Historias sobre la vida de una muerta

A veces nos encontramos en medio de una lectura con la sensación de que estamos algo perdidos. Nos preguntamos si estaremos comprendiendo el argumento, si habremos perdido algún detalle importante, si nos acordaremos bien de todos los personajes. Cuando leí por primera vez Para una tumba sin nombre*, de Juan Carlos Onetti (1909–1994), tuve muchas veces este tipo de inquietudes. Los libros que nos desafían a descubrir nuevos modos de leer son los más apasionantes y esta ficción me pedía a gritos una atenta relectura y un análisis detallado.

Revisitar las hojas de Para una tumba sin nombre me generó varios cuestionamientos. ¿Cómo identificamos a los personajes de la nouvelle? ¿Acaso por su edad? ¿Su fecha o lugar de nacimiento? ¿Por su profesión? ¿O por su nombre? En primera instancia, es posible responder que, según el personaje del que se trate, tendremos una mayor o menor cantidad de información. Pero algo es seguro: aquello que todos los personajes poseen es una historia para contar.

Historias de vida, experiencias pasadas, anécdotas propias o ajenas que relatan en una charla de café o que escriben, para sí mismos o para otros. Hay una recurrencia sobre el tema de los sucesos que se describen. El hecho de que en la nouvelle cada uno de los personajes sea un cuenta-cuentos articula una importancia alrededor del tema de la ficcionalidad y la narración de historias.

Cada personaje dispone de alguna experiencia para reponer, ya sea extensa o breve, detallada o imprecisa. El médico sintetiza su encuentro con Caseros, el habilitado de Miramonte, diciendo “me habló del hígado de su suegra. Exageraba, mentía un poco, andaba buscando alarmas” (Onetti: 12). En este caso se trata de algo escueto, pero con esta breve referencia a la narración que Caseros hizo sobre su situación, conocemos algo sobre su vida: está casado, su suegra está viva pero enferma, ella tiene un problema en su hígado y él no suele ser del todo confiable a la hora contar algo. De la misma manera, Jorge hace una breve historia sobre su familia, sus padres y su difunto hermano Federico, su casamiento con Julita, la posterior locura que caracterizó a la viuda y las salidas nocturnas de su hermano Marcos.

Con esta reflexión, la primera conclusión es que en el entramado de Para una tumba sin nombre hay una jerarquía otorgada a las historias o anécdotas propias o ajenas de las que cada uno dispone para contar. Esto, por cierto, lleva a que nos cuestionemos sobre el verdadero rol de estos relatos en la nouvelle, su funcionamiento y los mecanismos que ellos desencadenan, sus protagonistas, los autores, los narradores y oyentes o lectores, etc.

Ahora bien, para avanzar sobre la lectura, profundicemos el análisis sobre Rita –personaje central a lo largo de todo el texto. En líneas generales, es factible decir que aquello de lo que trata en su mayoría la nouvelle, al menos temáticamente, es de Rita y de la reconstrucción de su identidad. El objetivo primordial es poder responder a la pregunta de quién es la muerta que ha enterrado Jorge Malabia. Todos los encuentros del médico con Jorge y con Tito tienen el propósito de reponer y precisar la historia de vida de la mujer; así como también impulsan al doctor a escribirla. Se busca aclarar interrogantes como quién fue Rita, por qué llevaba un chivo, a qué se dedicaba, etc. En otras palabras, definir, exponer, relatar la vida que ha llevado para poder caracterizar a la muerta que yace en esa tumba sin nombre.

¿Mi hipótesis? La identidad de Rita está conformada por las historias que le corresponden. Pero esta afirmación, que parece no sumar demasiado a la lectura de la nouvelle, pretende ir un poco más allá. Me refiero a que identificamos a la muerta solamente por sus historias, experiencias, cuentos de vida. De esta manera se eliminan de lo que podríamos llamar el campo semántico de la identidad otros datos como el nombre, el apellido, la edad o la descripción física de la difunta. Más aún, la información pertinente para la reconstrucción de quién fue la tal Rita no solo falta, sino que la ausencia de dichos datos permanece presente en la nouvelle a la manera de interrogante, contradicción, equívoco o ambigüedad.

