada de eso. Solo ganó el Madrid. La otra parte estaba abatida, pero no se enfurecieron, sólo se dejaron cargar. La vasca se aguantaba las cargadas de forma estoica, hasta que uno de los que estaba en el bar se le acercó y dijo: “¿Sabés cuál es el cubano más dulce? El merengue”.

Ella lo miró, le comió la cara con la mirada, dejó un cook de propina, se levantó y se fue. Quizá a tomar por culo Cuba.

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