Sin casco y sin compañía

Fotos de una semana después

Eran las 2:00 de la tarde, el termómetro del Iphone marcaba 33 grados centígrados y el viento estaba paralizado.

El sábado de mi segunda semana en la remota playa de Arambol no fue un sábado húmedo cualquiera. Uno logra olvidarse del calor, de lo pegajosa que tiene la piel, del pelo lleno de arena y hasta del lugar de dónde viene mientras vuela descontroladamente antes de caer en un potrero de pasto seco.

Siempre escucho que cuando estás en peligro de muerte, pasa por tu mente un poco de toda tu vida, pero ese segundo sábado de mi paso por Arambol, mi cabeza solo se quedó en blanco y mi piel disfrutó -por segundos- de la brisa provocada más por la rapidez con la que se movía mi cuerpo, que porque el clima tuviera clemencia de la tez ardida.

No me morí, quizá por eso no vi pasar mi vida frente a mis ojos, pero de que estuve en peligro, lo estuve. Les cuento: el segundo y pegajoso sábado de mi paso por Arambol intenté aprender a manejar una moto. Sin casco y sin compañía, como acostumbro a hacer las cosas. No había avanzado más de 50 metros en dirección a la playa, montada sobre mi nuevo aparato prestado, cuando sentí la necesidad de devolverme a la comuna. Algo me decía que ya había tenido demasiada suerte de avanzar medio campo de futbol conservando el equilibrio y mis huesos enteros.

Tucutucutucutucu, no sin alguna arritmia, me aturdía el corazón. Bajé la velocidad, me apoyé en la carretera angostísima con los pies y comencé a girar el volante para regresar. Mi cabeza se trabó, dejé de pensar, los latidos sonaron más fuertes. No sé escribir con la mano izquierda. No puedo destapar las mermeladas. No puedo saltar la cuerda. No sé mandar un mensaje y caminar a la vez. No me sé la tabla del 8 y no puedo darle la vuelta a una moto.

Sin querer, o con algún instinto autodestructivo, mi mano se aferró al acelerador mientras giraba. Bajo 33 grados de calor y a las 2:00 de la tarde, mi mente quedó en blanco, mi cuerpo salió volando y la moto cayó en una cuneta llena de bosta en la carretera playera de Arambol. Aproximadamente tres segundos después, abrí los ojos con mi cara enterrada en el pasto seco de un potrero abandonado. No me asusté, supe que estaba viva tan pronto sentí los ardores del cuerpo.

Los que casi se mueren son mis compañeros de curso. Primero del pavor que les provocó verme volar en la distancia y segundo porque no entendían mi reacción inicial. No pude parar de reír. Yo nunca he sabido manejar. ¿Qué había intentado hacer?

Mis lycras quedaron completamente rasgadas. Mis manos, muslos, rodillas y pies sangraban con timidez por el roce del pasto seco y mi coxis se sentía sospechoso. Dos horas más tarde mi rodilla derecha estaba más negra y redonda que una bola criolla y se podía estudiar al zodíaco en las constelaciones púrpura de mis piernas –que luego fueron azules, verdes y a los meses volvieron a su color apio habitual-.

A las 2 de la tarde del segundo sábado de mi paso por Arambol sentí la brisa refrescante antes de una caída irresponsable sobre un potrero abandonado cerca de la playa. Sin casco. Sin compañía.

Creo que este el primer post que publico totalmente aferrado a la realidad.

Perdón, acabo de revisar y les dije unas mentiras.

5 cosas que NO aprendí en La India:

1. ¿Quién soy y hacia dónde me dirijo?

2. Cómo pararme de manos

3. Cómo cocinar con bosta

4. Nada sobre sexo tántrico

5. Cómo manejar una moto

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