Comencemos por el título de la nouvelle. Hay dos cuestiones en referencia al tema de la falta. En principio, se presenta una tumba sin nombre, una tumba que no está identificada; por lo cual, desde el mero inicio de la lectura hay un dato escamoteado. Además de esto, la construcción sintáctica que compone al título es algo problemática. El sintagma “para una tumba sin nombre” es un complemento preposicional, un circunstancial de fin al cual le está faltando un núcleo principal. Es decir, se indica una especie de finalidad u objetivo –la tumba sin nombre– que quedan truncos por carecer de un núcleo al cual debería estar modificando. Así, no se logra entender cuál sería concretamente el propósito de ese ataúd. Se busca “algo” para la tumba desconocida. Es por ello que se admiten preguntas como “¿qué para una tumba sin nombre?” Con posibles respuestas como “una mujer para una tumba sin nombre”, “una identidad para un tumba sin nombre”, etc.

En cuanto a los datos básicos que hacen referencia a la muerta, veamos qué sucede al buscar, por ejemplo, su apellido. Hay un momento en la nouvelle que podemos denominar la “escena inicial”: se trata del encuentro del médico con Caseros y es allí donde se adquiere una primera aproximación sobre Rita. Es en este acontecimiento cuando el médico comienza a enterarse de la existencia de esta mujer y decide asistir al entierro para poder tomar conocimiento de la historia de la muerta. Sin embargo, el mismo Caseros siembra la duda cuando, a pesar de haber leído el acta de defunción, afirma que su apellido era “García creo, o González” (15). En efecto, al terminar la nouvelle nunca se dice cuál era el verdadero apellido de la mujer.

Con el avance del relato se llega a dudar sobre el nombre de la difunta. Desde el principio se habló de una tal Rita, así lo dijo Caseros y también Malabia durante todo el primer encuentro con el médico. Pero posteriormente, en su segunda reunión, Jorge llega a decir que “la mujer muerta que descansa en paz en el cementerio de Santa María no se llamaba Rita” (88). Esta es una falla significativa. No solo Jorge dice haber pasado una importante parte de su vida con ella sino que es también la única persona que se hace cargo del entierro. Es llamativo que se contradiga a sí mismo, que vuelva sobre sus palabras con un tono de corrección sobre lo dicho. Sin embargo, esta contradicción es solo la primera de otras muchísimas que presentan los relatos que arman al texto.

Otra de las inconsistencias que encontramos es la referida a la edad. Siempre que se habla de la edad de la mujer difunta, se la compara con la edad de Jorge. En toda ocasión, la información remite a cuántos años le llevaba ella a él. Por ejemplo, Caseros en aquella escena inicial afirma que “por la edad podría ser casi la madre, le lleva como quince años” (15). No obstante, tiene lugar también el encuentro en donde Jorge relata brevemente al médico la historia de su familia. “La habían criado mis padres y me llevaba dos o tres años” (42) es lo que él sostiene. La tumba sin nombre tampoco tiene fechas, así que permanece la incógnita tanto sobre la edad de defunción de la mujer como también sobre su edad en relación con Malabia.

Sería acorde incluso preguntarnos cómo era físicamente la mujer. Y en la lectura de Para una tumba sin nombre descubrimos que no hay ninguna descripción corporal clara sobre ella. Lo mínimo que se dice es que era “morena, con un poco de sangre india” (43), datos de lo más ambiguos. Esto es lo máximo que se conoce sobre la fallecida. El médico parece hacer un guiño al lector cuando enfatiza esta falta cuando, en el primer encuentro con Jorge, menciona a “Rita, no me acuerdo de su cara, y un chivo” (51).

Y, sin embargo, sí se repone mucha información sobre el aspecto físico del chivo, por ejemplo. Efectivamente, en repetidas ocasiones el relato vuelve sobre la apariencia del “chivo viejo” (16) con “largos pelos sedosos, revestidos a su vez por esa blancura increíble […]. Las patas de puro hueso, casi filosas, las pezuñas retintas, charoladas. […] cálidos, relampagueando cortantemente con una imprevisible frecuencia, no lujuriosos ni burlones ni sabios, los ojos amarillos” (Onetti: 56), “rengo y con baba en la barba, con una pata entablillada” (21). Hasta se provee una descripción del chivo de la mano de Malabia cuando lo entierra: muerto se veía como “un cabrón viejo y hediondo –aunque fue recién entonces, muerto, que dejó de oler–, con patas rígidas de madera saliendo paralelas de los lacios pelos amarillos de la vejez” (31).

