Recomiendo que me lea esto:

Yves

Un cuento para niños.
Parte 3

Pasados veinte minutos y cuando Isnard terminó su historia, Yves no sólo estaba sorprendido, sino que absolutamente desconcertado. Su rostro se había petrificado de golpe, incluso sus ojos habían quedado abiertos y sus pupilas dilatadas.

-Yves, ¡ya es hora! –exclamó el hombre pájaro- ¡nos queda poco tiempo!

-¿Qué? –respondió el fauno aturdido.

-¡Hay que irse Yves! –insistió él.

-Pero, ¿adónde? –replicó con ahogo.

-Yves, por favor, sólo nos quedan nueve minutos y quince segundos –dijo Isnard con evidente nerviosismo mirando cómo las manillas de su brillante reloj de bolsillo avanzaban sin pausa.

El fauno se quedó absorto y aferrado a sus pocos y vagos recuerdos de su infancia. Pero no pudo encontrar nada más que algunas borrosas imágenes del pasado, muchas de ellas tal vez inventadas por su inconsciente infantil o por lo que los pueblerinos de buena voluntad le contaron desde que era niño. Pero nada, no halló ni la más ínfima imagen de lo que buscaba: sus padres.

A pesar de la urgencia, su mirada se quedó aferrada en la madera de la mesa, perdiéndose en el delicado bordado del mantel que había sobre ella. Todas las palabras del pequeño hombre pájaro se esfumaban en el intento de apaciguar su confusión. Yves no estaba ahí y en ninguna parte.

Isnard, impaciente, intentó despabilar al dislocado muchacho. Pero nada, Yves no despertaba del trance.

-Mi querido fauno –dijo rogándole- nos quedan sólo ocho minutos y veinticinco segundos.

El fauno se levantó de su silla y antes de dar un par de pasos, resbaló hasta casi caer al suelo.

-Y, ¿qué llevo? –preguntó con tierna conmoción.

Mientras la urgente conversación se llevaba a cabo, los tres compañeros de Yves, que al comienzo estaban indiferentes, lentamente comenzaron a escucharlos. Se miraron entre ellos con incredulidad y después con evidente confusión. La gata, que siempre estuvo en el mueble mirando la lluvia por la ventana, cuando escuchó eso de los minutos y los segundos, quedó perpleja. No pudo si no saltar al lado de su amigo Comenius que también escuchaba con detención desde su esponjoso cojín de felpa verde al lado de Cionella.

-¡Por favor mi pequeño! –exclamó Isnard viendo nuevamente su reloj- Fischart está por llegar. ¡Nos quedan menos de siete minutos y cincuenta y siete segundos!

Yves estaba internamente agitado. Nunca antes algo lo había sacado de su rutina normal y ahora tenía que irse con un extraño a quién sabe adónde.

Según lo poco que entendió, debía abordar un minúsculo bote que pasaría por el ancho y negro río Hepilef que daba a la ventana de su habitación.

Pero lo que más atormentaba a Yves, que no dudaría en saltar a lo desconocido, eran sus compañeros. La sola idea de abandonarlos era para él insoportable, por mucho que su travesía significara encontrar a sus padres según lo poco que entendió.

Debía abandonar no sólo a su amada Karinia, sino que también a sus queridos Comenius, Vaitzia, Cionella, Orezza y Foix. Eran su entrañable familia. Los amaba más que asimismo y más que a sus pálidos recuerdos. Cada vez que la tristeza en secreto lo invadía, cada uno de ellos, aunque fuera con el más mínimo gesto o sonido, lo sentía como un bálsamo suave y cálido cariño.

-Yves, ¡seis minutos y dos segundos! –gritó Isnard- ¡No hay tiempo! ¡Recoge lo que puedas por el amor de Mabillón!

Isnard miró a aquellos animales que observaban con aflicción aquella escena tan repentina. Pero no había opciones, ellos se quedarían sin su apreciado Yves.

El fauno miró por una ventana. A lo lejos, una pequeña lucecita se acercaba por el Hepilef en medio de una intensa bruma. Yves despertó del trance completamente mareado, ya era demasiado tarde para ir al embarcadero y tan sólo quedaba la opción de lanzarse por la ventana que daba al río.

-¿Dónde están Orezza y Foix? –preguntó Yves a Vaitzia.

Debía despedirse de ellos también. El pato y la cerdita no advertían lo que estaba pasando al interior de la cabaña. Foix disfrutaba el barro en el jardín y Orezza, siempre silenciosa, no se sabía dónde estaba. Los ojos y el semblante de Yves se humedecieron y decayeron como nunca.

El hombre pájaro ya había entrado a la habitación de Yves y abierto la ventana para ver cuánto quedaba para que Fischart pasara por afuera.

-¡Dos minutos Yves y todas las esperanzas desaparecerán! –exclamó Isnard.

Vaitzia había encontrado a Orezza durmiendo en una mecedora y la había traído a punta de arañazos hasta Yves. Comenius avisó con un ladrido a Foix que entró con rapidez y casi volando. Ya estaban todos en una fila.

-Amigos y amados míos. Ustedes son todo lo que tengo y he tenido. No sería capaz de abandonarlos. Y no lo haré –dijo Yves, que por primera vez lloraba disimuladamente frente a ellos.

El hombre pájaro se estremeció al escuchar al muchacho. Todo estaba perdido, pero al menos el cariño incondicional del fauno por sus amigos lo consoló. Nunca había visto semejante acto de amor. Isnard, aunque frustrado, estaba orgulloso de aquel fauno que aprendió a madurar sobre la base del abandono y dolor.

Los amigos de Yves hicieron un círculo entorno al fauno y lo obligaron a avanzar hacia la ventana de su dormitorio. Lo empujaron dando círculos a su alrededor mientras lloraba tapándose los ojos con sus brazos. Llegaron con él hasta la ventana de su habitación. Yves despejó su vista y al frente estaba el majestuoso Hepilef. Cerca, a menos de cien metros, ya era posible vislumbrar aquel pequeñito bote que llevaba prendida una lámpara de gas a bordo.

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