Mr. Trump vs las hormigas

Bueno, ya: fue divertido hacer mofa en un principio, pero esto está muy grave. Más allá de los memes, chistuits y status en Facebook dedicados a la visita de Trump a México, creo que en un futuro no muy lejano –y de augurios bastante funestos– miraremos este evento de nuestra calamitosa historia reciente como el momento en el que el actual gobierno acabó por pintarnos el dedo medio más colosal, categórico y cínico de todos los tiempos. “Con dedicatoria especial a ustedes, mexicanos”, faltará añadir a la remembranza.

SDP Noticias

Verán, me he devanado los pocos sesos que el alcohol me ha dejado en calidad funcional para explicarme el motivo detrás de la invitación de Peña Nieto a Donald Trump para visitar nuestro país. No es allanar el terreno para un posible, futuro mandatario, pues pese a algunos presagios ominosos de gente que vive de sembrar escenarios catastrofistas, no habría escenario real donde el anaranjado billonario podría hacerse con la presidencia. No lo habría. Los esquemas de simulación contemplan que si el 40% de los simpatizantes de Hillary deciden, de buenas a primeras y sin decir agua va, quedarse en casa el día de las votaciones, Trump ganaría por un margen irrisorio de unos 17 votos electorales. Es un escenario impensable, reitero, y por eso los analistas serios habían dado por concluida la contienda desde el colapso total que sufrió la campaña republicana hace unas cuantas semanas.

Entonces, ¿qué recarámbanos pretende EPN con su invitación a Trump? Es el mismo Trump que lleva más de un año insultando abiertamente todo lo que representamos los mexicanos. Esos mexicanos que sostienen, en más de un sentido, la economía estadounidense como fuerza de trabajo, grupo de alto consumo comercial e incluso integrantes de ese gran crisol cultural. Esos mexicanos que han sido tachados de ladrones, violadores y asesinos. Esos mexicanos que nos hemos cansado de escuchar la retórica xenófoba, alienante y propagadora de la violencia racista.

A ese Trump le abrieron las puertas de México.

A menos que el plan maestro de la administración peñanietista sea recibir a Donald con un patadón en salva sea la Trumparte, no entiendo el racional. Nos hemos cansado de hacer bromas respecto a que Peña va a negociar la licitación para la construcción de la Gran Muralla de Trump a beneficio de Grupo Higa, puntualizando con risita nerviosa lo que intuimos como una genuina posibilidad. ¿Pero realmente podemos imaginar a qué se debe este súbito acercamiento con nuestro más grande crítico en épocas recientes?

No me engaño, sé perfectamente que México tiene abundante cola que le pisen. Digo, ese segundo lugar global entre los países más corruptos no es de gratis. Tampoco lo es nuestro patético récord en materia de derechos humanos, nuestras Maoístas cifras en lo referente a asesinatos de periodistas, nuestro paupérrimo nivel educativo o nuestra perpetua devoción a ver paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. Pero esos deméritos son una cruz que tenemos que cargar en esta pesada cuesta para salir del tercer mundo, de la mediocridad y del conformismo. Y no necesitamos que un sátrapa oportunista nos recuerde esa realidad cada que conviene a su discurso.

Así que, repito la pregunta: ¿Por qué la invitación? ¿Y por qué ahora? ¿Que no se da cuenta EPN y la corte de simios mal gestados que, presumo, forman parte de su grupo de asesores, de lo grave que es este acto? ¿No saben que han puesto la mesa para la reivindicación de un candidato presidencial que estaba muerto, en términos políticos? Y si lo saben, ¿qué pretenden ganar en este escenario? ¿Y a costa de qué?

Lo triste es que todas las respuestas apuntan hacia el mismo lugar: no importa. No les importa. No les importamos. Somos un hormiguero más en el gran jardín de una gran mansión, y no le quitamos ni un instante de sueño a quienes habitan ese palaciego lugar (puedes imaginártela como una casa blanca en Las Lomas, para fines ilustrativos). Estas hormigas pueden hacer rabietas, hervir en un frenesí de indignación por tal o cual motivo… y todo seguirá igual, pues nuestra insignificancia es la razón de su indiferencia.

Porque saben que, pase lo que pase, seguiremos manteniendo mínimos lapsos de atención al escándalo en turno, y después se nos pasará. Como se pasaron los 43 de Ayotzinapa, los otros cientos de muertos que aparecen a cada rato en fosas comunes, las tesis plagiadas que exhiben a la Universidad Patitoamericana como una burla de costosas colegiaturas, los prediales que pagan los amigos en Miami, los múltiples conflictos de interés en materia inmobiliaria, el derroche en vestuarios para la señora telenovelera que nos habla golpeado cuando le cuestionamos sus gastos, las ratificaciones de inútiles en puestos públicos donde han probado su ineficiencia, los “ya supérenlo”, el secuestro de la educación del país a manos de auténticas guerrillas disfrazadas de maestros, los maestros genuinos quedando desprotegidos por completo, los gasolinazos que no iban a existir con Peña Nieto pero que se dan más seguido que antes, las devaluaciones que no nos afectan según la esposa del pelón de Timbiriche, las tarjetas de Soriana que no tenían saldo, las dudosas licitaciones mediáticas, los intrépidos rescates internacionales para traernos de regreso a bandidos como Moreira, los pactos de no agresión con el gobierno de la CDMX para cubrirse mutuamente las espaldas en las responsabilidades compartidas… todo pasa. Lo nuestro es pasar. O más bien, dejar pasar.

Así como me vienen a la mente los chistes en cuanto ocurren desgracias como las arriba mencionadas, quisiera que me llegaran soluciones. Lo digo en serio. Sacrificaría cualquier mediocre chistín de 100 retuits por una idea comunal, de aplicación inmediata y respuesta efectiva, capaz de llamar la atención al hartazgo que experimentamos muchos de nosotros. Nuestro humor es un mero mecanismo de defensa, la verdad es que no sabemos qué más hacer, a quién postular como vocero de nuestra indignación colectiva. Líderes no hay: nuestra oposición está tan corrompida como los que están al mando. Tampoco somos propensos a crear mártires, pues de por sí bastantes de esos nos llegan gracias a la represión habitual. Entonces pues, ¿qué hacer? ¿Cómo dejar de sentirnos tan abandonados?

En fin, algo se nos ocurrirá. Quizá demasiado tarde, pues la puntualidad nunca ha sido nuestro fuerte. Sólo espero que los dueños de México, los que nos humillan una y otra vez con gestos como el de esta incómoda invitación, sepan que las hormiguitas están más alebrestadas que de costumbre. Así que ya saben: si planean recibir a Trump con un gran picnic… al menos echémosles a perder la ensalada de papa, ¿no? Por algo se tiene que empezar.

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