Ese viejo de la foto, ¿soy yo?

Una tarde en el geriátrico

-¿Ese viejo de la foto soy yo? ¿Estás segura?

- Sí, abue, pero no estás tan viejo

- ¿Cuántos años dijiste que tenía?- 95, abue

- Macanas. ¡Si cumplí 89 hace poco!

- Bueno, pero después seguiste cumpliendo

- Qué jodido… ¿Y vos cuántos años me dijiste que tenías?

Un tanto indignado, el abuelo Mario apoya el celular con la selfie que nos acabamos de sacar sobre la mesa redonda de fórmica beige (o gris, o uno de esos colores sin color).

Sentada a mi izquierda, está mi mamá, la hija de Mario. A su izquierda, demasiado pegada a mi mamá, una señora muy viejita y silenciosa sentada en una silla de ruedas. No tiene dientes postizos, así que la boca se le va para adentro, como si en cualquier momento fuera a engullirse a sí misma. Se ve que tiene mucha hambre (o tal vez está muy ansiosa) porque come sin prisa y sin pausa las tres vainillas que le dieron para merendar y, acto seguido, intenta masticar el pequeño plato de loza blanca sobre el que estaban apoyadas. Entre divertida y angustiada, mi mamá le saca el plato de la mano y lo pone fuera de su alcance. Sin inmutarse, la señora decide comer la nada misma: junta su índice y pulgar a modo de pinza, recoge un alimento invisible de la mesa y se lo lleva a la boca.

Siguiendo la ronda hay otra señora, también en silla de ruedas. Su pecho está atravesado de manera transversal por una tira de tela resistente, sintética, de color azul eléctrico que la fija al respaldo: “la atamos para que no se nos vaya para adelante”, explica ante mi mirada su hijo, de unos sesenta y pico, lentes cancheros, esposa vistosa, alta, con calzas de lycra que acomodan y retienen lo que el tiempo va dejando librado a la fuerza de gravedad.

Entre medialuna y medialuna, el abuelo Mario ficha a la esposa vistosa, la mira con melancolía, como quien rememora un viaje a una ciudad exótica, una experiencia que intuimos no volverá a ocurrir.

- ¿Qué tal las chicas, abue? ¿Enganchaste algo?
- ¿Acá? Son todas unas viejas! Estoy frito. No hay minas acá

Habla de mujeres y le cambia la mirada: se oscurecen sus pupilas, los ojos verdes se transforman por un instante en los de un tigre. En simultáneo se le dibuja una sonrisa de costado. Mi abuelo viaja 20, 30, 40 años atrás y vuelve a ser un dandy. Yo también viajo: me lo acuerdo vestido de punta en blanco, impoluto, el pelo rubio, sedoso, peinado hacia atrás con aceite de ricino, la rosa recién cortada de su jardín en el florerito del escritorio del enorme consultorio de la calle Paraguay, listo para recibir a esos pacientes que lo idolatran.

- ¿Quiere jugo Mario?

El grito (en el geriátrico todos gritan, se presupone que ninguno de los viejos escucha nada) antecede a un brazo fornido que culmina en una mano de dedos regordetes y uñas pintadas de color fucsia que pone a menos de cinco centímetros de mi vista un vaso de plástico naranja con un líquido poco atractivo.

El hechizo se rompe.

Mario dice “no quiero” y se desploma en sus 95, en su chaleco de polar azul, en el pantalón de corderoy que le queda más bien grande. Ofuscado, baja la vista y vuelve al libro que tiene sobre su falda: The Travels of Marco Polo. Me pregunto si realmente podrá seguir el texto en inglés o solo hace la mímica de la lectura. Le pregunto qué tal el libro y me responde con un lacónico “bien”, que no me permite sacarme la duda.

De fondo se escucha una voz enrarecida, como de niña o de ardilla (si las ardillas hablaran lo harían así), típica de película diabólica: una vieja que según dicen pasó los 100, plegada sobre sí misma, con el pecho prácticamente apoyado sobre sus propias rodillas, recita un mantra de números, pesos, deudas y necesidades: “¿Cómo quiere que haga para comprar la comida si no me alcanza? ¿Los 100 pesos? Los 100 pesos no se los puedo dar señor, no, no, no. Lo lamento mucho, señor”. Se pregunta y se responde, se defiende a capa y espada, no necesita de nadie para darle sentido a su tarde de sábado.

Miro a mi abuelo, que se está clavando la cuarta factura (justo la que tiene mucho dulce de leche y azúcar en polvo, un enchastre). Pienso que por lo menos él puede mantenerse erguido (será porque toda la vida hizo mucho deporte). Me alegra que le hayan gustado las facturas.

- ¿Vos eras Fernanda, no? ¡Mi nieta! Qué bueno que viniste, amor, te lo agradezco mucho.

Y si, ir al geriátrico al final es un programón.