Nadiesdha


Probablemente sucedió en tercero o cuarto de primaria ¿quien habla de esos años? Yo había salido a pocos lugares y realmente creía que la tierra era muy pequeña, como en el Principito. Sea como fuera, este profesor nos llevó a todo el grupo a un viaje de campo, quizás un picnic aunque no recuerdo el propósito real, todos saltamos emocionados y la verdadera causa no tenía importancia. Llevábamos el uniforme deportivo, algunos fueron en un autobús pequeño y quienes como yo no cupieron ahí, viajamos en la caja de una camioneta; el viento revoloteaba mi cabello y me hacía difícil respirar pero era emocionante asomar la cabeza y creerse temerario. La camioneta se adentró en el campo, el autobús no, y sus pasajeros tuvieron que caminar, nosotros nos detuvimos en una casa a medio construir o desocupada, y pienso que en realidad fue ahí donde comimos, recuerdo cargar los refrescos y servir a mis compañeros.

El campo era muy bonito, largos caminos delineados con árboles muy altos, las milpas estaban recién regadas, el pasto fresco y verde invitaba a revolcarse como los perros, el cielo azul sin nubes cubría la totalidad de la tierra. Había un segundo propósito después de comer que hicimos como una tarea y una vez terminado todo algunos intrépidos nos alejamos perdiendo de vista al profesor; mejor dicho yo seguí a los intrépidos, lo que me hacía intrépido a mí manera por lo cual no supe si lo que pasó luego fue planeado o una coincidencia.

Al rodear un plantío de maíz suficiente alto para escondernos de la vista nos encontramos con un grupo de niñas, tres o cuatro de las chicas que después, en los años de secundaria serian conocidas como parte de "las populares", eran las niñas bonitas que comenzaban a despertar en nosotros sensaciones innombrables por estar apunto de alcanzar la adolescencia y su cuerpo se deshacía poco a poco de la niñez. Estaban del otro lado de una zanja algo difícil de saltar y sonreían de modo juguetón retandonos, nosotros, los niños, éramos al menos siete y recuerdo claramente una sensación de peligro, como si aquello fuera prohibido aunque al mismo tiempo quería estar ahí. Ellas proponían juegos y recogían flores entre risillas y secretos al oído, incluso lanzaban besos al aire mientras nos miraban de la forma más coqueta, surgida de un sueño veraniego y juvenil, ese sitio se convirtió entonces en el único lugar del mundo, albergando esperanzas y dulzura, tragándose la vida familiar, los deberes escolares, los intereses infantiles y la vaga identidad que apenas asomaba de nuestro ser.

Dos o tres de mis compañeros más crecidos comenzaron a alardear saltando la zanja, primero torpemente como animales cautos e inseguros al llegar al otro lado, luego más atrevidos con cada salto que daban, los demás nos limitábamos a ser testigos del coqueteo de las mujercitas, particularmente de Nadiesdha que parecía haber tomado la iniciativa, liderando a sus amigas y relegándolas a un segundo plano cuando titubearon; inclusive hasta ahora, no logró recordar quienes eran ellas, puedo ver los pantalones deportivos a la cintura y las blusas blancas fajadas, los tenis limpios manchados de lodo fresco, incluso las ligeras cadenas de oro que colgaban de su cuello y brillaban a la luz del sol, sus sonrisas brillantes y su cabello revuelto y joven, pero su identidad se la ha llevado la decisión que tomaron. Una vez que la situación dejo poco a poco de ser un juego y se volvió algo de cuya seriedad todos nos percatamos veladamante, el miedo y la inexperiencia, junto con la actitud cada vez más atrevida de Nadiesdha hicieron que sus cómplices recapacitaran lo que estaban haciendo en aquel lugar apartado y oculto, así que la abandonaron. A pesar de que ella trato de detenerlas insinuando su inmadurez y falta de valor, estaba decidido, ninguna de ellas participaría en lo que sea que terminara aquella travesura, y se marcharon definitivamente, alejándose entre en campo hasta perderse de vista, entonces se hizo obvio el echo de que ella las había dirigido hasta ahí en primer lugar. Opuestamente a lo que se creería, Nadiesdha no se dejó afectar por aquella decisión y, aunque quizás fue la confusión emocional de no saber cómo actuar a continuación lo que la llevo a decir lo que dijo, lo dijo.

