#Grosnitour - Moscú me mata

Era nuestro séptimo día en Rusia y, después de nuestro primer contacto con Moscú, pensábamos que más o menos nos habíamos medio adaptado al país, a sus ritmos, a sus gentes, a sus chuminaícas y tal.
No. Нет. Vamos, es que ni de coña. De hecho, y para que os hagáis una idea, lo primero que escribimos ese día en la libreta fueron estas cinco palabras: “matar, matar, matar, matar, MATAR”.

“La que has liado, pollito”.

Rusia es un país tan grande como frustrante y hace de cada viaje o visita una pelea contra el mundo. Nada es fácil para el turista no ruso. Incluso en los lugares más turísticos apenas te pueden atender en ruso, sin folletos siquiera en inglés (no digamos ya en otros idiomas).
La visita al Kremlin la definimos como caos, muerte y destrucción. Apenas había información sobre cómo acceder: entradas distintas para individuales y grupos, que campaban a lo huno; colas diferentes para comprar los billetes a uno u otro monumento, porque no hay un ticket común; consigna a 400 metros del control de acceso -cuyos guardias cambian de opinión sobre qué puedes llevar o no, así que toca volverte cuando ya vas a entrar-; con otros controles de seguridad diseminados por el recinto…
Pese a que habíamos planeado visitar el Kremlin entre 9:30 y 13:00 (o las 13:30, a lo sumo), acabamos saliendo a las 15:30 desesperados y hambrientos, porque en todo el Kremlin no había ningún lugar donde almorzar. Para acrecentar nuestras ansias homicidas, descubrimos que hasta las 16:00 no reabría la puta consigna hacia la que había tenido que correr para soltar la mochila de la cámara: se ve que en el monumento más visitado de una capital de millones de personas consideran excesivo pagar un sueldo más para mantener abierta una consigna. TE CAGAS.

Plaza de las Catedrales: así es el interior del Kremlin.

Hicimos tiempo frente a la consigna comiendo lo primero que pillamos en un kiosko: un croissant seco, un muffin aún más seco y una Mirinda. Para seguir haciendo tiempo os comentaré que el Kremlin es desmesurado y acojonante, con sus murallones, palacios y catedrales, pero que… ah, que los de la consigna han vuelto. Pues nada. Volvamos al relato.
A las 16:04, con la mochila recobrada, estábamos trotando hacia la Catedral de San Basilio. De ella me quedé con tres cositas que os necesito transmitir: la primera es que es rara, pero bastante bonita; la segunda es lo desconcertante de su estructura con capillas asimétricas y pasillos que las rodean y conectan; y la tercera, quizás la más importante, es que San Basilio es tan pequeña que cabría en el interior de la rotonda de la Puerta de Alcalá, por ejemplo.

Interior de la iglesia central de la Catedral de San Basilio: nadie espera que sea ASÍ (46 metros de altura y sólo 64 m²).

Aunque tras el Kremlin y San Basilio estábamos fundidos y apenas habíamos almorzado, sacamos energía para pasear por lo poco que ha sobrevivido del barrio histórico de Kitay-gorod. Allí hicimos las clásicas compras de última hora, aprovechando también para gastar los últimos rublos que nos quedaban.
Desistimos, por puro cansancio, de ver el Museo Estatal de Historia: ya podéis imaginaros cómo deberíamos estar de muertos. A cambio optamos por darnos un último gran capricho: era la última noche de nuestro viaje de novios y Moscú nos había vapuleado, así que nos lo merecíamos. Cenamos muy bien en el georgiano Khachapuri (número 13 de 11.630 en TripAdvisor, y nosotros sin saberlo); proseguimos el homenaje en la confitería del elegantísimo, mitiquísimo y carísimo Café Pushkin (sólo en el puesto 37, por desgracia), donde probamos su famosa tarta de miel, que viene a ser un bolo de bolacha aún más dulce, ergo BIEN.

Un metro chulísimo, sí, pero echadle paciencia para orientaros si sois morralla occidental.

Tomamos por última vez el metro moscovita y, también por última vez, reptamos hacia la cama. Al día siguiente nos tocaba despedirnos de Rusia y, sinceramente, no nos faltaban las ganas.