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Gabriela Gutiérrez.
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Y entonces, siempre llega alguien o algo que hace que cada trozo de cristal duela menos que el anterior. Siempre se iluminan las habitaciones más obscuras, recordando así todo lo vivido, sentido, experimentado. Y ahora, toda va encajando en su lugar, la suciedad se va convirtiendo en algo mejor, ahora no es tan mala como antes.

Siempre, en alguna vida, alcanzamos a despertar. A darnos cuenta del daño verdadero que recae en el alma de un ser viviente. Y es allí cuando comenzamos a mejorar como personas, a darnos cuenta de que llorar es signo de que estamos vivos y que hemos sentido algo hermoso en un momento equivocado. Justo ahí, en ese momento, las puertas se arreglan, los cristales se juntan y todo esta más limpio. Has limpiado, con esas hermosas cascadas en miniatura, todo aquello que no sabes como expresar con palabras. Y es ahí, cuando puedes decir, con orgullo: “Te brindaré mi apoyo, pero ten presente que no cargare tu peso por ti. No totalmente. Porque o sino, ¿cómo voy a mejorar y expresarme yo?”

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