Chavos, quien agarre aquel panal de abejas me puede hacer lo que él quiera”.

Nos congelamos por un segundo. Fue ahí que pensé en el tiempo transcurrido desde que nos apartamos del grupo, hasta aquel momento creía que era mucho, pero me di cuenta que realmente había sido soló un instante. Nuestros ojos que hasta entonces miraban en una única dirección giraron hacia el mismo sitio que los de nuestra Venus y descubrieron una colmena zumbante que ninguno de nosotros había notado, adherida a la rama robusta de un árbol alto y joven. Vacilamos “¿para que? De seguro si las molestamos nos atacarán ¿cómo lo alcanzamos?” Había una cantidad abrumadora de pensamientos pero entre ellos uno se abrió camino acelerando nuestros corazones novatos y haciendo eco.

Me puede hacer lo que él quiera”.

¿A que se refirió? Fue la forma en que lo dijo, acompañada por un movimiento seductor que pretendía ser adulto y que resultaba torpe, la que nos puso a imaginar escenarios nuevos y borrosos, apenas hasta hace algunos años impensables pero cada vez más anclados en el deseo, surgiendo desde dentro de nuestro ser, reconociéndose en escenas románticas en la televisión, emocionado nuestros cuerpos, alimentando y avivando el fuego de la vida. A lo mucho yo me imaginaba un beso, quizás algunas caricias e irnos tomados de la mano hasta el autobús entre los aullidos burlones del grupo, y sin embargo por bonita que fuese nunca había pensado en Nadiesdha como alguien que me gustase, era más alta que yo, una de esas niñas que se arreglaban demasiado para su edad y que en el recreo se juntaba con otras como ella, que jugaba a cosas distintas y a quién le aburrían las clases que a mi me entusiasmaban, además del echo de que en las páginas garabateadas de mis cuadernos estaba escrito otro nombre. Sin embargo la situación sugería algo más, estando ahí, escondidos en el campo, solos, y con total libertad, las posibilidades eran mayores: de descubrir, por primera vez aquel secreto que nos guardaban los adultos, del que se hablaba a susurros entre los pasillos de la escuela o que se abalanzaba hacia los ojos en las portadas de revistas en los puestos del centro, ese secreto amorfo e incompleto que en clase de ciencias naturales era despojado de cualquier duda mediante datos técnicos que nos decían mucho de sus características pero nada de su verdadera esencia.

Así que valía la pena arriesgarse, de modo que dos o tres de los niños decidieron hacer equipo, eran ellos los experimentados, ciertamente estaban dejando atrás la niñez que yo aún poseía, la que nos definía y separaba. Miraron decididos el panal de abejas y trazaron un plan, lo que me causó gracia, pues una vez cumplieran su objetivo secundario ¿quien de ellos sería el que consumaria el primario? Pero me guarde está opinión para mi como lo hacía en ese tiempo, en parte porque explicarla me resultaba difícil y en parte porque me divertía darme cuenta de que sólo yo pensaba en ese tipo de cosas, "ya lo resolverán" pensé. Nadiesdha no reparo en ello, por ejemplo, y se alegró al ver que su reto había sido aceptado con numeroso entusiasmo cuando otro más de nosotros se sumo a la tarea, para entonces todos los demás éramos ya simplemente testigos de las intentonas infantiles por alcanzar el premio que garantizaría un capítulo inédito en la niñez, sin embargo algunos otros indecisos todavía podían imaginar lo que pasaría si alcanzaban el panal, incluso yo seguía emocionado por la posibilidad de ser picado por decenas de abejas sólo para probar las mieles de la victoria.

