Sobre las vocaciones y el éxito

Cuando estamos en el colegio cursamos alrededor de once materias, tan diversas en las ciencias humanas que hasta cuesta entender como saltamos de una en una sin enloquecer. En algunas somos buenos, en otras ni siquiera necesitamos estudiar y otras tantas se llevan nuestras lagrimas.

En mi caso, solo lloraba por Educación Física –modestia aparte, siempre fui muy buena en las demás-, y, siendo muy honesta, confieso que en mi colegio hay unas malla de basket donadas en mi nombre con la esperanza de tener puntos extras en la mentada clase.

La crisis vocacional comienza los dos últimos años de escuela, cuando te piden que empieces a llenar papelitos que vienen del futuro con carreras al azar y que decidas en ese momento lo que quieres ser “por el resto de tu vida”. Llegan las pruebas vocacionales, las historias de exalumnos exitosos, las recomendaciones de los profesores. Mis respetos a los sutes zurrones de 16 años que saben qué carrizo quieren hacer con sus vidas, yo no lo sabía entonces, De hecho, más de 10 años después todavía no logro concebir planes a largo — o mediano, sincérate chica- plazo.

¿Cuál es mi verdadera vocación? ¿En qué soy buena? ¿Cómo seré exitosa? Hoy les puedo decir que el mayor error de quienes me educaban -y mío en particular- es haberme hecho creer que solo se podía elegir una cosa, que había algo con la que uno se supone está iluminado, la vocación. Lo peor de todo es que además de tenerla, debes ser buena y exitosa en ella.

Ahora, muchos trastazos después, creo que el grupo de personas con esa iluminación se reduce a médicos y educadores, ya que solo alguien así de definido y seguro se entregaría a las aterradoras tareas de sanar desconocidos y enseñar a los ignorantes. Fuera de ellos, quedamos quienes somos buenos en muchas cosas, o los que no sabemos hacer nada.

Para que tengan una referencia real de esta confusión, mi primera planilla del CNU decía que quería estudiar Ingeniería Química — acabo de botar el agua por la nariz de la risa-. En la siguiente, cuando nos piden ratificar nuestra decisión, tuve un ataque de sensatez y escribí Diseño Industrial, para luego introducir papeles por alto rendimiento en Nutrición. Quedé en ambas, pero dos años después, cuando me tocaba empezar la escolaridad, me encontré estudiando cocina y preparándome para presentar la prueba de Idiomas Modernos. Me quedé con esa última –al menos en el título universitario-.

Si le queremos agregar más matices, mi experiencia laboral ha sido igual de errática y variopinta. Empecé a trabajar como traductora, en seguida me cambié a Relaciones Públicas en marcas de moda y en recientemente he sido desde Community Manager hasta productora creativa. No les miento al afirmar que en todos he estado feliz, en todos he sido buena y aún hay cosas que me gustan de cada uno. Si embargo, también dejé de disfrutarlos y me invadió el hastío, así que en un punto tuve que dejarlos. Al menos, sé que el éxito no lo controlo, pero la mediocridad es algo que no me permito –al menos no conscientemente-.

Sin ánimos de replantear cuestiones filosóficas, no creo que yo tenga una razón específica por la que vivir, -tampoco quiero hablar de nihilismo excesivo, solo lo justo- no me siento en una sola misión, sobre todo, me da ladilla que me hayan insistido tanto en “definirme”, porque por mucho tiempo he sentido un sentimiento de culpa por ese no saber qué hacer con mi vida, por no tenerle respuesta a la gente cuando me pregunta por el futuro y por no poder contestármelo a mi misma.

Los últimos meses he tomado decisiones como consecuencia de que me he sincerado, con los demás, pero sobre todo conmigo. Estoy convencida de que puedo probar ser muchas cosas, simplemente porque ¿por qué no? Además, también sé que puedo ser buena en muchas, fracasar en muchas, salir ilesa de otras. No reniego del éxito, solo no estoy interesada en él como resultado. –Quizá por eso me vomito cada vez que alguien me dice “éxito” en lugar de suerte, he aprendido que lo primero es prescindible y lo segundo totalmente necesario-.

Me molestan los coach motivacionales –discapacitados o no-, paso de la autoayuda y toda la vibrita positiva que venden por ahí. No quiero ser un ejemplo a seguir, no quiero mi historia en una película, quiero hacer y deshacer en mi realidad o en la que invente -porque a veces una no me basta-, quiero intentar ser algo que hace un año ni siquiera pensaba, solo porque creo que puedo, y aunque tal vez no sea lo más sensato. Pero en todo caso, si tengo que decidirme por una, mi vocación sería entonces buscar la incomodidad en todo y hacer sentir incómodos a los demás.

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