En muchas oportunidades se nos habla de la vestimenta que utiliza Jorge, se habla de la obesidad de Tito y de su parecido con el padre. Asimismo, personajes que aparecen de manera transitoria en la nouvelle reciben una descripción. Podemos tomar el ejemplo de “Godoy, el comisionista. Podíamos verlo, gordo, bigotudo, viejo […] la voz sofocada de Godoy […] él, Godoy, gordo, imbécil, de cuarenta años o más” (35 y 36).

Siguiendo con la investigación de la identidad de la muerta sería adecuado poder reconstruir la relación que tuvo no solo con la persona que se ocupó de su entierro –es decir, Jorge– sino también con la familia Malabia. Tal como tiene acostumbrado al lector, el texto plantea contradicciones también en esta zona. En aquel momento en que Jorge cuenta al médico algunos sucesos de su familia, él afirma que sus padres habían criado a Rita y también que luego de la muerte de Federico “sin dejar de ser del todo la mucama y todo lo demás de Julita, volvió a ser hasta cierto punto la sirvienta de nosotros: de mis padres y mía, de mi casa” (42 y 43).

No obstante, si el lector se remite una vez más a la escena inicial con Caseros, ante la inesperada aparición de Malabia en la funeraria y presentándose en la forma en que lo hizo –pidiendo el entierro más barato y rápido– el habilitado de Miramonte piensa en quién podrá ser la difunta. “Si fuera una amiga de la familia, una conocida, una sirvienta, hubiera venido el padre; o él mismo, pero no a regatear” (15). De esta manera, la contradicción queda irresuelta. No es posible verificar que la muerta haya sido la sirvienta de la casa de los Malabia, porque Caseros usa exactamente la misma palabra, habla de la misma ocupación de “sirvienta” para sostener que, si de eso se tratara, el entierro no hubiese sido del modo en que resultó. Y de la misma manera, tampoco podemos establecer que sea cierto el detalle no menor de que los padres de Jorge hayan criado a la difunta. Caseros habla de que si tan solo se tratara de una conocida de la familia el entierro hubiese sido efectuado con mayor dedicación, y es indiscutible que en el caso de haberla criado habrían organizado otro tipo de ceremonia para enterrarla.

Con todo lo expuesto, a la hora de reconstruir la identidad de la muerta percibimos la dificultad con la que nos topamos. No hay certeza sobre su nombre, apellido, edad, aspecto físico, relación con los Malabia. Resulta interesante, entonces, ver –volviendo a la importancia que tienen las historias en la nouvelle– que lo único que quedaría en pie para identificar a la muerta son sus experiencias vitales. Serían aquellas las que nos permitirían identificar a la difunta y reconstruir su identidad. Sin embargo, al querer reponer quién ha sido la muerta a partir de su historia de vida volvemos a encontrar contradicciones y equívocos. Siempre aparecen distintas versiones sobre lo que sería la única y verdadera historia de la difunta.

Anteriormente señalé el momento en el que Jorge vuelve sobre sus palabras y afirma que la muerta que enterraron no se llamaba Rita. Su afirmación posterior es que se trataba de su prima, por lo cual la historia de la difunta pasaría a ser otra totalmente diferente, ya que las anécdotas que se venían relatando hasta el momento corresponderían a esa Rita, que no estaría muerta. No obstante esto, Tito Perotti en su encuentro con el médico desmiente por completo esta versión. A la pregunta del médico sobre si la muerta que han enterrado era o no Rita, Tito responde “¿Si era Rita? Claro que era Rita” (105). En el avance de la lectura, lejos de adquirir certezas, información consistente o precisa, el lector se encuentra cada vez más inmerso en una completa ambigüedad. No se obtienen respuestas y las preguntas se multiplican sin cesar.

Los mismos personajes hablan explícitamente sobre el problema del choque de las versiones de la historia que cuenta cada uno. Todos defienden la versión propia y descalifican las ajenas. Lo vemos, por ejemplo, en una de las declaraciones de Tito al médico. “Conozco la historia. No pensaba que la conociera usted. Jorge la debe haber contado y vaya a saber cómo” (105), en donde percibimos la ironía de Tito, desautorizando la palabra de Jorge sobre el tema.

