Mis pecados confesables con el móvil

Las mañanas de los sábados y los domingos suelo salir con mis dos hijos a eso de las 9:30 en dirección a casa de mis padres, lo hacemos andando porque estamos a menos de 500 metros de distancia, lo que vienen a ser tres manzanas…

Ahora ya voy sólo con un carrito estándar, hemos guardado el doble en el trastero porque cambiaron la puerta del portal y no había manera de salir con un carro tan ancho por la nueva.

En teoría el carro es para el pequeño ya que la niña de cuatro ya anda estupendamente, pero la realidad suele ser otra… a la bellísima no le da la gana querer andar y el burranquito se muere de ganas de hacerlo, asi que se terminan intercambiando los papeles.

Mi hija en carro y el peque andando

El caso es que entre pitos y flautas esas tres manzanas nos llevan más de media hora recorrerlas… y esa sólo es una parada en el camino, en casa de los abuelos llamamos al telefonillo para que baje mi padre y comenzamos la peregrinación al VIPs que está a un kilómetro de distancia.

Con un poco de suerte y ya con la ayuda del abuelo ese otro tramo nos llevará cerca de otros 45 minutos.

Para cuando conseguimos entrar en la cafetería, coger la trona, sentar al pequeño, acomodar a la niña y por fin sentarnos en la mesa ya llevo en la cuenta mínimo un paseo de una hora y media, buena parte del cual es más que probable que haya tenido que llevar un buen rato en brazos o a gigante a alguno de los dos cachorros... confesémoslo, estoy agotado asi que estoy deseando sacar el movil y ponerles los dibujos –eso si en inglés o francés– para poder descansar un poco: bendito Steve Jobs, bendito YouTube Kids y benditas Santa Peppa Pig y Ben & Holly’s Little Kingdom.

Desde el exteriorsobre todo si me observa alguien sin hijos– puede que parezca una calamidad de padre de “esos” que está deseando sentarse en la mesa para desconectar a sus hijos via smartphone. Y quién sabe, puede que lo sea… puede que en lugar de descansar esos diez minutos desde que nos sentamos hasta que nos sirven los desayunos –momento en el que les quito el movil– debería estar con mis hijos jugando al veo o veo, al adivina a adivinanza o enseñándoles las virtudes de la paciencia mientras que esperamos estoicamente a que nos pongan el plato en la mesa.

Pero no lo hago.

(…)

Entre semana suelo recoger a mi hijo en la guardería a eso de las 16:15 y emprendo los 1,75km que me separan del colegio de mi hija para poderla recoger a eso de las 16:50. En ir, con el niño en el tranquilo en el carro y a toda mecha suelo tardar unos 20 minutos… en volver, ya con los dos suele llevarme una hora y media: entre que caminamos, paramos en el parque a tomar la merienda, hacemos una visita fugaz a los columpios, caminamos otro poco… es uno de los motivos por el que el próximo año vamos a cambiar a la niña a un colegio que está mucho más cerca.

Con suerte para cuando aterrizo en casa mi mujer ya ha vuelto del trabajo y pilla el relevo para comenzar el ritual de baños, duchas, cenas y demás… Mientras yo aprovecho para trabajar otras dos horitas, que para algo me he montado una super oficina en casa que no pierdo opotunidad para enserñarla y presumir de ella…

mi oficina en casa

Si se da bien a eso de las ocho estoy ya liberado y podemos cenar todos juntos… muchas veces lo conseguimos, otras no.

Pero antes o después acabaré echándoles un ojo a mis hijos en el salón, tumbado en la cheslong mientras que la una canta sus canciones de Frozen, el otro baila con los Bubble Guppies, la madre prepara las mochilas del día siguiente y un servidor… mira el Twitter, el Flipboard o el WhatsApp en el smartphone… quién sabe, incluso puede que si mi hija me deja y mi mujer no me tuerce el morro aproveche para tener una conversación por el móvil con algún amigo.

De nuevo, alguien desde el exterior puede que piense que hago mal… a veces es mi propia mujer –cuando deja de hacer los millones de cosas que tiene pendientes para el día siguiente– y se sienta cinco minutos (no más) en el sillón antes de irse con el peque a la cama me dice que deje el móvil y que me dedique a mirar a mis hijos.

Y no le falta razón.

Nuestros hijos son preciosos y crecen tan rápido, el otro día veía fotos de mi hija de hace dos años y se me saltaban las lágrimas… a pesar de haberle dedicado toneladas de tiempo, echo de menos a esa niña pequeñita con ese abrigo color pitufo que ya no está… me encantaría que se abriera una puerta y apareciera de repente con su andar torpón para abrazarla de nuevo y darle un millón de besos. Y soy consciente de que dentro de otros dos años echaré de menos a mi hija de cuatro que hoy está viendo Calliou en el salón conmigo, mientras yo escribo esta entrada en el portatil o echo un vistazo al móvil… y desearé haberla mirado mucho más, pero que mucho, mucho más de lo que ya la miro.

Pero son cerca de las diez de la noche, estoy cansado y la única manera de abstraerme de las voces chillonas del Netflix Kids es mirar el móvil… si comprara el periódico o alguna revista ahora las estaría hojeando, si la tele fuera de nuevo nuestra como lo era antes de que llegaran nuestros hijos ahora la estaría viendo, si leyera todos los libros que debería leer... ahora los estaría leyendo.

Aun así, seguro que dentro de dos años maldeciré no haber mirado más a mis dos hijos, no haberme empapado más aun de lo que son hoy… porque dentro de dos años ellos ya no estarán, en su lugar habrá otras dos personitas igual de maravillosas pero totalmente diferentes.

Yo les echaré de menos y ellos ya no estarán, nunca más… y de eso concretamente de eso, no tienen la culpa los móviles.