El Voto como interés amoroso

Tengo 11 años de amores con el voto. Pude ejercerlo por primera vez en diciembre de 2006 y desde entonces no he perdido ninguna de las oportunidades de reencontrarme con él.

De esa primera vez no me acuerdo mucho, puedo compararlo con la primera vez que forniqué: entendí poco, las cosas no cambiaron nada y el candidato la cagó al final, pero yo le agarré el gusto.

Un año después probé mi suerte de nuevo y ¡bingo! Sentí la belleza de la victoria cuando aquel proyecto de reforma constitucional propuesto por Chávez fue descartado gracias a mi voto. Sí, era la primera vez que el presidente perdía una y yo había sido parte de ello. Esto fue autosatisfacción.

Después de ese glorioso logro, vinieron decepciones, muchas para ser honesta. Como en el amor, prefiero echarle la culpa a los candidatos diciendo que no eran los correctos, después de todo yo había cumplido con mi parte: votar. Es lo que siempre he hecho, la zona en que me siento segura. No soy buena gritando consignas en marchas, no me siento cómoda repitiendo las palabras prestadas, siempre he preferido darle forma a mis palabras por escrito, o en el caso de mi país, ejerciendo mis deberes como ciudadana.

En cada nueva elección sufrí al ver el mapa de Mérida cubierto de rojo. Lloraba por tres días mi luto y luego continuaba con mi vida. Las elecciones de 2013 me dejaron un poco más golpeada, no sólo por la pérdida, sino porque esa vez fue la primera que votaba por un candidato en el que tenía toda la confianza, sentía que era el indicado, pero como la vida misma, no pasó. -Las causas de la pérdida no son relevantes esta vez-.

Insiste, la práctica hace al maestro. Las siguientes elecciones parlamentarias las ganamos, ¡el voto sirve de nuevo! Ya va, mejor no le demos un tono pícaro a estos resultados, no quiero relacionar a Williams Dávila con mi vida sexual, no es mi tipo (?) aunque es adeco.

Muy diferente nuestra insistente actitud frente al voto, el día que el lobo entendió que había perdido poder en la consulta popular, el malvado no quiso jugar más a las elecciones y nos tiene suspendidas las votaciones desde entonces. -Y Mérida ya se cansó del malandreo-.

Se me empezó a oxidar el derecho y casi se me olvida lo sabroso que es alcanzar el clímax de la actividad ciudadana –como manda la democracia que tanto defendemos-. En más de 100 días de protesta he estado resguardada en la comodidad de la distancia, o en el miedo paralizante de quien no quiere correr porque sabe que solo un muro terco la espera.

Hoy –o bueno, el próximo domingo 16- podemos darle otro chance al voto para alcanzar el nirvana, y, que con el amparo de todos los dioses y de Betancourt (?), esta vez acabemos con dignidad. Todos somos necesarios para cambiar a Venezuela desde el lugar que nos hace soberanos: el voto.

Fede.

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