Nada tiene por qué tener un título — Parte 1.

Con anterioridad a dirigirse sus primeras palabras, se cruzaron varias veces en distintos sitios donde sólo intercambiaron miradas y gestos imperceptibles al ojo de los transeúntes: se encontraron en el mismo museo dos veces con distintas exhibiciones, en la cola de un pre-estreno cinematográfico (el cual no superó los dieciocho días en cartelera), más de catorce recitales, una muestra fotográfica de fotos a modelos de alguien que resultó ser un amigo en común y un paseo guiado por galerías de la ciudad.

Demasiado.

Un día — o una tarde — ella se dio vuelta y allí estaba él. Se dio cuenta que llevaba varios minutos cerca a ella. Le dijo que su cara le resultaba familiar y tenía miedo de que sea la última vez que la vieran con vida — ella solía sentirse perseguida desde el instante en el que salía de su casa hasta el momento donde cerraba sus tres cerraduras. Él le contestó que recuerda haberla visto en distintos lugares pero que no estaba seguro de ello y que se encontraba allí de casualidad.

“¿Estás esperando para entrar a la librería o esperás otra cosa?”

Ella dudó y con timidez le dijo que quería comprar y leer un libro allí mientras tomaba un té verde con pétalos de jazmín propios del pequeño patio detrás de la librería. Para su sorpresa, él pensaba entrar al lugar a prestarle atención al bullicio. Un poco de compañía no le haría mal y el libro lo podría leer en su sillón bajo la luz que colgaba casi arriba de su cabeza.

Entró él primero y ella se dirigió en dirección al sector de novelistas rusos de siglo diecinueve. Sin dudarlo, tomó Crimen y Castigo junto con un ensayo biográfico del autor.