La maravillosa muerte de la responsabilidad.
Tardó una semana en decidirse. Llamó al organizador de la semana del jazz de su ciudad y le ofreció fotografiar el evento. Siete días, siete lugares distintos. Preparó la cámara que decidió utilizar, la calibró sabiendo que la luz que allí encontraría sería oscura y partió. La primera noche era breve. Solamente un músico con su banda participarían. El lugar elegido fue un mítico cabaret amueblado para el evento al cual le cambiaron sus famosas cortinas y bambalinas rojas por unas azul oscuro. Luces tenues reemplazaron a los espejos que había detrás del escenario. Las sillas tapizadas fueron escondidas y en su lugar, colocaron sillas negras que se mezclarían con el humo y la oscuridad que habitarían esa noche.
El músico era un eximio trompetista que parecía tener más de dos pulmones o al menos, parecían bien cuidados, pero para su sorpresa, lo encontró disfrutando un habano que le fue obsequiado por un asistente en la puerta del cabaret. Estaba acompañado por un pianista que portaba cara de estar harto de improvisar todas las noches, un contrabajista que anhelaba volver a tocar con un arco y un joven baterista heroinómano que poseía un kit mínimo: dos tambores, un bombo y dos platillos. El trompetista demandaba que cumplieran con su trabajo, ser los mejores de la semana, dejar la vara demasiado alta para el resto.
Juan, el fotógrafo, recorrió el primer piso y el palco ubicado en el segundo piso. Eligió repartirse el show entre ambos pisos para cubrir desde distintos puntos a los distintos músicos. Mientras faltaban minutos para que abrieran las puertas, el trompetista interactuaba con el organizador y le agradecía el ofrecimiento. Las dos mujeres encargadas de todos los detalles de la semana hablaban con Juan y el pianista, acerca de sueños rotos, sobre todo los del pianista. En un instante de pausa para tomar aire, Berénice, una de las organizadoras, comentó que siempre había querido modelar pero que su escoliosis juvenil se lo impidió, nunca pudo tener la pose que una espalda sana y fuerte brinda. Juan le dijo que no todo estaba perdido porque podía hacerlo, aunque sea una única vez. Le comentó que conocía gente del mundo de la moda ya que una vez al mes solía fotografiar modelos y esta semana tenía que hacerlo nuevamente. Intercambiaron números de teléfono para que ella pudiera ver cómo era.
Las puertas se abrieron, las sillas se llenaron de gente, las paredes comenzaron a llenarse de humo de cigarrillo: el ambiente era similar al de un club de jazz en 1950. El público estaba expectante ante el inminente comienzo de la música. Llegó la hora indicada y la banda salió a escena, los músicos se dirigieron a sus instrumentos pero lo único que se oyó fue una batería desplomarse mientras el baterista sufría un ataque de epilepsia sufrida por una alta dosis de heroína. Llamaron al servicio de emergencias que se encontraba en la calle ante cualquier eventualidad pero no obtuvieron el resultado esperado (y esperable) porque en el momento que subieron al escenario — cuestión de segundos — él ya estaba tieso y muerto. Claramente no fue la forma en la que planeaban comenzar la semana.
Juan pensó en invitar a Berénice a observar el día de fotografía a las modelos. Desconocía si ella se sentiría cómoda compartiendo la habitación con mujeres vestidas con lencería de primer nivel donde se apreciaría los destellos de luz impactando contra la desnudez de ellas. Él no se sentía cómodo pero lograba distraerse con facilidad, abstraerse del lugar y sólo se concentraba en su trabajo. Una vez intentó entablar una conversación subida de tono con una de las modelos que le seguía el juego cuando su espalda fue tocada por alguien que, sin dudarlo, le pegó una trompada por el atrevimiento. No volvió a cometer algún error de tal magnitud.
