De tormentas y perros que no aprenden a no morirse

Era inevitable. Al primer ruido, empujaba la puerta con las manos y entraba, casi como pidiendo perdón. Y se escondía debajo de la mesa, o se acurrucaba a mis pies, mirando con esa mirada perdida de quien ya nada ve, pero vio todo. Dicen que en noches así, de tormenta, cuando el cielo se abre y se desploma, también se ve con más claridad todo lo que nos falta, todo a lo que nos abrazaríamos, todo lo que extrañamos. Y en noches así, de tormenta, con un nudo en la garganta bajo las manos para acariciarlo y tranquilizarlo y es cuando tomo conciencia plena y palpable de que ya no está, de que se fue, de que no hay vuelta atrás, de que Scott partió hace unos meses y que acá nos quedamos un poco más solos que antes.

Acá en la Costa llueve, diluvia, y después de compartir por Twitter ese dibujo de un chico y su perro, pidiéndole que haga cosas, que ladre, que se siente y finalmente pedirle que no se muera, me quedé esperando por la ventana verlo pasar en alguna ráfaga que venía del mar. Pero no. En noches así, de tormenta, tampoco pasan los milagros.

Alguna vez escribí, en una larga despedida, que pobres aquellos que creen que un perro es sólo un perro, como alguna vez alguien me dijo. Y un perro es tormenta, y es lluvia, y es extrañarlo como un hijo de puta. Un perro es el de mi amiga Sandra, que acaba de cambiar el espantoso calor del centro de Buenos Aires por los 20 bajo cero de Helsinki, y ella lo cuida con tanto amor que desde acá se siente su desolación por el frío que tiene. Un perro es el de mi amigo Juan, que se le fue hace dos años pero al que todavía escucha en cada tarde de lluvia cuando el agua golpea las botellas de plástico que se dejó escondida entre las plantas. Un perro es el de María, la mujer de mi amigo Matías, que sufre y pelea por cada día por sacarla a flote. Un perro es el de mi amiga Martuch, que siente que se le viene abajo, y ella con él.

No sé si es casualidad o no, pero casi todos mis amigos tienen perros, o mascotas. Mis amigos de toda la vida, mis amigos de las redes, mis amigos de hoy y seguro los de mañana, tienen perros o mascotas. Y todos, de una manera u otra, sabemos el secreto de estas espantosas noches de tormenta y de ausencias.

Llueve, y truena, y el mar se escucha desde la ventana. Y odio a la puta muerte que no perdona nada, y hasta un poco lo puteo a él, que aprendió todo, menos a no morirse.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Facundo Landívar’s story.