La «penuria» de la Iglesia

El envejecimiento del clero sumado a la escasa respuesta vocacional de los jóvenes de hoy hace que el número de sacerdotes haya descendido paulatinamente en el últimos años

Que la Iglesia no pasa buen momento en cuanto a sacerdotes se refiere es una realidad. Incluso los obispos abordan la cuestión sin paños calientes. Basta recuperar unas afirmaciones del arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), el cardenal Ricardo Blázquez, en la última Asamblea Plenaria de todos los obispos en Madrid: «Desde hace mucho tiempo venimos padeciendo una penuria seria de vocaciones para el ministerio presbiteral. Si hace varios decenios la abundancia era extraordinaria, actualmente la escasez es también extraordinaria».

Y fue más allá al definir esta escasez de jóvenes que quieren ser sacerdotes como «indigencia básica» que, además, afecta al conjunto del proyecto formativo, que se convierte en «insatisfactorio, ya que el número de seminaristas es muy reducido, y pocos los formadores y profesores dedicados generosamente a este servicio precioso».

Los obispos han dedicado espacio en la últimas reuniones plenarias –tienen dos cada año–, así como distintas reuniones a esta cuestión que, además, se ha visto intensificada por la publicación por parte de la Santa Sede de un nuevo plan de formación para los aspirantes al sacerdocio. Se ha elaborado un informe sobre la situación del clero en nuestro país que todavía no se ha dado a conocer, aunque sí se sabe, tal y como explicó el secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, que la edad media de los curas en España sobrepasa los 65 años. «Necesitamos sacerdotes, hay que promover una cultura vocacional», decía el pasado mes de febrero.

La preocupación viene de lejos y desde la Iglesia no escatiman recursos para hacer llegar su propuesta. Como este vídeo, de 2012, que presenta de una manera atractiva a los sacerdotes y, al mismo tiempo, rompe con esa creencia de que su vida es todo menos «apasionante».

Pero volvamos a la cifras. La realidad es que nuestro país cuenta todavía con muchísimos sacerdotes –el 2% del clero del todo el mundo–, fruto de épocas pasadas de florecimiento vocacional. España fue una verdadera potencia, como también en el campo de los misioneros, con 13.000 repartidos por todo el mundo. Ahora, el invierno parece haber sobrepasado sus límites temporales y los años caen como losas. Los sacerdotes mayores van falleciendo y el relevo que viene detrás no es suficiente. En la siguiente gráfica podemos ver claramente la tendencia a la baja en los últimos años en el número total de sacerdotes. Desde 2007, la Iglesia católica en España ha perdido en torno a 3.200 curas, pasando de 20.700 a 18.576.

Un descenso provocado, fundamentalmente, porque son cada vez menos los jóvenes que se plantean y toman la decisión de entrar en el seminario para ser sacerdotes. Las cifras de los últimos 15 años no dejan lugar a dudas, aunque sí admiten algún matiz. Vemos como el número de seminaristas ha ido cayendo paulatinamente desde el año 2002 hasta 2011, que empieza una tendencia alcista que se prolonga durante cinco años. No es baladí esa observación, pues justo en 2011 se celebró en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió el Papa Benedicto XVI a finales de agosto. Tradicionalmente, en estos encuentros que se celebran cada dos o tres años, se suscitan bastantes vocaciones ya sea al sacerdocio o a la vida religiosa.

Otro dato muy a tener en cuenta –lo podemos consultar en el gráfico pinchando en nuevos sacerdotes– es el de los sacerdotes que cada año se ordenan. Y lo es porque los seminaristas no dejan de ser candidatos que, en ocasiones, deciden abandonar este camino o se dan cuenta de que no es para ellos. Es más difícil ver en este sentido una tendencia más clara, pues cada seminarista –el proceso hasta llegar a ser sacerdote suele durar como mínimo seis años– hace su propio recorrido hasta llegar a la ordenación sacerdotal.

Un sacerdote visita a una enferma en un hospital

Con estas cifras, los responsables de la Iglesia en España se enfrentan a un desafío. En todo el país, hay casi 1.250 seminaristas que se forman en 85 seminarios, que se antojan muchos para acoger a este volumen de candidatos. De hecho, algunos solo cuentan con un joven mientras que otros superan con creces la centena.

En este sentido, se está estudiando que se refuerce la figura del seminario interdiocesano, aquel que acoge a jóvenes de distintas diócesis. De este modo, podría aunar esfuerzos, general comunidad entre los aspirantes y poner a disposición de ellos un equipo formativo que les acompañe cada día. Una circunstancia que con cinco o seis seminaristas es inviable. Sin embargo, son muchas las resistencias que existen todavía en este sentido, pues para cada obispo tener su seminario es muy importante.

