¿QUIÉN CREÓ A “FRIDA SOFÍA”? FUI YO

Antonio Sempere
Sep 22, 2017 · 7 min read
Carlos Jasso/Reuters

Ustedes perdonen. No hubo intenciones amarillistas ni crueles de mi parte. No pretendí tomarle el pelo a nadie, ni brindar falsas esperanzas. No soy un infiltrado del Gobierno Federal, ni percibo un cheque por parte de Televisa (de hecho estoy vetado por ellos), ni me mueven maquiavélicos intereses de ganar vistas en mi canal de YouTube o en mis redes.

Tan sólo quería que fuera verdad.

No es la primera vez que me sucede. Soy humano, vivo para esos momentos en los que triunfamos contra la adversidad, en los que superamos todos los pronósticos y salimos avante. Ver salir a alguien vivo entre los escombros enciende algo dentro de mi que es contagioso, que vibra en las fibras sensibles que creía atrofiadas por el cinismo que se ha puesto tan de moda. Lloro con los rescatistas cantando el himno nacional, con la gente vitoreando a los soldados del cuerpo de zapadores mientras marchan hacia un derrumbe. Quiero a la perrita rescatista en el billete de 500 pesos. Humano, se los dije.

Pero como humano soy profundamente falible, particularmente cuando los sentimientos –the feels, el kokoro o como le llamen– me ganan la partida, hecho que ocurre a menudo. Quiero escuchar el suspiro de alivio de la madre que recibe la llamada de la hija que creía perdida. Quiero que cada mascota cuya foto aparece en Twitter termine reunida con sus dueños. Quiero que la batería de ese vato a quien no conozco dure lo suficiente como para reportar dónde está atrapado, hasta verlo salir en una camilla rumbo a un hospital. Quiero que los dos ancianitos que no tenían “más que pan” para compartir con los voluntarios nunca vivan un día de ausencia de ese mismo pan en su mesa.

Quiero una victoria. Necesito una victoria.

Llevamos mucho tiempo perdiendo. Perdimos la confianza en nuestras autoridades hace mucho, y bien que se lo ganaron. Perdimos fe en las instituciones, en la motivación detrás de los buenos actos del vecino y hasta en la Selección Nacional. Perdimos estatura por dejarnos ganar una y otra vez en las luchas que había que librar hasta el final, y no doblar los brazos con un resignado “es México, capta, güey”. Perdimos la autocrítica y la convertimos en memes. Duele, pero es cierto.

Pero no perdimos algo que llevamos dentro, algo muy valioso. No perdimos la esperanza. De pronto sí amenazaba con tirar al monte hasta perderse de vista, pero finalmente la pastoreamos de vuelta y la mantenemos viva con lo poquito que nos deja el pesimismo tras darse su atracón diario de realidad. Y esa esperanza se llamó “Frida Sofía”.

Hay mentes científicas mucho más brillantes que las de su servidor explicando el fenómeno recién ocurrido con esta niña inexistente. Le han llamado “histeria colectiva”, “comportamiento obsesivo grupal” y otros términos igualmente descriptivos. Lo mismo nos hace ver payasos amenazadores en las calles que sufrir brotes espontáneos de mareo y sarpullido, sin motivos aparentes. Sucede en todo el mundo. Sucede, sobre todo, en grandes tragedias donde nuestras emociones quedan expuestas a cualquier estímulo. Es parte de eso de “humano” que les contaba antes.

¿El bebé que había sobrevivido varios días después del incendio en la Torre Grenfell, en Londres? Invención mía, jamás existió. Oh, los medios y la población civil por un momento creyeron en él, pero era más falso que la sonrisa de nuestra Primera Dama repartiendo cajas del DIF. ¿Los marinos rusos en el submarino Kursk, que se comunicaban en código morse en espera de ser rescatados del fondo del Mar de Barents? Llevaban días muertos. Otras embarcaciones, otros técnicos de sonar creían escucharles, e incluso afirmaban detectar conversaciones provenientes de la embarcación rusa. Pero no, otra vez fue un ardid de mi parte. ¿Cientos y cientos de llamadas en los atentados de 9/11, los gritos de sobrevivientes atrapados entre los rescoldos de las Torres Gemelas? Obra mía. Perdón.

Una vez más: tan sólo quería que fuera verdad.

No sé cómo llegué a “Frida Sofía”, a ciencia cierta. Quizá la repetición incansable del nombre de Frida, la perrita rescatista, se hizo una con mi incipiente cultura pop y la hija de Alejandra Guzmán. Hey, la Guzmán es un desastre natural con patas, así que la asociación pudo venir de ahí, no me juzguen. Me pareció ver el nombre de Sofía en alguna de las listas garrapateadas a toda prisa por los rescatistas que buscaban a los niños atrapados bajo las lozas de concreto de lo que fuera el Colegio Enrique Rébsamen. O no. ¿Cómo saberlo? ¿Cuántas Fridas Sofías pasan por mi mente en este país, de forma cotidiana? El nombre era lo de menos. Quería que existiera.

