Magos del Vagón

Las notas de los Ases Falsos, en el va y ven del metro se ven interrumpidas por un sonido electro. Poco a poco me percato de lo que sucede, uno de los denominados artistas callejeros ha acaparado la atención de algunos usuarios y gradualmente otros más somos seducidos por sus movimientos, cuidadosamente coordinados con el beat que proviene de una potente bocina.

Me quito los auriculares, dispuesto a brindarle toda mi atención al espectáculo, que se manifiesta en las condiciones óptimas como para que se desarrolle una experiencia interesante. La distancia entre estaciones es amplia y el tiempo es suficiente, toda la gente va sentada y el mago (ahora me doy cuenta que lo es) se ha ubicado justo al centro del escenario. Hay pocos a quienes realmente no le ha parecido algo digno de apreciar, quizás ya han visto el acto pero todos los demás nos vemos atraídos a la novedad. Para el caso, somos mayoría y de todo tipo: unos miran atentos, como queriendo descubrir el truco detrás de las múltiples contorsiones -distractores indispensables para el disfrute-, mientras que otros por el contrario entienden o tal vez no, que parte del encanto esta en dejar que la mano engañe al ojo, y su expresión divertida es el testimonio de ello. Yo me dejó ir por supuesto. Primero, el ilusionista hace aparecer y desaparecer una pañoleta, el básico pero siempre indispensable truco que revela el grado de habilidad del timador, a continuación hay que hacer partícipe al público, en este caso una señora cercana es la elegida para quedar encantada, rascándose la cabeza cuando de la manera más sencilla le piden estirar la mano, colocándole la pañoleta que una vez cerrada y tras unos pasos mágicos se ve convertida en dos simpáticas pelotitas que caen de su palma abierta y van a rodar por el suelo movedizo hasta regresar con su dueño. No es demasiado tarde para incorporarse a la audiencia, los que lo hacen, lo hacen a tiempo para presenciar “el foco que prende solo”, y si es que esto suena un poco soso en la descripción es porque se trata del intermedio, indicación que anuncia que lo mejor, la artillería pesada, está por venir; un simple artilugio que al ser puesto en la boca, enciende ¡como por arte de magia! Amigos, incluso cambia de color, sí como quizás lo ha visto en el acto de aquella competidora llamada ciencia y tecnología ¿o es que no todos traemos el smartphone más mágico del momento?

Por eso, y antes de que la inminente llegada de la próxima estación rompa el encanto que cadenciosamente ha contribuido a crear el trepidar del transporte, viene “la Rosa” la que a todos nos gusta porque, sí fuimos afortunados, en nuestras fiestas los magos infantiles nos dejaban embobados con ella, de igual manera si no lo fuimos, en fiestas del amigo rico, de una u otra forma la vimos, y aquí es donde se apela a la nostalgia, al pequeño niño interior que cree en San Nicolás, y al que hay dejar salir con todo y que el suelo este sucio, que la temperatura debajo de la tierra sea grosera o la prisa del fin de semana nos mueva las manos nerviosamente.

La pañoleta se convierte en una flor -obvio-, “miren mientras puedan, que aquí no hay truco” dice el ademán rítmico del actor pues al prenderle fuego el deleite nos arranca una sonrisa bobalicona. Aunque para nada comparable a la sonrisa que nos arrebata el logro que es traerla de vuelta, como todo gran mago que se precie de serlo debe hacer. Algunos de los que van acompañados voltean a mirarse encantados, a otros simplemente les divierte el pensamiento de hacer estallar una bomba, la visionaria idea de utilizar el poder constructivo de: “el aplauso espontáneo”. Quien sabe de él, como yo lo hago, sabe que basta sencillamente con eso, con un visionario, valiente eso si, para que el resto de los monos imitadores lo sigan, quizás no hasta la muerte, pero si hasta un acto tribal cuya recompensa es una dosis de endorfina gratis y sin endulzantes artificiales, libre de impuestos aunque con una nota de “el que dirán” característico de la cultura mexicana. Poniendo todo eso aparte, mi vocación anarquista me hace vencer el miedo y me convierto en aquel iluminado, en el Neo encargado de mostrarles a los demás “virus” lo que hay más allá de la Matrix, y el vagón explota en el unísono sorprendiendo a los incautos que en un principio prefirieron seguir leyendo el periódico o ir inmersos en el “tiempo del yo” que brindan los gadgets.

No es que le haya robado el acto al ilusionista, simplemente le ayude a mejorarlo (lo he hecho en parte porque no pensaba cooperar) y tampoco es que haya sido una victoria reaccionaria contra el mandato de EPN y los narcotraficantes corta cabezas/envenena juventudes, sencillamente fue lo que fue, un curioso acto de valentía pequeño pero eficaz, sencillo y ejecutado en las condiciones adecuadas, que pudo haber o no sido, ni la gran cosa pero si la cosa del tamaño suficiente como para ser memorable, durante el tiempo que tenga que serlo. Y el testimonio estuvo en la bonanza. Los típicos saludos del intérprete y los buenos deseos antes de la colecta se anticipan a las monedas de diez y de cinco que alcanzo a ver salir del bolsillo de quienes me rodean. Hemos sido engañados, el propósito se ha cumplido, "la puerca esta en el la pocilga" yo he ayudado a acorralarlo. Probablemente habrá algunos que se sentirán timados una vez que nuestro amigo el mago bajé del vagón, pero cuando lo hace, la mayoría ha contribuido a su sustento de manera justa. Sin embargo cuando se abren las puertas no sólo permiten que la magia salga, pues una vez que sale, otras muchas cosas entran, pasajeros sí, pero también un niño, cargando con un paquete de chocolates, de los a tres por diez, y aunque no es el niño más humilde y necesitado también ha subido a trabajar -sin juzgarlo- pienso ¿para mantener sus estudios? (la posibilidad la hay). Por fortuna aún hay todavía bienestar en los bolsillos capitalinos como para darse un gusto y apoyar a la niñez metropolitana dentro de la estructura social que opera en los túneles y que es el indicativo del poder adquisitivo como también lo es del despilfarro inconsciente, quienes se quejan de los vendedores ambulantes son los mismos que se encargan de mantenerlo, haciendo una compra inofensiva de cuando en cuando, pero así es como funciona esto.

Quedo, después de todo, admirado, encandilado con la verdadera magia que acabo de presenciar, con el teatro de la vida que Calderón de la Barca postulaba, y no es hasta algunas estaciones que el "bajón" -como lo llaman los que saben de estas cosas- comienza a rondar no sólo en mi sino en todos los pasajeros, algunos incluso ya los ha tirado al suelo, no bastante -sin ánimos de alardear- “yo ya se como lidiar con él” y me dispongo al refugio de las canciones de los Ases Falsos antes de que suba algún mochilero a querer venderme “los más de 1000 temas de Juan Gabriel”. No por no ser uno de sus escuchas incidentales sino por que ahora el trending topic de colgarse al fallecido se me hace barato (saludos Televisa) pues yo ya tendré tiempo para llorar en un luto privado no tan grande como Bellas Artes, y además, mi estación como siempre: está por llegar.

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