Nunca fui la princesa de papá

Fernanda Morales
Jul 24, 2017 · 3 min read

El único hombre que se supondría estaría conmigo incondicionalmente, nunca lo ha estado: mi padre. Crecí rodeada de mujeres: mi mamá, mis tres tías y mi abuela, quienes me criaron con valores, una buena educación y sobretodo mucho cariño.

Eso no me hizo odiar a los hombres, al contrario, creo que en cada uno trato de ver su lado bueno, tal vez por eso me han roto el corazón tantas veces, si la persona que debía cuidar de él desde que nací fue el primero en dejarlo hecho pedazos.

Nunca fui la princesa de papi, nunca estiré la mano para pedirle dinero, nunca me contó un cuento a la hora de dormir, ni me cargó en sus brazos para velar mis sueños. Crecí como una ‘guerrera’ (si es que se puede usar dicha palabra como antónimo), cayéndome de la bici porque no estaban sus brazos para sostenerla, caminando hasta la cama porque no había quien me cargara si me quedaba dormida en el sillón, juntando mis domingos para comprarme lo que quisiera, ya que comprendía que a mi mamá no le alcanzaba para complacer todos mis gustos.

Después de muchos años lo conocí, para mí era el mejor hombre que existía en el mundo a pesar de no haber pasado conmigo los primeros 13 años de mi vida. Mi lista de “cosas por hacer con mi papá” era infinita, aunque claro muchas de ellas ya eran imposibles de hacer por mi edad, pero esperaba con ansías hacer las demás: ir al estadio, bailar juntos toda una noche, que me enseñe a manejar, dormir abrazada a él, ir a un concierto, cocinar juntos, ir al cine, ir a la playa, salir a andar en bici, etcétera.

Conforme pasaron los años me rehusaba a entender que el tiempo, la distancia y el que nunca fuimos una familia a pesar de llevar la misma sangre, eran grandes factores que hacían que mi lista se redujera al mínimo. Claro, el hecho de que tuviera una esposa y muchos otros hijos, también influía. Su falta de entusiasmo para aceptar cuando le proponía algo, su escasez de tiempo o su nula iniciativa para hacerlo, hicieron que llorara en muchas ocasiones, que recordara todos los momentos de mi infancia en los que me hizo falta, y sobretodo que dejara de intentar ganarme en su vida un lugar que nunca tuve, que nunca me dio. Entendí una frase que vi circular por internet hace unos días: “si tienes que forzarlo no es tu talla (aplícalo para anillo, ropa, zapatos, relaciones, amistades, planes, etc)”.

Ahora a esa frase le agregaría “aplícalo incluso con las personas que más amas, aunque lleves su sangre”. Así que ahora estoy dejando que la vida siga, sin planear, sin esperar nada de él, solamente aprendiendo a disfrutar los efímeros momentos que podamos pasar juntos. A fin de cuentas, sigue siendo mi padre y lo amo con todas mis fuerzas, aunque a él le cueste entender que un regalo o apoyo económico nunca harán que nuestra relación padre/hija llegue a su máximo esplendor, eso sólo ocurrirá si me pone como prioridad en su vida y me dedica tiempo de calidad.

(Fotografía tomada de Internet)

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