
La grieta o la cultura del encuentro
“Creemos que la búsqueda de unidad es más fuerte que la búsqueda del conflicto permanente. Si bien el conflicto genera más ruido y en estos 12 años nos hemos acostumbrado a que todo parece ser una pelea de suma cero entre posturas irreconciliables, sabemos que ese camino no nos lleva a ninguna parte. No vamos a reducir la brecha entre lo que somos y lo que podríamos ser como país si no trabajamos para unir a los argentinos. El tema es que después de muchos años de guerra dialéctica la paz parece imposible. Pero ya hemos demostrado que lo imposible se puede hacer posible si nos lo proponemos.”
24 de abril de 2016, Facebook, Marcos Peña
La frase anterior pertenece a Marcos Peña, Jefe de Gabinete del gobierno de Cambiemos como parte de una respuesta en relación a si el gobierno está comunicando bien o mal sus actos.
La idea resume de manera acabada el dilema en que nos encontramos los Argentinos. Por un lado queremos un país desarrollado, con igualdad de oportunidades para todos, donde cada uno pueda desarrollar sus talentos en comunidad, mientras que por otro nos agredimos confrontando permanentemente nuestras diferencias.
En este sentido cabe preguntarse: ¿Podemos llevar adelante el desarrollo del país desde la desunión, desde el enfrentamiento entre unos y otros? ¿Podemos pensarnos como nación si estamos permanente confrontando?
El concepto que expresa el gobierno como meta de pobreza cero y unión de los argentinos, no es otra cosa que unir a los argentinos para alcanzar la pobreza cero y alcanzar la pobreza cero para unir a los argentinos.
En definitiva se trata de un círculo y como todo círculo no tiene principio ni tiene fin. Se tratan de dos ideas rectoras que se retroalimentan una de la otra en forma permanente. Resulta relevante creer en dicho círculo para poder subirnos al mismo y empezar a hacerlo rodar.
Si no creemos que la unión de los argentinos es posible, si sólo podemos reconocer nuestra realidad en contraposición de otra realidad distinta a la nuestra, que me resulta ajena y poco atractiva, más bien antagónica e indeseable; será imposible alcanzar esta síntesis y vivirémos permanentemente en un estado de confrontación y desasosiego que limitará nuestras capacidades de desarrollo y porque no de la paz interior de cada uno de nosotros.
Es llamativo observar que siempre que vuelve algún amigo de un viaje por otro país, vuelve con la idea que fuera de la Argentina se vive más tranquilo, sin las confrontaciones profundas que vivimos en nuestra tierra. Paradojicamente, siempre se tratan de países que han alcanzado niveles de desarrollo envidiables.
Existe una gran mayoría de argentinos que quiere vivir de esta manera, en un estado de concordia y fraternidad. En contraposición, existe una minoría de argentinos que concibe la vida pública, y en muchos casos la privada también, desde la confrontación: ellos o nosotros.
Estas minorías son extremadamente ruidosas, se manifiestan, se agreden, no dialogan y no se reconocen como hermanos de una misma nación. Con solo mirar un poco las expresiones en distintas redes sociales y foros constatamos que los moderados son minoría en sus expresiones. Tildados de tibios abandonan cualquier discusión ya que no está en la voluntad de ellos la confrontación. Por supuesto que muchas veces caemos en la tentación y nos subimos a una u otra minoría perdiéndonos la posibilidad del encuentro.
Ahora bien ¿Cómo podemos disminuir el ruido que genera el conflicto? ¿Cómo podemos ir al encuentro del otro? ¿Cómo podemos promover la cultura del encuentro? Claramente no podemos hacerlo desde aquello que nos separa. Todo lo contrario, solo podemos encontrarnos a partir de aquello que nos es común a todos.
Existe un denominador común a todo ser humano que nos emparenta y debería conmovernos. Este no es otra cosa que el reconocimiento de que somos seres frágiles. Somos seres vulnerables.
A partir del reconocimiento de nuestra propia fragilidad y del de las personas que nos rodean podemos darnos cuenta que estamos todos en un mismo plano. Si yo te reconozco frágil y vos me reconoces frágil podemos bajar la guardia, salir de nuestras trincheras y encontrarnos en comunidad.