El problema de la contradicción de las distintas variantes de la historia se hace presente también en un tema muy básico y elemental: cómo murió la mujer. Mientras Caseros lee en el certificado de defunción que la muerta ha fallecido por “un infarto, […] los pulmones rotos” (15), Tito habla de una tuberculosis. “Ya estaba tuberculosa cuando la descubrí yo en la estación. Y no se cuidaba, prefería que comiera el chivo” (105 y 106) y algo después agrega “la mujer se moría de tos y de hambre” (109).

Ahora sí estamos en condiciones de llegar a una conclusión definitiva. Habiéndonos abocado a la reconstrucción de la identidad de la muerta, hemos indagado y buscado datos básicos de ella como su nombre, apellido, edad, aspecto físico y hemos descubierto que no podemos asegurar ninguno de estos detalles acerca de la difunta. Luego, con propósito de reponer la historia de vida que caracterizaría, hemos encontrado que en las experiencias que nos son relatadas, hay más inconsistencias y contradicciones. Finalmente, no queda más que concluir en que la muerta funciona como un vacío. Un vacío que los lectores podemos llenar con alguna identidad, algún nombre, apellido, anécdota de vida; de la misma manera en que lo hacen los personajes de la obra. De hecho, ya hemos visto que la nouvelle se maneja recurrentemente con el tópico de la falta, y esto nos permite conjeturar la posibilidad de un vacío completo.

Incluso el médico nos dice esto hacia el final del relato. “Y, más o menos, esto era todo lo que yo tenía después de las vacaciones. Es decir, nada; una confusión sin esperanza, un relato sin final posible, de sentidos dudosos, desmentido por los mismos elementos de que yo disponía para formarlo” (120).

La anterior cita está en estrecha relación con una extraña aclaración que hace Jorge al médico, después de haber, supuestamente, corregido su versión anterior. “Tenía el remordimiento de haberle hecho creer en una historia perfecta, haberle permitido creer que la historia que empecé a contarle en aquellas vacaciones obtuvo su final perfecto. Eso nunca sucede; si se pone a pensar, verá que todo falla por eso y solo por eso.” (93) La muerta puede ser diferente para cada una de las personas que se dediquen a relatar su historia, y todos tienen el mismo nivel de influencia o prestigio para narrarla ya que la protagonista no está viva para desmentir y remendar a quien estuviera en lo incorrecto.

De la misma forma, tenemos a Jorge que en determinado momento intenta explicar por qué habían surgido diferentes variantes del relato entre Tito y él. “Toda la historia de Constitución, el chivo, Rita, el encuentro con el comisionista Godoy, mi oferta de casamiento, la prima Higinia, todo es mentira. Tito y yo inventamos el cuento por la simple curiosidad de saber qué era posible construir con lo poco que teníamos […]” (117).

Resulta muy llamativo que al principio del relato haya una especie de guiño hacia esta cuestión del vacío. En el cementerio, cuando el médico se ofrece a ayudar a Malabia a llevar el ataúd hasta donde será enterrado, hace una enigmática sugerencia. “Era, casi, como llevar una caja vacía” (23). Con el avance de la lectura, esa afirmación se hace cada vez más literal. Y es que ese “casi” se refiere a que –al menos metafóricamente– ese cajón está ciertamente vacío. Por otra parte, la sugerencia de que no habría ningún ser humano dentro de ese receptáculo está en la elección por el sustantivo “caja”, que nunca se utilizaría para referirse al recipiente en el que se deposita a un cadáver para ser enterrado. Ese “ataúd de peso absurdo” (27) sin nombres ni fechas, sin identificación se encuentra disponible para que todo cuenta-cuentos desarrolle una narración que pueda representarlo. Por esto el médico sostiene que la historia “podría ser contada de manera distinta otras mil veces” (118).

Después de todo, lo habíamos leído y se nos había anunciado desde el mismísimo principio, desde el título de la ficción. El relato no es sobre una muerta que no tiene nombre o que no está identificada sino, lisa y llanamente, sobre una tumba vacía: la obra se trata de relatar historias para una tumba sin nombre.

*Onetti, Juan Carlos (2008 [1959]). Para una tumba sin nombre. Buenos Aires: Punto de lectura. (Todas las citas refieren esta edición).