Rata mal parida

Cuentos encogidos

II.

Hace unos días iba en el metro escuchando Dylan y llegando a la estación El Golf vi en el vagón a Bárbara. Definitivamente no era ella, pero era igual. Su estatura, su cabello, sus hombros exquisitos, su perfecta cintura, sus piernas largas y la forma de estar de pie esperando.

Me acordé de la primera vez que dormimos juntos. Fue en un bosque cerca de Bariloche durante un mochileo de verano. Meses después me confesó que se emocionó cuando frente a una fogata con mi armónica interpreté «The House of the Rising Sun». Nada más cursi. Después fuimos a pasear a la orilla de un lago. Sentados en la playa nos fumamos un porro del demonio que nos dejó flipando. Le inventé unas constelaciones en el cielo y nos reímos porque se dio cuenta que la estaba cuenteando. Después nos bañamos sin ropa y flotamos mirando las estrellas. Esa noche compartimos el saco de dormir. Tanto cliché que funcionó.

Bárbara era, es aún tal vez, una mina compleja. Se mueve como una modelo hueca y estúpida, pero no es nada de eso. En todo es más que yo, todo lo hace mejor que yo. En la universidad era alumna destacada, fue ayudante y después la profesora más joven de su facultad. Todos sus amigos eran tipos más interesantes y atractivos que yo.

El pasado fin de semana le pregunté a mi mejor amigo, Francisco, si me encontraba interesante.

-Sí. Lo eres.

-Culiao.

-¿Por qué? –respondió con su risita de siempre.

-¿Sólo eso? ¿Algo más?

-Mmmm. Eres guapo. Todos te encuentran guapo.

-¿Quiénes todos? ¿Tus amigos fletos?

-¡Jajaja! Sí.

-Maricón.


I was running at the speed of life

Through morning’s thoughts and fantasies

Then I saw your eyes

at the cross fades

Secret secrets never seen

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