Hace unos días, medio en broma/medio en serio, le comentaba a un exjefe que no me parecía apropiado que cerrase una presentación de su empresa con una imagen de las sedes que tiene en el mundo. Con una imagen concreta, se entiende. En este caso, una pequeña gran empresa, innovadora (de las de verdad) y con un rol importante en estimular la digitalización de grandes compañías (Ibex 35, por ejemplo), utilizaba una imagen para representar “su Madrid”: una de las cuatro torres de castellana. Me pareció curioso que un Atlético utilizase esa imagen por su vínculo con la Ciudad Deportiva del Madrid… y me pareció curioso que una firma de innovación identificase o relacionase Madrid con una tipología muy concreta de edificación. Un espacio que marca, que recoge una forma de ver el mundo y de entender los negocios.

Poco después desayunamos con una noticia que hizo activar el resorte: una Universidad (y no cualquiera) construirá un campus en torno a un nuevo rascacielos. Es más, dentro de un rascacielos. Sin duda, una apuesta arriesgada, probablemente la más arriesgada de las que ha tomado esa institución. Y no por la exposición económica de la operación, sino por su impacto en dos ejes: el posicionamiento de marca y el impacto en la metodología docente. Seguro que hay más dimensiones, no lo pongo en duda, pero a mí, Fernando Garrido, son las que más me interesan.

Uno define su identidad y construye su identidad en torno al lugar que ocupa en el mundo. ¿Existe un mejor modo de explicar quién soy, a quien veo y busco, que una ubicación geográfica determinada? Con este movimiento, de forma premeditada (o no), la universidad se posiciona mirando a la cara entre los cristales de varios rascacielos, a las grandes empresas multinacionales que tendrá por vecinos. Una oportunidad, sin duda. Pero ¿supone ello dejar de ver otro tipo de realidades?

Por otro lado, el reto de construir un ecosistema de aprendizaje en torno a un “campus vertical” implica una intervención en espacios y en mobiliario que es un reto que nos gustará seguir de cerca. La primera imagen que me vino a la mente fue la de un Rector que tuvo a bien explicarme y enseñarme el proceso de conceptualización y construcción de una Universidad de “provincias” que miró más hacia California y Boston, que hacia lo local. En un agradable paseo de hora y media, rapidamente se hicieron visibles las similitudes con Stanford: un campus donde el contacto con la tierra, con el sol, con la naturaleza, es ineludible. Un lugar en el que el aprendizaje “informal” tiene un rol relevante y en el que los espacios facilitan una experiencia de aprendizaje global, por intentar expresarlo de algún modo.

Y… así, sin saber muy bien cómo ni porqué, recordé un poema de Goytisolo…

¿Qué hará con la memoria 
de esta noche tan clara 
cuando todo termine? 
¿Qué hacer si cae la sed 
sabiendo que está lejos 
la fuente en que bebía?

¿Qué hará de este deseo 
de terminar mil veces 
por volver a encontrarle?

¿Qué hacer cuando un mal aire 
de tristeza la envuelva 
igual que un maleficio?

¿Qué hará bajo el otoño 
si el aire huele a humo 
y a pólvora y a besos?

¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas 
a un azar que ya tiene 
las suertes repartidas.