#Grosnitour - Caminito de Rusia

ferdiazgil™
Aug 8, 2017 · 3 min read

No importaba que Helsinki nos hubiese parecido flojete: aquel 7 de agosto nos aguardaba Rusia. Abandonábamos la Unión Europea, abandonábamos Estonia, abandonábamos Tallín y abandonábamos un hotel bastante mierdero.
Y digo “mierdero” por ser suave y por no abrirme una cuenta en TripAdvisor para ponerlo a caldo.

Como buena parte del día lo pasamos en un autobús pienso aprovechar y quejarme del Park Inn by Radisson de Tallín. Que digo yo que no es justo alojarnos en la zona soviética y viejuna, sucia y falta de mantenimiento; que queda feote echarnos de desayunar aparte -eso el primer día, porque luego pasamos y lo hicimos junto al resto de clientes-; que es vergonzoso esperar cuarenta minutos de noche (tras dos llamadas a recepción) para llevarnos dos putos jabones a la habitación; y, peor aún, qué cuatro estrellas ni qué niño muerto, si al volver de Helsinki nos topamos con la cama sin hacer pero con las toallas nuevas tiradas en el lavabo.

¿Veis esto? Es la última frontera de la Unión Europea, lo más parecido a El Muro de “Juego de Tronos”.

A lo tonto, con tanta queja, nos plantamos ya en la frontera con Rusia. Nos tiramos una hora para pasar cuatro controles fronterizos, cuatro. El primero fue para salir de Estonia, en plan “¿estáis seguros de que os queréis ir de aquí, con lo cuquis que somos?”. Los otros tres fueron cortesía de Rusia, donde incluso tuvimos que desalojar el autobús para un registro -del autobús y de nosotros mismos- y revisar pasaportes, visados y sellos varios.
El consuelo es saber que por fin estás en Россия y que, como en el chiste de las dictaduras, no te puedes ya quejar.

La entrada a San Petersburgo resultó más ágil de lo esperado. Nos soltaron en el Hotel Vasilievsky, que superó cualquier expectativa y arregló el cabreo hotelero que traíamos de Tallín.
Pero al hotel podrían darle mucho por saco: nosotros no queríamos perder ni un solo rato en San Petersburgo.

Una de las primeras fotos que hice en San Petersburgo (Monasterio de Alejandro Nevski).

Salimos pitandísimo del hotel hacia el metro, nos orientamos como mejor pudimos (¡en cirílico!) y acabamos en el ultrabarroco Monasterio de Alejandro Nevski sin lamentar más víctimas que las allí enterradas: el santito Nevski, Dostoyevski, Tchaikovski o Madretopevski.
Tras husmear la zona retornamos a la isla del hotel -quién lo diría, con todito lo que caminamos- y seguimos explorando para hacer hambre. Acabamos cenando en un garito que supuestamente estaba recomendado en la guía de Lonely Planet, pero que no parecía serlo, pero que supuestamente sí lo era, pero que no estábamos seguros, pero que no estaba nada malo, pero muy raro que estuviésemos solos.

Ojalá ésa hubiera sido nuestra única preocupación en Rusia.
Ojalá.

ferdiazgil™
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