Domingo, 6 de Diciembre
A principios del 2012 una amiga decidió que quería anotarse en una facultad, me pidió que la acompañara a una de las ferias de orientación vocacional que suelen hacerse en la ciudad en Buenos aires. También invitó a un amigo de su barrio. Así fue como un viernes caluroso, en mi primera visita a un centro cultural en una ciudad de Capital conocí a Matías, el primer chico del que creí estar enamorada.
Matías era un año menor, llevaba apenas 3 meses de cursar filosofía en la UBA mientras que yo estaba en mi segundo año en un profesorado de inglés, cursar allí casi no tenía diferencia con ir a la escuela, tal vez por esta razón yo seguía pensando y actuando como una adolescente, él, por el contrario, hablaba sofisticadamente, con aires un poco impertinentes. Citó a Roman Polanski, David Lynch y Foucault en una misma conversación. Aprecié una sonrisa pequeña y pícara al notar que yo no solo sabía quiénes eran, sino que también era capaz de citarlos. Me corrigió y agregó datos a mis monólogos, a pesar de mi consternación y fastidio, se me caía la baba.
Empezamos una amistad que incluida correos electrónicos extensos cargados de humor negro y sentimientos pasionales, nos veíamos en reuniones con otros amigos, nunca solos. Me hablaba de su familia y amigos como si yo también los conociera. Usaba jeans que rompía a propósito con una Gillette, era vegetariano, fumaba mucho. Era un chico popular con episodios de depresión, ¡perfecto!
A finales de noviembre de ese año empezamos a tontear, y en febrero del 2013 nos besamos en la puerta de un bar a las 5 de la mañana después de que yo saliera disparada de la mesa, rompiendo un vaso y olvidándome la campera porque me dijo que me estaba portando como una puta con un amigo suyo. Me decepcionó lo duro que eran sus labios, y sentí dolor por lo fuerte que me abrazaba.
Matías me sacaba sólo 5 centímetros de altura, tenía un cuerpo delgado pero fuerte y su espalda era cuadrada, me gustaba lo suficiente como para pasar por alto que tenía mil amigas demasiado cariñosas. Trascurrió un mes de una relación en la que sentí celos por sobre todo lo demás. Una tarde lo cité en una plaza. Con los ojos llorosos y sentada en el banco más alejado de los juegos infantiles pedí ser tratada diferente, como la primera y única o “se termina”, amenacé. Él no se sentó en ningún momento, se quedó observándome un rato desde la altura, como evaluando un plato de alimento que estás por consumir pero sin la certeza de que te gustará. Accedió no muy convencido y fue suficiente para mí. No usamos la palabra novios, sin embargo nuestro acuerdo incluía exclusividad y apodos mimosos.
Él me leía los poemas que escribía, ponía Radiohead mientras me besaba en la cocina de su casa, yo le mentía a mi familia para ir a verlo. Necesitaba viajar una hora y media hasta llegar a San Justo, tomaba taxis en la estación de mi ciudad cuando tenía plata o sino usaba el transporte público, tren y colectivo. No podía recibirlo en mi casa, él sí, su mamá no emitía comentarios al respecto si me escabullía en su cuarto un viernes a la tarde y salía un sábado a las 8 de la noche. Mi agujero negro personal.
La primera vez que Matías y yo lo hicimos, la primera vez para mí, faltaban dos semanas para mi cumpleaños número 20. Fue rápido y algo triste. Las luces de su habitación estaban bajas y la computadora zumbaba despacito, no me miraba a los ojos y después no se quedó conmigo. Salió de la habitación a buscar un vaso de jugo y tardó 25 minutos en volver. Me desesperé pensando que tal vez no era buena en el sexo, que me faltó algo, quizás creatividad. Decidí que la próxima vez haría todo para complacerlo.
Pasábamos cada momento permitido por nuestros horarios juntos, hablando de las películas que él odiaba, de los libros que me parecían mal y las personas que no soportábamos. Le gustaba instruirme sobre filosofía y música.
El día de mi cumpleaños no supe nada de él. Pasaron tres semanas y accedí a tener una cita de reconciliación, dispuesta a perdonarlo por haberlo olvidado. Quedamos en vernos en un cine antiguo de San Telmo un sábado a las 9 de la noche. Me vestí en la casa de una amiga. Un vestido gris por arriba de las rodillas, medias de red enteras por el frío de pleno julio y borcegos. De abrigo llevé una campera de imitación de cuero con tachas.
Cuando llegué ya estaba esperándome, iluminado por las luces del lugar, fumando bajo una cartelera de Blue Velvet. Tenía unos vaqueros milagrosamente sanos, un sweater negro de cuello alto y el tipo de botas que usan los obreros que trabajan con maquinaría pesada. Al verme supongo que de alguna manera mi indumentaria lo inspiró, me miró con ansias diferentes. Cuando nos besamos me apretaba fuerte contra su cuerpo, hasta pude sentir su erección a través de la ropa. Me sentía irreal, ajena a mi forma de ser, pero la situación me resultó un juego interesante, uno de los más divertidos de mi vida.
