#Grosnitour - Riga-Tallín (con hijuelas)

Cuando te despiertas tras un flechazo como el de un servidor con Riga temes que el siguiente destino vaya a decepcionarte. Por suerte, acabamos ese día en Tallín, que es una cosa monísima y cuquísima de ciudad y OYOYOYOY.

En fin, voy a intentar centrarmOYOYOY TALLÍN OYOYOY.

Para ir de Riga a Tallín hay que recorrer algo más de trescientos kilómetros o inventar el teletransporte. No obstante, vuelvo a recomendaros que hagáis el mismo rodeo que nosotros: Sigulda, Turaida y Pärnu.
Bueno, si eso visitad los dos primeros. El tercero ya lo dejo a vuestro libre albedrío, que después me perseguís con antorchas porque no os ha gustado.

Sigulda y Turaida están bien cerquita, en el Parque Nacional de Gauja. En el parque hay casi de todo, desde bosques a castillos pasando por cuevas, museos etnográficos y una leyenda como la de la Rosa de Turaida. Podéis echarle horas, que no os va a decepcionar. A mí, que me vendo muy fácilmente, ya me habían ganado con antelación gracias a que íbamos a ver tres castillos. No uno ni dos ni tres, sino tres.

Castillo de Turaida, con unas vistas dignas de Instagram.

En el Parque Nacional de Gauja también nos adentramos en la cueva más profunda de todo el Báltico. Se trata de la Cueva de Gutmanis y no llega a los veinte metros de profundidad. Repito: veinte (20) metros de profundidad; sí, la palabra que estáis buscando es “proceloso”.

Sí, ésta es la cueva. No hay más.

Le dijimos adiós al país con la bandera de bacon y pasamos a Estonia, control fronterizo incluido. Entiendo ese temor estonio y el celo en vigilar su territorio, aunque supongo que un autobús de españoles jamás será su principal preocupación: ese lugar lo ocupan Rusia y los finlandeses borrachos.

Nuestra primer contacto con Estonia fue Pärnu, que viene a ser la Calvià de los finlandeses que quieren playa, alcohol barato y juntar los cacharros de mear. Verbigracia:
- Paavo finlandés uno intentando ligar con mi señora (QEUS) en un bar;
- Paavo finlandés dos mamadísimo junto a nuestro autobús y tratando de subirse al mismo en los pocos momentos en los que recobraba la verticalidad.

Por lo demás, y comparaciones al margen, Pärnu es una ciudad costera, agradable y bien cuidada. Lo justo para dar un paseíto, tomar un café e ir al baño antes de llegar a Tallín, que es lo que realmente nos interesa a todos.

Por desgracia (y ya se contará si procede), la primera impresión del hotel de Tallín fue regulera, salvo si en pleno 2016 se busca la genuina esencia soviética en la Unión Europea. Aún así, le dimos un aprobado justito por la sencilla razón de estar en Tallín porqOYOYOY TALLÍN OYOYOY.

Nada más llegar hicimos dos cosas: enamorarnos de Tallín y enamorarnos de Tallín. Un amor regado con cervezaca del Hell Hunt e iluminado en un atardecer a la que ninguna foto haría justicia.
Ni siquiera ésta.

Me vais a decir ahora que no os gustan los atardeceres estonios.