Alberto y Alonso II

Cuentos de Ciudad

Sólo atinó a abrazarlo y no dar explicaciones de lo que dijo que fue una broma de mal gusto.

Entraron a la casa y se encerraron en el dormitorio a fumar unos pitos y a manosearse.

Alonso, que ya había perdido gran parte de la calentura por él, le pidió de rodillas y con cara de puta fingida frente a su falo erecto que le golpeara el rostro.

-Pégame una cachetada. -rogó Alonso.

-¡Para! -respondió Alberto con cierto temor y evidente desconcierto.

-¡Pégame fuerte! ¡Pégame! -volvió a suplicar, a la vez que alternaba el roce con sus dientes el pene de Alberto.

-¿Quieres que te pegue? ¿Ah? -susurró Alberto con tono malicioso de alguien que ya había caído en el juego.

Alonso comenzó a recibir varios golpes en su cara, a la vez que Alberto había encontrado la fórmula para descargar su odio o rabia acumulada.

-Ahora quiero que me amarres. -le pidió.

-¿Qué te pasa? -replicó Alberto, el que ya no sabía qué hacer.

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