Reconocernos vulnerables requiere de dos condiciones previas. El cultivo de la humildad y la idea de bajarnos a un mismo plano. Solo si estamos a una misma altura podemos encontrarnos. Solo si somos humildes podemos ubicarnos en un mismo nivel. Es decir, ser humildes para bajarnos, ubicarnos en un mismo plano y encontrarnos con el otro.
Por el contrario, si nos sentimos superiores, invencibles y poderosos resulta imposible no caer en la idea de imponer sobre el otro aquello que yo considero como verdad revelada. Se impone la soberbia. En esta forma de relacionarnos no existen otras visiones, otras miradas, y podemos llegar al punto en que ni siquiera te reconozca como persona con derechos. En definitiva, se trata de imponer un relato en lugar de un encuentro. Se impone la guerra dialéctica.
Reconociendo que no son nuestras fortalezas las que nos unen sino nuestra fragilidades las que nos hermanan, encontramos un punto de partida para el diálogo y la unión. Un punto de partida para subirnos al círculo de unir a los argentinos y pobreza cero.
Un claro ejemplo de esto se dio en la sociedad argentina en la crisis del 2001. Nunca los argentinos se sintieron más unidos como en ese momento. Claramente todos nos sentíamos frágiles y vulnerables. Todos nos sentíamos amenazados, veíamos como nuestros sueños se destruían, familias enteras que perdían sus ahorros, sus trabajos, sus negocios y el hambre se hacía latente. Sin embargo, fue a partir de este sentimiento de fragilidad que nos reconocimos solidarios, dejamos de lado nuestras mezquindades e individualidades, nos unimos y sacamos el país adelante.
Sin lugar a dudas que mostrarnos frágiles implica un riesgo, el riesgo de la incomprensión, del rechazo de todos aquellos que no están dispuestos a mostrarse frágiles. Sin embargo si la fragilidad logra superar esas corazas de incomprensión, la misma encierra un mensaje mucho más potente y fuerte que el de la fortaleza.
Esta idea del encuentro a partir de mostrarnos frágiles, nos permite avanzar en la hospitalidad. Ser hospitalario no es otra cosa que ejercer la capacidad de recibirnos los unos a los otros. Hospedar implica un movimiento, dejar pasar al otro, incluirlo e integrarlo. Hacerlo parte y protagonista. En última instancia crear un vínculo.
Los cerrados, los no hospitalarios, no tienen lugar para el otro. No existe lugar para comprender el pensamiento del otro, para recibir un pensamiento o idea nueva. Se impone el miedo al cambio, lo nuevo rompe con esquemas de pensamientos instalados y frente a esto nos sentimos desprotejidos.
En general, son los simples de corazón los que están más abiertos a nuevas ideas. Como un chico en sus primeros años de vida, cuanto menos sabemos más abiertos estamos a incorporar aquello que nos es extraño.
La hospitalidad no es otra cosa que un juego de miradas ¿Cómo nos miramos? ¿Nos miramos con prejuicios o nos miramos como seres distintos que podemos convivir en nuestras diferencias? La respuesta a esto implica cuestionarnos. Para mirarnos de manera diferente tenemos que cambiar de lugar. Muchas veces cambiar de lugar puede resultar incómodo porque ya estamos instalados y para mirar distinto nos tenemos que incomodar.
Yendo más allá, este juego de miradas requiere de un esfuerzo mucho más considerable de parte de todos. En el encuentro y el diálogo no tenemos a nadie que nos diga que tenemos que hacer. No hay un ser por encima del resto que nos imponga un camino, somos nosotros los que nos convertimos en dueños de nuestro destino.
Es un ejercicio de libertad que en muchos casos puede ser doloroso. Muchas veces no es fácil asumir que uno es dueño de su propio destino. Que las culpas de lo que nos pasa no es otra cosa que el resultado de nuestro accionar.
Por último, es bueno recordar que la Argentina emprende el camino a su tercer siglo de vida. No se trata de festejar el bicentenario de la nación sino de comprender cómo vamos a encarar el siglo que se nos viene encima. Tenemos dos alternativas: podemos recostarnos en el pasado y vivir en el recuerdo y el desencuentro del mismo o podemos asumir el desafío del Siglo XXI en la cultura del encuentro como nación. La respuesta final está en cada uno de nosotros.