La grieta es invisible — Bizet no es aburrido

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Me aventuro a veces al descaro de escribir pequeñas reseñas, crónicas o no más que opiniones acerca de algunos espectáculos musicales a los que asisto en calidad de prensa. Es muy placentero para mí y además tiene como consecuencias constructivas no sólo que (con esfuerzo) mejora la calidad de mis escritos por la práctica, sino que además aprendo sobre música, su historia y su impacto en la sociedad.

Tengo amigos de toda la vida con los cuales comparto y compartí en el pasado, mis opiniones respecto de casi todos los temas que se acomodaban en nuestra cotidianeidad. Así por ejemplo recuerdo perfectamente una discusión con uno de mis amigos acerca del actor Alfredo Casero, allá por el año 1997, en donde cruzábamos instancias dado que yo pensaba cosas más bien positivas sobre el por entonces protagonista del programa televisivo “Cha Cha Cha”, mientras que mi amigo lo tildaba de “perdedor”. También recuerdo, con otro de mis amigos íntimos, una conversación sobre el verdadero motivo del relativo buen pasar del país (durante enero del año 2003), en donde se me proponía que la verdadera causa de la bonanza estaba en el trabajo del pueblo, en el sudor del obrero y que ninguna relación había entre aquellos balances positivos y el accionar del gobierno de turno.

Ambos amigos siguen siendo muy cercanos y ninguno recuerda que esto haya sucedido. No es sin menester el hecho de que hoy piensan diferente en una arena como en la otra y que en nada están de acuerdo con condonar que ellos hayan hecho alguna vez aseveraciones del estilo.

A mi no me cambia en nada que su opinión respecto de sendos temas haya mutado. No me cambia en nada porque eso es lo que somos los seres humanos. Nuestros valores no son esculturas y ambos tienen derecho a sentir que hoy su postura es diferente.

Sin embargo, el cambiar de opinión podría haber dejado de ser una posibilidad o un derecho para mí en el año 2015. Me refiero, claramente, a mi opinión respecto de los espectáculos musicales a los que asisto. Opinión que expreso públicamente, así lo exige el contrato, no ya de manera exclusiva en el medio digital pertinente (a merced para siempre de Google) sino que luego se replica por amigos y partes interesadas, a veces incluyendo a artistas que comparten con sus conocidos y seguidores los comentarios que les tocan. Mi opinión está documentada, repetida, seccionada, likeada (cuando tengo suerte), compartida, comentada. ¿Cómo podría un hombre íntegro desdecirse con este grado de consciencia sobre la eternidad de sus dichos?

No importa aquí el riesgo a la rigurosidad del archivo. Esto fue así desde siempre, como tantos programas de televisión tienen a bien ejemplificar. No, lo que importa es que la advertencia sobre el registro pesa sobre mí desde el día uno. Nunca antes esto nos abarcó a todos como sociedad. El archivo no es para mis opiniones un condimento que llegará dentro de algunos años con la necesidad de marcar alguna línea editorial clara. El archivo para mí, y para todos quienes pertenecemos al mundo de “en internet nada muere ni desaparece”, es permanente y el primer defensor del mismo, es el protagonista de los documentos que lo exponen.

Ya no puedo permitirme cambiar de opinión, puesto que he construido parte de mi identidad con mis declaraciones. Destruir aquello significa desmembrar en parte lo que soy. El ser humano raramente cae en este accionar.

No podemos eludir a nuestra identidad cuando somos sus creadores de la misma manera que no podemos ignorar la documentación de nuestras opiniones puesto que las manifestamos con la mayor certeza de que las misma tendrán una calidad perenne.

Este es uno de los bordes de la grieta invisible. Cuando decidimos emitir discurso hoy, lo hacemos online y tiene una duración eterna. Ya no tenemos la instancia que tenían mis amigos en 1997 o en 2003 de olvidar el exabrupto del pasado, el fragor del momento, la pasión o la incontinencia que los llevó a decir tal o cual cosa. No podemos ignorar el evento comunicacional estando frente al teclado, grabando en bits y bytes nuestra particular postura en la maraña de fibra óptica y sistemas de almacenamiento que permiten al mundo su estado de globalización actual.

