Bajo el camuflaje

Fernanda Villava
Jul 20, 2017 · 3 min read
Imágenes: Michelle Grewe / Arctic Warrior

El ejército suele ser percibido como un mazo. Una fuerza bruta que aplasta voluntades, que no escucha razones y no contradice órdenes.

Pero si se le ve de cerca, si se hace un zoom in, se da uno cuenta que ese mazo está hecho de montones de soldados, como de juguete, todos verdes, todos uniformados, pero no todos iguales.

Cada uniforme tiene rasgos particulares, sonrisas distintas, una cabeza con ideas propias. Hasta se da uno cuenta que cada una de esas cabezas tiene oídos, si escucha. También tienen boca, pueden reclamar.

Ha habido tres ocasiones en las que he podido separar a una célula de ese ente completo y verlo como persona individual, humanizarlo.

La primera fue en Puerto Vallarta, cuando apoyé al equipo de Relaciones Públicas en la CONAGO (Conferencia Nacional de Gobernadores). Al reunirse todos los Gobernadores y el Presidente de la República, el lugar estaba resguardado por el Estado Mayor Presidencial.

Cuando llegaron al hotel, me encontraba en el lobby. Ellos, vestidos de civiles, con un pequeño pin dorado en la solapa, fueron pasando sin pena ni gloria bajo el detector de metales, uno tras otro, haciéndolo resonar como loco. El lobby fue llenándose de gente y yo sentía que me iba haciendo más chiquita con cada timbre del detector. Sólo deseaba que a nadie se le fuera un tiro. Me dio miedo.

Más tarde, salimos a repartir los regalos que el Gobernador de Jalisco daba a todos los asistentes, los dejábamos en sus habitaciones para que los vieran al llegar. Me tocó llevar los regalos del Presidente y la Primera Dama. Una puerta antes de la Suite Presidencial dormían los más altos rangos del Estado Mayor. Toqué a la puerta sutilmente. Salieron dos hombres en un instante y de fondo pude ver a un batallón disperso en un montón de literas. Expliqué mi misión. El soldado (seguramente era general, coronel, capitán, qué se yo, otro rango, pero no lo recuerdo), sacó una maquinita extraña y comenzó a limpiar la escultura de Rodo Padilla con una bandita de papel. Según me explicó, estaba probando que no tuviera ningún tipo de explosivo. Se mostró muy amable respondiendo todas mis dudas –que siendo fan de CSI y curiosa por naturaleza, eran varias–. Me explicó como dos días antes de que llegue el Presidente, escanean los muros de la habitación y que era una excepción que yo pudiera entrar después de eso. Al parecer hacen una especie de rayos X de todo. Me dijo que si la máquina no aprobaba todos los regalos, tendrían que traer a uno o dos perros de la Unidad Canina a verificarlos. Finalmente pude pasar y acomodar coquetamente todos los objetos sobre la mesa de centro de la sala y salir sin ser arrestada por terrorista, sintiendo una profunda admiración por aquel hombre y toda la operación de seguridad.

Años más tarde, en un semáforo, se paró una camioneta pick up camuflada con varios soldados que habían ido al supermercado. En la caja de la camioneta habían varias bolsas y pude ver claramente una gran caja de Choco Krispis y pensé: “Los soldados también comen Choco Krispis”. Imaginé al niño de 4 años comiendo cereal frente a la tele viendo caricaturas, que aparece cuando cae el uniforme por la noche en su barricada. Me hizo sonreír.

Otro día fue en el OXXO, yo estaba en la fila y delante había un soldado con lentes. Noté que no era tan serio. Otro, desde fuera, le preguntó si traía dinero, a lo que el primero enseñó un billete de $20 entre sus dedos. Acto seguido, puso una recarga. “Hmm…” me dije: “Los soldados también tienen épocas de vacas flacas y usan los últimos $20 pesos de la quincena para llamar a casa, platicar con su mujer o sus hijos o su mamá, vaya que podría ser hasta su novio.”

Si, los soldados también vienen equipados, entre tantas armas y camuflaje, con un corazón acorazado entre costillas. De fábrica, venimos iguales.

Dedicado a Ro, el soldado de la Familia.

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Fernanda Villava

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Book devourer, foodie & life rookie.

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