Relaciones pretenciosas — Parte 3. Final.

Transcurrieron varios días donde las conversaciones no podían apartarse del mismo tópico. A él no le importaba y a ella le pesaba ello pero nada cambiaba. A veces lograban verse por unos breves momentos de algunos minutos en cierto banco de una plaza poco concurrida o en una esquina donde los peatones duplicaban en número a los automóviles.

Santiago comenzó a cuestionarse su actitud. ¿Debía hacer lo humanamente posible para que ellos estén juntos y así cuidarla de todas sus inseguridades? ¿Podría estar ella preparada para cuidar de alguien que se imagina quitándose la vida ante escenarios que colisionan contra sus planes? Él sabía que poseía ciertos pensamientos que no solía develar. Eran inexistentes para familiares y amigos pero sutilmente se los comentaba a ella cuando hablaban. Le comentó sobre las veces que se quedaba dormido imaginando cómo podría suicidarse y cuánto hubiese deseado que sus encuentros cercanos con la muerte no hubiesen sido tan poco cercanos.

A Miranda Carolina no le impactaba que él tuviera semejantes ideas. ¿Quién no las tiene en algún momento de su vida? La verdadera fuerza interior se encuentra en no darle entidad suficiente a dichas voces. Ella le admitió que nunca se le había ocurrido dicha barbaridad — quitarse la vida — pero que no podía juzgar a alguien por siquiera pensarlo.

Ella quería hablar más del tema y le pidió de verse esa misma noche a pesar de que hubiese pronóstico de tormenta de nieve. Un pronóstico no implica que algo suceda. Él le contestó que prefería quedarse en su casa descansando porque tenía la posibilidad de continuar la lectura de un libro que tenía postergado. Ella no se hizo ningún problema y le dijo que se verían nuevamente en otra ocasión.

Decidida a aprovechar esa noche, planeó ir a un bar con una amiga para disfrutar del fuego en la chimenea, de los tablones de madera, de los taburetes forrados de terciopelo, de la excelente carta de whiskies escoceses, de las tenues luces y de sus famosos estofados.

Ella llegó media hora después de que planeaban juntarse, pidió un plato de comida y un Glenlivet con una copa de agua, le escribió a su amiga y la esperó. Su amiga le contestó diciendo que se había olvidado de dicho plan. No podía creer que una amiga para la cual siempre estuvo presente se podía olvidar de verla a pesar de haberlo acordado. Se sintió más ofendida de lo que pudo haber pensado.

Enojada, partió del bar en medio de la ventisca que arreciaba a cualquier caminante. Casi no había personas en la calle. Era ella y alguna que otra sombra. Fue en busca de Santiago, recordó la dirección que le brindó cuando se reunieron para que la banda representada por él sea parte del sello de ella y se encaminó hacia el departamento de él. No era la primera vez que había ido allí porque cada tres semanas solían juntarse a cenar en el hogar de alguno de ellos o simplemente a tomar un té y ver una película.

Caminó hacia allí a pesar del fuerte viento que soplaba. Llevaba guantes de cuero a pesar de que dejó de sentir la punta de sus dedos. Las botas que eligió para esa ocasión resultaron ser una gran elección para poder dar pasos firmes en las heladas calles. Sus mejillas se volvieron blancas y la punta de su nariz se tornó de un tono rojizo como si estuviera atravesando una fuerte alergia.

Llegó al soportal del edificio donde vivía Santiago. Era un soportal de muchos años, el material del cual fue construido era mármol blanco traído de Italia en la época de 1910, fecha que dio inicio a la construcción. Tenía un patio interno en la planta baja y una gran terraza que pertenecía al último piso desde donde podían verse algunas cúpulas y el Parlamento.

Tocó el timbre reiteradas oportunidades hasta el instante donde Santiago puso la llave en la cerradura. Al abrir la puerta, ella se arrojó sobre él y rompió en llanto. Subieron por el ascensor acompañados por el constante temblor que le había provocado el frío. Mientras la miraba, creyó conveniente no hacerle ninguna pregunta relacionada a su presencia en el edificio. Prefería que ella se lo contara una vez que se sintiera a gusto.

Al llegar al departamento, sonaba Shadows In The Night. Santiago le ofreció ropa seca, mantas y un baño de vapor para que su cuerpo recupere la temperatura. Le dio dos toallones para que secara su cuerpo y su pelo. Ella se desvistió y se encerró por veinte minutos en el baño. Volvió a tener el color que supo tener en sus mejillas. Abrió un jabón que olía a jazmines y con ello su cuerpo abandonó la falta de olor que le provocó la fuerte nevada. Se había sentido extraña al notar que el viento le quitó la fragancia que llevaba puesta.

En la otra punta del departamento se encontraba Santiago, bajo la lámpara que caía casi arriba de su sillón. Estaba leyendo un libro de Borges. Se había servido un té verde y había dejado suficiente agua caliente para que cuando ella terminara de bañarse, tuviera una taza en sus manos. Escuchó que el agua dejó de correr, se levantó del sillón y se dirigió a la cocina.

Allí la vio. Se había quitado la toalla que le secaba y cubría el cuerpo. Pudo percibir la fragilidad que contenía su cuerpo, los lunares que debían enumerar cada batalla que libró contra ella misma y conocidos que se volvieron extraños. Cada tatuaje en sus brazos y espaldas debían corresponder a cada vez que se irguió en sus propias cenizas. En su muslo izquierdo tenía la marca de un corte pero no lo pudo ver con claridad. Verle la piel desnuda y pálida logró dimensionar la fragilidad que acarreaba sobre sus hombros. Su esencia estaba allí, pidiendo ser vista por él, a pesar de que ella no supiera de que estaba siendo observada. No llegaron a ser más de veinte segundos pero él los sintió como toda una vida: años de luchas de luchas sin sentido, defraudaciones amorosas y malas decisiones mezcladas con excelentes momentos personales que no duraban más de un mes.

Ni bien llegó a la cocina, preparó el té para ella y se dirigió lentamente a la habitación que estaba usando Miranda Carolina, rogando que estuviera vestida, no porque le molestara su desnudez, si no porque no era necesario verla desnuda otra vez. Para su sorpresa, ella ya se encontraba vestida con un jogging y una remera blanca de Bob Dylan, con un dibujo que recordaba a 1920.

Le agradeció por la hospitalidad, le dio un beso en la mejilla y dijo:

“Lamento todo esto. No creí que me importara tanto que la persona que me conoce desde mi adolescencia se olvidara de que nos íbamos a ver.”

Compartieron el sillón de dos plazas y ella, atrapada en una frazada, reposó en su hombro y se durmió.

Al despertar, él no estaba allí y ella no sabía si volvería.

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