Ante esta situación, ¿qué propone la Iglesia? Lo primero: rezar. Se suele recurrir a la frase de Jesús en el Evangelio para animar: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Lo segundo: el ejemplo y el testimonio de los propios curas. El contagio funciona y muchos sacerdotes de hoy lo son porque en su día conocieron a otros cuya vida les apasionaba. Y tercero: acercarse a los jóvenes y hacerle una propuesta que incluya toda su vida y que luego se puede materializar en la vida familiar, en el ministerio sacerdotal, en las misiones o en la vida religiosa. Pero esa conexión es fundamental. De hecho, la Iglesia, por iniciativa del Papa, se encuentra preparando un sínodo de obispos en Roma sobre los jóvenes, que desde todo el mundo han hecho llegar sus ideas, quejas, propuestas y testimonios. Todo esto tiene mucho que ver con lo que se comunica y cómo se comunica. Mucho trabajo queda por delante para proponer un estilo de vida que hoy va contracorriente.

Campaña de la Iglesia española con motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones 2018

Entrevista

«Desde las sacristías pocas vocaciones vamos a suscitar»
Francisco Javier Peño, durante su ordenación como diácono en Madrid

Javier Peño es uno de esos valientes que sí ha cogido la llamada, incluso renunciando a una prometedora carrera como periodista deportivo y después de haberse enfadado con Dios años atrás. Desde hace unos días ya es sacerdote.

¿Cómo lo estás viviendo?

La ordenación estuvo marcada por los ejercicios espirituales que hicimos en la semana de Pascua. Me ayudaron mucho a calibrar el don que voy a recibir, a cargar las pilas…

Se acaba una etapa de formación… ¿Con qué te quedas?

Con los grandes momentos de encuentro con el Señor, con los compañeros, con la parroquia donde he estado desde que me ordené diácono…

¿Te imaginabas así cuando soñabas en la universidad con llegar a ser periodista deportivo?

El otro día, en una conversación con una amiga de la universidad, nos preguntábamos qué hubiera pasado si nos dijesen hace unos años que hoy estaríamos así. No lo habría escrito ni el mejor guionista. Fue una llamada muy grande del Señor.

¿Sorprendió en tu entorno esta decisión tan importante?

A mis amigos de toda la vida, no. Sí a algunos de los periodistas deportivos más conocidos con los que trabajaba cuando respondí a la llamada. Alguno me dijo que era la primera vez que le pasaba algo así.

Te llama Dios, con quien habías tenido un encontronazo por la separación de tus padres…

En aquel momento le dije a Dios que ahí se quedaba, que ya vendría a por mí. Puede sonar muy apóstata, como una manera de tentar a Dios, pero hoy lo veo como un gran acto de fe. Confiaba en que Dios iba a volver a por mí. En este sentido es fundamental la educación que me dieron mis padres, por los colegios que eligieron… Al fin y al cabo, todo forma parte de una historia que Dios va preparando. Y cada vez más veo la ordenación sacerdotal como la recapitulación de toda mi vida.

Eres joven y sacerdote. ¿Qué hace falta para que más chicos como tú den el paso al sacerdocio?

Hace falta el ejemplo sacerdotal, pero no de un modo teórico, sino de un modo testimonial que cuide al joven que se cuestiona, que le acompañe y pierda mucho tiempo en él. Para que haya una vocación sólida tiene que haber un gran ejemplo, porque enseñar la belleza del sacerdocio va más allá de una simple beatería sino que se enraíza en lo más normal. A mí es lo que más me llamó la atención: ver un sacerdote normal, que no es un bicho raro… Solo así podremos atraer a más jóvenes, pues desde las sacristías pocas vocaciones vamos a suscitar. Se necesita un testimonio de coherencia.

¿Y qué hace falta para atraer a los jóvenes a la Iglesia, ahora que se acerca un Sínodo sobre ellos?

Creo que todo joven tiene los anhelos de un mundo mejor, de belleza… Y si nosotros creemos de verdad que el hombre por naturaleza tiene inscrito que su plenitud está en Dios lo que habrá que hacer es despertar la semilla y para eso habrá que hablar y acompañar a los jóvenes a través de la belleza, de la bondad, del perdón, de la cercanía… Tenemos que entender, para saber hacia dónde ir, que la gente hoy no conoce a Jesús de Nazaret. Si ofrecemos normas y moral sin mostrarles a Jesús no van a entender nada. Entonces, lo primero que habrá que hacer es mostrar a Jesucristo. El futuro pasa por ser más evangélicos que nunca.

¿Y cómo se hace esto?

Lo primero es ser un joven de hoy. No podemos llegar a la gente con métodos ochenteros, porque la juventud ha cambiado. Creo que en la base de todo está la empatía, en empatizar con el mundo de hoy, en ser del mundo sin ser del mundo o, como decía Ignacio de Loyola, «entrar por la suya para salir con la nuestra».