Otro de los bordes de la grieta invisible está trazado por nuestra precaria educación para opinar. El ejercicio de la opinión es siempre libre. En mi óptica personal, debe ser válida independientemente de la animosidad que tenga o, llegado el caso, la carencia o exceso de material que sirva de evidencia para llevar adelante el ejercicio de la justificación dialéctica. Muy a pesar de esto, tengo dificultades para aceptar cómodamente las opiniones emitidas únicamente bajo el ala del exabrupto, sostenidas sólo en el derecho a la expresión, realizadas sin información ni interés por la calidad de la misma, comunicadas con palabras absolutas, sin ningún relativismo o mención al contexto. Me cuesta dar lugar a puntos de vista que se construyen a partir de una selección cuidadosa de datos, siempre escasos, una segmentación caprichosa de revisionismos históricos y un doble standard para medir el rigor a la hora de enunciar la conclusión. En mi sesgada estadística personal, el descrito es el perfil de la opinión promedio.

Nos transformamos en una sociedad que más que opiniones tiene estados de ánimo. Somos un colectivo que vive de la construcción del sentido mientras se ejercita el habla. Nos queda poco ímpetu para incorporar el mensaje ajeno y contestar. Vivimos en una cultura de monólogo (o de grito) que no casualmente, se encastra de manera exacta en la forma de comunicarnos digitalmente.

En una de esas opiniones que emito al éter digital (sobre espectáculos musicales), se me filtró la honestidad humana de comentar que algunas partes en uno de los personajes de “Carmen” estaban “plagadas de pasajes aburridos”. Una opinión como cualquiera de las restantes. Un juicio personal atribuible a gustos. Muy lejos de ser nada relevante tanto para el autor de la obra, ya muerto, como para los intérpretes, elogiados en el mismo renglón, como para el resto del público de ese día que podrá haber sentido cada uno como le saliera aquella noche. Sin mediar explicación y acompañado de insultos, de al menos tres formas diferentes se me informó en los comentarios (siempre disponibles) que “nada en Bizet es aburrido”. Lo que también conforma una opinión y nada más.

En una escala que de tan pequeña podría no verse salvo la bajo la lente de un microscopio, esta anécdota permite ejemplificar lo que pasa con el exabrupto. Muestra cómo nos enfrentamos en la arena filosófica de la forma más infantil, en la pelea por quien está en lo correcto y quién no.

Un juicio de valor no pone en tela la calidad de ninguna verdad fáctica. Su alcance termina allí mismo en donde concluye el discurso. Las opiniones son el material de las conversaciones. No constituyen nada durable, nada objetivo o tangible. Este es el gran valor de las opiniones previas a la compulsividad del social media. Las opiniones, en cuanto escritas en el aire, pueden modificarse y cambiar. Nos permiten crecer y madurar, sobre todo cuando son hijas del exabrupto, la improvisación o la falta de tiempo.

La última frontera de la grieta se dibuja en nuestra falta de madurez para reconocer el exabrupto, dejarlo atrás y aprender. Nos constituimos a partir de estos pequeños enunciados, en ocasiones de no más de ciento cuarenta caracteres, y pretendemos sostener esa construcción dándole un carácter trascendental que probablemente no tenga. Nos esforzamos y sacrificamos por el cultivo de un bien que poco sabemos cuanto vale.

Otorgamos, creo yo sin el más mínimo cuidado, el mismo valor a una opinión sobre el helado artesanal más rico de la ciudad que a la discusión acerca de cómo conseguir que en nuestro país la gente esté mejor, que haya menos desigualdad y la economía florezca.

El punto es que nadie nunca puede tener razón acerca de ninguno de esos temas porque la vara que tenemos para medir esos resultados está fabricada según otra opinión. No hay absolutos.