Y mi narrativa fue aún más allá. No sólo escuché su nombre entre el cascajo y la varilla retorcida. Poco a poco noté que le acompañaban más niños, a quienes no tuve tiempo de nombrar. Pero les escuché a todos, claramente. Le pregunté a otros voluntarios, a rescatistas y a militares si ellos también los escuchaban. Algunos dijeron que sí, y me hicieron notar que los atrapados se comunicaban de vuelta, golpeando el concreto. Queríamos que fuera verdad. Por unas horas lo fue. ¿Por qué?

Todos necesitábamos esa victoria. La periodista que llevaba más de 30 horas frente a la cámara, narrando los hechos en diversos puntos de su ciudad hecha pedazos, la necesitaba. El soldado que se ha tragado gritos de “asesino” desde Ayotzinapa a la fecha (“y yo ni estaba en Guerrero”), la necesitaba. El voluntario con las manos casi en carne viva, pues le cedió sus guantes de carnaza al niño de once años que ofreció ayuda cargando cubetas de escombro, la necesitaba.

Gary Coronado/LA Times via Getty Images

Tú la necesitabas. Por eso pasaste horas viendo la pantalla de la TV, de tu móvil, recorriendo Twitter y Periscope de arriba a abajo en busca de la mejor cobertura, al momento.

Por eso dolió tanto saber que Frida Sofía no estaba en los escombros. Por eso tu mente hizo oídos sordos al reporte previo de que todos los niños estaban contabilizados como sobrevivientes, u hospitalizados. O muertos. ¿Qué importan las cifras y los censos al vapor? Había una voz en las ruinas del edificio. Había señales de vida. Muchos lo corroboraron. Sin pruebas, claro, la esperanza era lo único necesario.

Los medios corrieron con esa narrativa. Las autoridades también. La opinión pública, ídem. Pero no, amigo y amiga que lee esto, ellos no inventaron a Frida Sofía. También queremos que ELLOS hayan sido responsables de su creación, por supuesto. Se lo han ganado, como dije antes. Pero no, ellos querían su victoria en materia de credibilidad, primero, y en esperanza al meritito final. Ahora crees que tu victoria va a llegar “desenmascarando el complot”. Vas a soltar acusaciones de “telenovela”, “montaje”, “teatrito”, “cortina de humo”, “caja china” y otros terminajos que acuñaste tras ver una película malona, pero que intentaba explicar por qué perdemos tanto y tan seguido ante quienes rigen nuestros destinos.

Pero no es momento de buscar ESA victoria. Lo sabes bien. Sí, es muy cómodo, porque además te distrae del dolor de lo que realmente vamos a enfrentar: levantar nuevamente un país entero de entre los escombros. A mi me da pereza hasta hacer mi cama por las mañanas, así que comparto este temor al trabajo duro.

Sin embargo, no queda más que hacerlo. Hay que seguir en esa calle asistiendo a la gente que demanda urgencia en lo que a cuidados básicos toca. Los más vulnerables fueron vulnerados como nunca, y nuestra estatura (esa que habíamos perdido a fuerza de encorvarnos solitos) puede recuperarse con un poquito de orgullo y otra cosita, y arriba y arriba. Con un oportuno coro de “Cielito Lindo” mientras viajamos en el camión de redilas lleno de víveres. Con avisos inmediatos y comunicaciones eficientes para que la ayuda llegue a donde se requiere. Con la mentalidad de poner la asistencia por delante, el amor al prójimo que se expresa más con sudor que con plegarias, darle un apapacho a quien veas con los ojos llenos de lágrimas porque SU Frida Sofía, con otro nombre y otro rostro, nomás no aparece.

Estando todos en esas calles, echando la mano y poniendo la labor honesta por encima de la selfie, vamos a tener nuestra victoria. Después vamos a quedarnos ahí, en la calle, como los que lo perdieron todo, pero con la ventaja de no haber perdido la esperanza de que este país nos pertenece de verdad. No es de los políticos y sus caravanas con donativo ajeno. No es del puñado de abortos tardíos que asaltan en una moto a quienes están atorados en el tráfico. No es del troll conspiranoico que se dedica a “denunciar la verdad” sacada de su manga y frágil ante los argumentos y la lógica. ¿O en serio creías que “Frida Sofía” iba a ser una niña actriz del CEA, emergiendo cual ave fénix de la devastación? Perdónenme, pero nuestros medios no tienen la imaginación necesaria para urdir algo TAN creativo.

Habrá tiempo de rendir y exigir cuentas, pero ese tiempo no es hoy. No pido olvido, tan sólo paciencia. HOY hay que ayudar, sin importar mucho quién lo hace de manera desinteresada y quién busca notoriedad. Nuestra victoria va a llegar en esas calles llenas de gente que se está esforzando más que nunca. Cuando llegue nos va a saber mejor que ganar una Copa del Mundo. Ya nos toca. Queremos que sea verdad.

Por eso nos vamos a quedar en las calles. Ya son nuestras, se nos había olvidado. Y cuando terminemos de ayudar a nuestra gente en CDMX, en Morelos, en Puebla, en EDOMEX, en Chiapas, en Oaxaca y en todos los lugares donde se movió la tierra, vamos a afianzar como nunca nuestras raíces en esas calles. A ver qué gobierno se anima a talar tanto árbol y tan bien plantado.

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Antonio Sempere

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La discreta elegancia del mal gusto. Los domingos hago paella. Algunos domingos. Fue un domingo nada más, de hecho. Me ayudaron. OK, la compré hecha ¿contentos?