Somos todo eso

Anteanoche no soñó pero, después de no soñar por horas, anoche soñó que soñaban soñar juntos.

Soñában, frente a frente, no hacer lo mismo en ese mismo lugar donde se sueña.

Soñaban que el tiempo fuese el mismo sin serlo. ¿Serían los mismos pero mejores? No. ¿Cuántos habrían pasado después? No sueños, no pesadillas, sí entes palpables, sí gentes con sus propios sueños en consenso y en disenso. Quizás pocos.

La persistencia de la memoria daliniana, suavemente torcida y derretida, no fue en un desierto amarronado. ¿Cierto que no? ¿Dónde estuvieron? No lo saben del otro. Y en esa benéfica incertidumbre, ¿uno estuvo más afecto?, así como aquellos hermanos que sin dejar de serlos, uno estima, perdona, siente y presiente más al otro. Quién sabe.

Esa persistencia en miedos y terrores se torció ineludiblemente en sus memorias. Pero, ¡ay si no los hubiese!, sin ese buen retorcido paso del tiempo, la senda del andar confuso para uno y del convencido de su correcto destino para el otro, no serían finalmente ahora una convicción compartida de lo último, ya sea en el caos o en la tranquilidad del camino.

Sin ese inicio divergente, la existencia, casi siempre mediana, no habría sido, ni lo sería ahora, una obra que dance cerca, de lo que por extraordinario, podría ser esa suave o torpe pincelada que se transforma en arte. Lo distinto y lo mismo que soñaron cuando soñaron juntos en el primer acto, se coloreó un poco para este segundo. Qué afortunados.

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