Lo ocurrido durante los últimos veinte días en Argentina no ha hecho otra cosa que llenarme el corazón de tristeza. En este caso los resultados de los procesos políticos no tienen nada que ver con mi estado emocional. Las cosas que me afectaron tienen que ver con actitudes humanas de personas que me rodean. Tienen que ver con opiniones brindadas a través de múltiples plataformas que comparten la cualidad documental descrita anteriormente.

Soy testigo de un accionar opinatorio que ha dictaminado la naturaleza de grupos demasiado grandes como para ser homogéneos. He leído sobre el futuro inmediato y el corto plazo con la certeza que podría brindarse únicamente a sol y su hábito de asomarse por el este todas las mañanas. Sin que medie justificación se ha condenado brutalmente a parte importante de la sociedad mientras que otra parte importante es a su vez, claro baluarte moral, social y justiciero.

Tonos disímiles pero siempre animosos. No importa. Lo que importa es que hemos decidido enfrentarnos no por cuestiones políticas sino por quien es el que tiene razón y quién es el que debe ir condenado eternamente al tercer círculo del infierno de Dante.

Bajo la capa de sabernos los que de verdad tenemos en cuenta al otro, los que de manera genuina queremos lo mejor para nuestra sociedad y el mundo, cargamos los cañones de la indignación y la ofensa. Convencidos de que somos nosotros los que salvaremos al de junto y de que los otros nos quieren muertos, disparamos.

Habemos los que defendemos la verdad, la justicia y la dignidad. Frente a nosotros estamos los paladines de lo verdadero, lo justo y lo digno. Entre nosotros, el inmaterial velo que nos separa: nuestra diferencia de opinión.

La grieta es invisible pero infranqueable, con bordes pero con un crecimiento descontrolado. Sobre todas las cosas, la grieta es plana, en dos dimensiones. Una fina lámina sin espesor que separa de manera brutal a la sociedad de manera de colocar de un lado a los que tienen razón, que son los que comparten mi juicio de valor, para dejar del otro lado a quienes (evidentemente) están equivocados.

Nada ofende más en esta sociedad que la declaración que se hace: “¡Estás equivocado!”

Mi preocupación es por nuestro futuro. Esta grieta que construimos todos los días se alimenta de lo que somos. Habrá un momento en el que el tiempo hará su dictamen y será una cuestión de historia y no de predicciones la opinión que tenemos. Mi incertidumbre vive en lo que sucede cuando no podamos reconciliarnos (entre nosotros, las personas que antes teníamos relación) por estar inmersos en una identidad que hemos construido de forma honesta, pero liviana; convencidos, pero sin fundamentos y sobre todo, irremediablemente ignorantes sobre si tenemos o no razón.

¿Quiénes decidiremos ser cuando la historia nos contraste con nuestro archivo? ¿Seremos lo suficientemente maduros como para dejar pasar nuestros errores y seguir adelante? ¿O alimentaremos al lobo de la inquina, la indignación y el desprecio por aquel que me ha mostrado esta imagen? Esto es importante. De esto se construyen nuestras relaciones. Así es como crecemos y formamos tribu.

Como nunca antes me invade la sensación de que en nuestro afán por tener razón estamos construyendo una sociedad radicalizada (tema para otra columna) y por tanto, con relaciones cada vez más difíciles de sostener, cada vez más individuales.

Está en cada uno enfrascarse en la seguridad sobre lo oscuro del corazón del prójimo, su ignorancia, su inocencia o su falta de datos fidedignos sobre la realidad (después de todo, si supiera lo que yo sé sin duda estaríamos alineados), yo preferiré siempre hacer el esfuerzo hasta encontrar algo diferente a esos apelativos.

Las posibilidades de otro dibujo para el mundo del futuro son infinitas. A pesar de ello para mí, los garabatos serán más lindos cuanto antes comencemos a incorporar nuestras opiniones como descriptivos mutables, nos demos espacio para aceptar una diferencia entre nuestro pronóstico y lo que opina la historia, pero sobre todo nos reconozcamos como seres humanos diferentes.

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