No entramos al cine. Quiso pedir un taxi hasta su casa pero le dije que era demasiado caro ya que estábamos bastante lejos, me preocupaba que desperdicie plata porque estaba ahorrando para una guitarra nueva. Tomamos el subte y luego un colectivo.
Al llegar saqué mi celular de la mochila (sí, usé vestido y mochila) para enterarme de que tenía 19 llamadas perdidas de mi mamá, la llamé. Me retaron por no responder rápido, mentí con respecto a mi ubicación, eso me hizo sentir incómoda como nunca, los dejé tranquilos y corté.
Sus besos empezaron a fluir con una decisión febril, me guío hasta su cama y dejé de reconocerlo. Su habitación estaba pintada de rojo y tenía una sola ventana que jamás abría. No había consumido alcohol pero todo me daba vueltas. Mi miedo y la fascinación me nublaban la realidad. Era otra persona la que me sujetaba demasiado fuerte de ambas muñecas doblándome a su antojo, me empujaba y los movimientos bruscos me lastimaban. Ponía sus manos fuertes alrededor de mi cuello y me hablaba al oído descargando las palabras más sucias que jamás había escuchado salir de una boca humana. A la mañana siguiente me fui de su casa aturdida, decidiendo si me había gustado mucho o solo me había gustado. Mis piernas estaban desnudas, aún no sé qué fue las medias de red que había comprado para la ocasión.
Después de esa noche cambió muchísimo conmigo. Me hizo sentir que estaba enamorado con una fuerza sobrenatural. Caminaba pegado a mí a donde sea que fuera, mostrando cierto sentido de propiedad hacía mi persona. Tuve la fantasía de que la relación era perfecta por poco menos de dos meses. Pasaron las semanas y entró en un limbo de depresión y agresión para conmigo. Odiaba que yo no accediera a ser vegetariana, a mis amigos y lo que estudiaba. Fui acusada de ser asfixiante, de ser fría, de ser “calienta pijas” con otros hombres. Había días en los que salíamos a caminar, se paraba en el medio de la calle y empezaba a llorar por nada, literalmente nada. Una mañana me juraba amor y luego me ignoraba por largas semanas. Nuestros encuentros se volvieron sesiones de silencio tomando té, jugo de naranja o comiendo barritas de chocolate en la alfombra de mi cuarto o el suyo. Había dejado de hacerme reír, y ya no me parecía divertida la falta de respeto que me mostraba en el sexo.
Una parte de mí disfrutaba tener un humano tan emocionalmente ligado a mi existencia, que me escribía poesía y me llevaba a escuchar bandas indie a bares alternativos, otra parte odiaba no ser tratada como mis papás me enseñaron que un “pretendiente” debía tratarme, otra estaba cansada de llorar, otra estaba cansada y aburrida. Lo quería, pero en el fondo siempre supe que estaba esperando algo mejor, algo diferente.
Matías nunca me dijo que éramos novios ni yo tampoco, en teoría no teníamos obligaciones el uno con el otro, pero creo que cuando se comienza una relación íntima con alguien, se crea un contrato humano de respeto y compañía que debe ser honrado. Él no lo cumplió y yo una tarde le dije que se fuera a la mierda para siempre.
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Volvimos a hablar por medio de Internet dos semanas después, se disculpó y me disculpé. Volví a verlo en la facultad y volví a verlo en su cuarto pero esta vez completamente vestida. Lloró de nuevo en frente de mí y supe que si podía ayudarlo, lo haría. Quedamos en ser amigos.
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¿Por qué estoy hablando de esto? No estoy pensando en ese chico que me gustó hace 3 años. Es porque el hombre que hoy amo y me gustaría estar complaciendo se encuentra lejos. Creo que recordando lo poco que tuve podré sentirme más fuerte para soportar no tener cerca todo lo que tengo ahora.
Me siento una princesa parodiando turbiamente una película de Disney, encontré el amor pero ¡me cayó una terrible maldición! mordí la manzana que me ofrecieron, hizo hervir mi sangre de deseo pero me encerró dentro de un ataúd de cemento, imposibilitándome a alcanzarlo a él, el que desde la primera mordida es el único dueño de mi pasión. Llegó tan sincero que me hizo dudar, tan ingenioso que me asustaba, tan amable y tiernamente inocente que revolucionó mi percepción de lo que me gusta en un masculino.
Estoy deambulando mientras lo espero, cambié y seguramente seguiré cambiando hasta que llegue, pero nunca sería tan estúpida para dejar pasar su amor y lo que sea que venga acompañándolo. Voy haciendo lo que puedo con mi vida, deseándolo un poco más cada día.