En horas de la mañana, la llamó para decirle que la próxima tarde se tomarían las fotos en un edificio reconstruido y en una gran habitación que se asemejaba a un departamento en el centro de Nueva York. Habría una cama con sábanas de lino blancas y un Matisse (falso) en la pared. Le preguntó si se sentiría incómoda viendo a mujeres en lencería pero ella le contestó que no había forma más bella de retratar a una mujer. Antes de despedirse le dijo que si llegaba antes, podía fotografiarla a ella. Berénice rió y se despidió.
El lugar elegido fue un galpón abandonado al que le crearon cuatro escenarios dispuestos en forma de equis con el objetivo de que los espectadores permanezcan en el centro mientras cada banda tocaba una canción y terminada ésta, la siguiente banda comenzaría.
Juan quiso conversar con Berénice pero no pudo porque su novio se encontraba allí. Sumado a ello, él debía trabajar y ella supervisar. Para su sorpresa, su novia llegó allí y fue directamente a hablar con ella. El mundo es muy pequeño y todas las esquinas se tocan. Su novia y una de las organizadoras de conocían de adolescentes y él desconocía aquello — o no había estado lo suficientemente atento. Ella tenía el pelo largo con ondas atrapadas por algún sombrero — siempre usaba uno. Juan comenzó a fotografiarlas por el simple hecho de ir calibrando la cámara. Ella lo vio y corrió a su encuentro, se le lanzó encima justo después de que el pudiera correr su cámara, se fundieron en un beso que ella disfrutó y él no sintió. Sin embargo, Juan le sonrió y le dijo que era la más bella del lugar. Ella le respondió robando un beso de sus labios.
La noche fue un éxito. Más de tres horas de jazz donde los concurrentes disfrutaron a más no poder, inaugurando, ahora sí, la semana.
Temprano en la mañana, Juan partió con su novia al edificio para la sesión de fotografía con las modelos de ropa interior. Era la primera vez que su novia lo acompañaba a ese tipo de sesión pero la posibilidad de que Berénice fuera a tomarse fotos la tentó lo suficiente como para ir.
Llegaron antes que todos. Él siempre llegaba antes que el resto. Ordenó y limpió el lugar, abrió puertas y ventanas, preparó su computadora y las luces. Su novia llevaba puesto un vestido volado y floreado que llegaba a sus rodillas. Calzaba zapatos negros de charol y anteojos de sol negros porque olvidó tomar un sombrero. Sacó un libro de su cartera y se sentó en el sillón que daba a la ventana. Comenzó a leer donde había dejado el día anterior y al cabo de unos minutos sonó el timbre. Le dijo a Juan que seguro era alguna modelo nueva que quería llegar antes o algún representante. Él se dirigió a la puerta y sin preguntar abrió. Se asombró al ver a Berénice arreglada y levemente maquillada, exudaba belleza que no sabía que ella poseía. Abrió sus ojos, la miró de arriba a abajo con sorpresa y antes de decirle algo, ella lo interrumpió diciendo:
“¿Tan fea estoy?”
“No, para nada. No sabía que podías verte tan linda”.
No es la frase con la que se debe responder a una mujer a una pregunta tan tramposa. Cualquier respuesta induce a la respuesta no pensada ni elegida. Para su suerte, Berénice lo tomó con humor y le dijo que para ser una de las primeras veces que se veían, haberla visto así, era algo inusual. Ella no solía maquillarse porque no se podía dar el lujo de comprar más cosméticos que el clásico y obligatorio labial rojo. Le preguntó si se tomaría unas fotos casuales con su novia y le respondió que para eso había venido. María, al notar que Berénice estaba en la puerta, dejó el libro en el sillón, se acercó a ella y la tomó por el brazo hasta hacerla entrar. Se saludaron con un abrazo y María halagó su maquillaje mientras Berénice la correspondía con su vestimenta.
