En el jardín de la casa

Ayer estaba acostada en el jardín de una casa que parecía extraída de una parte de la película de mi vida. Ayer traía puesto un vestido blanco lleno de bordados de colores y de un material muy suave que permitía que el viento se colara entre la tela. Tenía el cabello suelto y alborotado, mezclándose perfectamente con el color verde del jardín. A veces abría los ojos y veía las copas de los arboles verdes adornando el cielo azul; de fondo las nubes blancas perfectas que dibujaban diferentes escenas cada vez que el viento las hacia cambiar de posición. Cerraba los ojos también, dejando que el sol tenue de la tarde cubriera mis parpados. Y como cereza del pastel, yo estaba descalza. El cliché perfecto de la libertad alcanzada.

Esta casa, la casa mágica era de los primos de un amigo, los primos de Santi. A Santi lo conocí porque era amigo y compañero de trabajo de mi roomie Andrea, a mi roomie me la presentó otra roomie que tuve unos años atrás, Regina. Con Regina viví seis meses y nos hicimos mejores amigas y con ella di porque otra amiga, Daniela, me pasó el contacto de esa casa de asistencia donde vivíamos juntas Regina y yo. A Daniela la conocí porque tres años antes había sido mi roomie en otra ciudad y en otro momento. Llegue a vivir a esa casa con Daniela por un contacto de mi hermana; contacto que ahora me traía hasta el jardín de esa casa en la que me veía acostada con un vestido blanco y con los pies descalzos. En ese momento no pude más que acordarme de una frase que me repetía cuando estaba niña.

‘Algún día estaré en el lugar donde siempre quise estar’.

‘Algún día’ siempre sonaba más lejos del día vivido. Acostada en el jardín de aquella casa, tuve una regresión a mi infancia. Logré solapar hasta volver uno, ambos escenarios los cuales tenían una diferencia de más de 15 años entre sí. ¿En que momento había dejado de repetir la frase? Lo había olvidado. El lugar donde siempre quise estar, estaba ahí. Llevaba siguiéndome por más de cuatro años ya. Cuatro años en los que había dejado de resistirme al mundo y lo había empezado a ver como el lugar perfecto para aprender y emprender el camino de regreso a casa. Había renunciado a mi individualidad para entender que esto no me hacía mas débil, sino todo lo contrario. Reconocerme como parte de Él, como una sola cosa me había dado una libertad increíble y una felicidad inmedible. El lugar donde siempre quise estar, estaba adentro de mí y ese lugar, hoy era el jardín de la casa de los primos de Santi. El tiempo y lugar perfecto para estar, y yo, yo estaba ahí. Acostada en el jardín, mi cuerpo desaparecía, pero mi mente estaba muy presente; la totalidad de mi vida estaba en ella. Poco a poco empezaba a digerir la idea de que nuestra tarea no es solamente adorar nuestra vida, si no despertar del sueño de lo que pensamos que es ésta; solo así construiremos una casa sobre bases de piedra y no de arena. ‘Despertar del sueño’ para encontrar la única verdad, la verdad que oculta el ego, en este, el mundo terrenal era la tarea que se me había asignado.

Ayer estaba acostada en el jardín de una casa que parecía extraída de una parte de la película de mi vida. Ayer traía puesto un vestido blanco lleno de bordados de colores y de un material muy suave que permitía que el viento se colara entre la tela trayendo una voz consigo que decía:

‘Conoce lo que hay frente a tu rostro y lo que esta oculto te será revelado. Lo que esta frente a tu rostro es una ilusión. Conoce que es la ilusión y entonces el camino a casa te será revelado’.

Tenía el cabello suelto y alborotado, mezclándose perfectamente con el color verde del jardín. A veces abría los ojos y veía las copas de los arboles verdes adornando el cielo azul; de fondo las nubes blancas perfectas que dibujaban diferentes escenas cada vez que el viento las hacia cambiar de posición. Con cada cambio de posición aceptaba el reto de cuestionar cada uno de los valores que defendía, y sin saber como, renunciaba a ellos liberándome de la culpa, y la voz seguía con su monólogo:

‘Una mente libre de culpa no puede sufrir’.

Cerraba los ojos también, dejando que el sol tenue de la tarde cubriera mis parpados. Perdí la noción del tiempo. Santi llegó y me despertó. Pasado, presente y futuro estaban hechos una sola cosa, sucedían simultáneamente. En esa casa el tiempo era no lineal y todos fuimos seres no lineales y no espaciales por un momento. No volvería a mirar al mundo de la misma manera, había despertado, haba entendido que este mundo no se abandona con la muerte, pues esta solo nos trae de regreso, se abandona con la búsqueda de la verdad.

Y como cereza del pastel, yo estaba descalza. El cliché perfecto de la libertad alcanzada. Me paré, busque mi bolsa, busque mis zapatos por el jardín y caminé hacia el interior de la casa de los primos de Santi.

MARÍA FERNANDA ARMELLA

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