
Nada más que hacer salvo correr. Parte 2.
Por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron que algo innominado había cambiado con esa declaración de Maia. Ella le preguntó si no compartía la alegría de que sueño estaría encaminado y Andrés le respondió que si lo estaba pero lo tomó por sorpresa ya que ella nunca le había comentado que aplicó para alguna beca en el exterior. Ella lo escondió de su familia, amigos y él. No quería comentarles que había aplicado a una beca y que había fallado en los exámenes o en las entrevistas con los enviados de las universidades.
“Entiendo que no hayas querido decirlo a todos por ese temor de tener que explicar que a pesar de todo, te fue mal. Me entristece que me lo hayas ocultado, no nos ocultamos nada”, fue lo que dijo Andrés en un tono solemne que lo hacía parecer entristecido. “Te agradezco que me hayas contado, igual. ¿Organizamos algo para celebrar la noticia?”
Esa pregunta era un de las que más detestaba Maia. La sola idea de tener que invitar a familiares y amigos para la celebración de la gran noticia le provocaba ansiedad. Una ansiedad distinta a la del momento de aplicar a la beca, a la de rendir los exámenes y la de las entrevistas. Ésta ansiedad la retraía y la carcomía; sus ojos se apagaban y su boca quedaba entreabierta mostrando un poco los dientes. Tocándole el brazo, le pidió que no hiciera semejante cosa. Además debería tolerar una fiesta de despedida y ya se sentía abrumada por ello. Ella haría una breve lista de personas a las cuales quería ver antes de despedirse y él organizaría todo.
Las palabras pronunciadas por Andrés no buscaron ser hirientes pero lo fueron. Ella se quedó pensando en que había traicionado ese pacto secreto entre ellos: no ocultarse nada ni mentirse. Mientras levantaban la mesa y limpiaban los platos y cubiertos, ella se preguntaba si él también le había escondido algo a ella pero temía sentirse inquisidora y calló. Para intentar reducir la tensión surgida en los últimos minutos, Andrés le preguntó las preguntas que todos le preguntarían. Maia respondió a cada una de las preguntas sin entrar en detalles finos, sabía que él no quería escucharlos y que ella no quería contarlos.
Llevaron el vino a la mesa blanca que tenían en el pequeño balcón. Se terminaron la botella y por un tiempo, se olvidaron la tensión que hubo entre ellos. Rieron, se quejaron del calor, pusieron música y bailaron. Abrieron otro vino tinto y se lo bebieron con rapidez, como si buscaran que sucediera algo inevitable.
Lo inevitable surgió de muchos momentos breves e intensos, cargados de algún tipo de tensión o electricidad. Maia creía que esas situaciones nunca llevarían a ninguna otra. Andrés soñaba que los abrazos cuando ella lloraba se transformaran en besos que quitaran el dolor; o que cuando su guitarra sonaba con crudeza, ella se lanzara sobre él para experimentar nuevos sonidos. Nada sucedió hasta ese instante. Lograron verse el fuego en los ojos, Maia sintió que Andrés era su nuevo lienzo y él sintió que ella le correspondía. Sin pinceles ni óleos, lo atacó con sus manos y su boca. Primero su pecho y cuello, mientras que con los dedos apretaba la piel de su espalda como si se fuera a escurrir de entre sus manos. Arrancó la camisa con la que Andrés fue a trabajar ese día, una de las dos que tenía. Los botones salieron despedidos mientras él se preocupaba por la camisa.
“Parece que ya estás alegre por esto”, le dijo mientras le agarró el bulto por sorpresa. “No tenés nada de qué preocuparte, te voy a cuidar”, fue lo último que le dijo vestida. Hizo un descenso lento y armonioso, casi eterno para Andrés. Con sus manos le bajó el pantalón que cayó sólo al piso y recorrió sus piernas con delicadeza. Su nerviosismo se oponía a la naturalidad con la cual Maia hacía lo que estaba haciendo. En su mente sólo una frase le daba vuelta: “la chica que me gusta me está dando sexo oral”. Desde el placer más puro y etéreo a la explosión de emociones cuando se acabó.
“Recién estamos comenzando. Demostrame lo que sabés.”
Maia se acomodó en la cama, puso unas almohadas debajo de su cabeza y se entregó a Andrés. Él le sacó su camisa blanca para admirar el corpiño violeta de encaje que estaba usando. Él conocía como eran sus tetas pero nunca las había tenido a su merced. La levantó con una mano por su espalda y con la otra, con un suave movimiento de dedos, desabrochó su corpiño. Se lo quitó y allí quedó él, sosteniendo la mirada en su torso desnudo. Pensó en cuánto tiempo había querido tenerla así, lo poco que le costó y lo mucho que extrañaría eso cuando se vaya.
“Hay más de mi cuerpo para que veas.”
Quizás la invitación para desnudar a alguien más perfecta que haya escuchado en algún momento de su vida. Temeroso de lo que podía suceder al bajarle su pantalón, tuvo dificultades para pasarlo por los tobillos y pies. Volvió a encontrarse como con su corpiño pero esta vez era frente a su bombacha negra. También de encaje. ¿Habrá combinado pensando en él? No lo sabía y prefería no saberlo. Intentó, con calma sacársela pero sus manos temblorosas hicieron que lo realizara rápido. Se encontró frente a su fuente de vida, ella deseosa de que él se sumergiera y él anhelando dejarla satisfecha. A medida que los minutos avanzaban, Maia apretó la cabeza de Andrés con sus piernas, arqueó su espalda y parecía que iba a romperse. Cuando ella se arqueaba, él temía por ella y levantaba un poco la vista sólo para ver su sonrisa aparecer entre sus tetas.
Con el correr de la madrugada, se adentraron en las sábanas de la cama de Maia para terminar lo que comenzaron. Cuando acabaron lo empezado, ella volvió a acercar su cuerpo al de él. Pasó los dedos con los cuales pintaba por sus brazos, acariciándolo como la brisa veraniega hace con las hojas de los árboles.
En ese estado de comodidad y sintiéndose realizado por lo acontecido, se durmió ante los susurros de Maia. La comida, el vino, sus cuerpos desnudos y las caricias fueron demasiado para él. No llegó a oír lo que ella le decía porque su cuerpo sucumbió ante el cansancio.
“Vamos, escápate conmigo. Corramos juntos.”