Él las llevó a ver la ropa que podían usar y, si se animaban, la lencería. Ellas tomaron varias prendas y se vistieron en una habitación contigua. Varios minutos más tarde salieron y prepararon una mesa como si fuesen a desayunar. Le pidieron a Juan retratarlas de manera que parezca que estaba recién levantadas. Ellas comenzarían a preparar el desayuno mientras él las fotografiaba. Así empezó todo. A medida que la creación del desayuno avanzaba, María se desprendió del jean que cambió por el vestido y se abrió los botones de la camisa para que el corpiño de encaje negro se asomara. Se sentó en la silla de madera y cruzó sus piernas por encima de la mesa dejando sus pies colgando. Berénice la miró sorprendida, rió y decidió sacarse la remera de Led Zeppelin que tenía puesto. Quedó al descubierto el corpiño blanco que había elegido, uno que no ocultaba nada pero lograba resaltar su palidez. María la observaba con una mirada de deseo y obsesión disfrazadas bajo una media sonrisa. Parecía que todos esos gestos en conjunto (cejas, ojos, labios) buscaban llevar todo a cierto lugar pero Berénice estaba comprometida con el personaje que hacía frente a la cámara y no entendía las insinuaciones provenientes de su amiga.
Juan observó todo frente a la cámara y al ver lo obvio de cerca, lo obvio se disfrazó de juego. Siguió haciendo lo que debía hacer mientras ellas hacían lo suyo. Luego de media hora, terminaron y limpiaron los restos. No se suponía que debían cocinar porque la ropa podía tomar olor. No sucedió tal cosa.
Una hora más tarde, llegaron los representantes de las agencias de moda y las mujeres que modelarían. Berénice había dejado el edificio después del mediodía pero él no se enteró de ello. Tampoco pudo saludarla esa noche en el evento de jazz. Mucha gente la solicitaba y ella no descansó en toda la noche. María por su parte buscó relajar a Juan en la primera oportunidad que tuvo a pesar de que él no admitía estar estresado pero ella podía ver más allá de los gestos y palabras que decía. Trabajaron hasta media hora antes del evento de esa noche ya que Juan debía cubrirlo. Antes de tomar un taxi para llegar al lugar de esa noche, María tomó a Juan de la mano y lo llevó a dormir una breve siesta en la cama.
Durmieron abrazados hasta la mañana siguiente. Al despertarse vio las llamadas perdidas de Berénice y el abrumador peso de la irresponsabilidad lo tomó por sorpresa. Le había fallado.
La confianza se gana lentamente pero desaparece en tan solo un momento. Así sucedió con la confianza que Berénice tenía sobre Juan. Ella conocía su fotografía desde hace varios meses, estaba al tanto de su forma de trabajo y ella fue la razón por la cual consideró aceptar el ofrecimiento que él le hizo. Juan la llamó para disculparse y pedirle que no contrate a otra persona para que fotografíe. Ella le dijo que para olvidarse de ello, la debía invitar a comer ese mismo mediodía junto a su novia María. Un pequeño soborno que a él no le importaría.
María le dijo a Juan que debía llevar una sonrisa honesta para volver a ganarse a Berénice. Él admitió que era lo único que triunfaría. Y así fue como la recibió cuando llegaron al bodegón para almorzar. Enfrentados, Berénice y Juan, varios metros de distancia y ninguno dio el primer paso para saludarse. Por suerte, María estaba allí, tomó a Juan de la mano, lo acercó a Berénice mientras también la tomaba de la mano y los obligó a comportarse como adultos. Se miraron con calidez y se saludaron. Comieron y bebieron. Rieron y ella le perdonó la falta a Juan. Decidieron ir a festejar a la casa de Berénice después de la última noche de jazz.
El resto de los días que quedaban fueron cubiertos por Juan y otros fotógrafos conocidos para evitar que volviera a suceder lo que sucedió.
La última noche de la semana de jazz volvieron de madrugada a la casa de Berénice que estaba adornada para la fiesta de cierre: espejos, música y champagne. Destaparon varios champagnes, comenzaron a beberlo y la música sonó fuerte. Sucedieron cosas inenarrables pero sólo puede decirse que bailaron la música de David Bowie hasta el día siguiente.