Ninguno lo consiguió, el panal estaba demasiado apartado en el árbol, un mezquite especialmente difícil de trepar, y la princesa en la torre comenzó a aburrirse. La muestra de hombría que esperaba se demoró lo bastante como para que la realidad irrumpiera en el ilusorio oasis que se había creado, los mosquitos comenzaron a hacer notar más su presencia y el sol de medio día cayo con toda su iridiscencia sobre las mejillas rosadas de Nadiesdha, que impaciente comenzó a recapacitar su oferta. “Si no pueden ya vámonos” fue la sentencia que lanzó esperando una última tentativa desesperada de sus Campeadores pero la magia se había ido, y lo que comenzó como la promesa de un idílico encuentro romántico que abriera las puertas hacia la juventud término siendo uno más de esos juegos varoniles en los que sólo importaba ver quien podía lograr la hazaña y no cual sería el resultado. Algo a lo que todos los demás estaban invitados a participar y así lo hicimos. Ya no importaba alcanzar el Colmenar sino simplemente trepar el intratable árbol, un verdadero trabajo de equipo que Nadiesdha desprecio una vez se termino el riesgo de por medio y ya nadie la consideraba el trofeo dorado en la vitrina escolar.

Dio media vuelta y regresó hacia donde el resto del grupo se encontraba, para reunirse con las demás niñas, aquellas a quienes había despedido un instante antes, dejando atras a un grupo de niños exploradores empecinados en alcanzar la cima de la aventura en lugar de tener que verlas con un montón de abejas enojadas.

No recuerdo si fui uno de los que subió o no, pero recuerdo que reí a carcajadas, que la camaradería me hizo pasar un rato agradable y que justo antes de adentrarme de lleno en el recreo silvestre voltee hacia donde Nadiesdha y la vi alejándose entre el alfalfar, había recogido una rama y la balanceaba de manera juguetona y cadenciosa, no parecía derrotada, incluso reconocí una actitud alegre en sus movimientos, no llevaba prisa por llegar con los demás, quizás quería estar sola un momento. Cuando regresamos agotados al grupo, después de un ejercicio simiesco en el árbol ella estaba ahí recogiendo sus cosas con total normalidad junto a sus amigas, nadie dijo una palabra de lo que había sucedido porque de echo nada sucedió y cuando regresamos a la escuela todo el asunto estaba olvidado.

Al menos hasta algunos años después, en el último año de primaria cuando un incidente apícola me hizo recordar todo aquello. Resultaba que Nadiesdha era alérgica a las abejas, una mañana llegó corriendo del receso con la mano completamente inflamada, de un tamaño absurdo, y de un tono rosado caricaturesco, sudaba y tenía la cara roja con algunas lágrimas asomándose por los rabillos oculares. Yo nunca había presenciado tal reacción y quede sorprendido de que una simple abejita pudiera provocar tal calvario, para ese entonces teníamos una profesora y muchas más cosas habían cambiado, algunos compañeros mandaban cartas de amor y otros más hacían juegos de botella en sus fiestas de cumpleaños. Pero nadie mencionó aquella vez en el campo cuando estuvimos a punto de desatar un enjambre de posibilidades.

Ahora recuerdo esa época y lo importante que fue para mi persona, cimentando bases que hoy reconozco terminadas. Pienso si soy el único que le da importancia a eventos como el de aquel verano, pienso en mis compañeros que estuvieron ahí conmigo, en si recordarán cada una de sus aventuras, en sí se dan cuenta del significado que le doy a ese capítulo de nuestra niñez y en como acabo por definir las percepciones que tenemos del amor, también me pregunto si recordarán a Nadiesdha, y pienso en si ella nos recordará a nosotros.

Aveces trato de recordar las identidades de aquellos quienes estuvieron ahí, no estoy cien por cierto seguro de quienes fueron, pero nunca me olvido de ella. Hace algunos años fue la última vez que la vi. Reconocí sus característicos ojos muy grandes y redondos pero eso fue todo, un rostro más que quedó en el pasado, sin ningún vínculo real atado al recuerdo más que un capítulo archivado en los incontables libros mentales que releemos a veces y cada vez menos. Por suerte ella no me reconoció, yo cambié más de lo que ella lo hizo y seguramente no era mi nombre el que estaba garabateado en las páginas de sus cuadernos. Pero hay una cosa que siempre quise saber acerca de ella y cuando hoy lo investigue me causó gracia: su nombre como el de muchos otros en este país es una apropiación mal escrita, que en realidad debería ser Nadezhda (como en un cuento de Anton Chejov) un nombre ruso que significa “esperanza”.