El violinista y yo, o como no todos tenemos un San Valentín perfecto

Esto de viajar tiene sus bemoles, no vaya uno a creerse que todos son hoteles de lujo, aeropuertos cools y una mujer monísima al lado tuyo en cada vuelo. Y noches llenas de joda y más joda.

No, la realidad es que a veces dormís en covachas, el aeropuerto es una porquería con más oficiales de inmigración que otra cosa, de compañero de asiento te toca una mamá con un hijito/a de 4 años que no para de berrear. Y las noches, como las de hoy, en vez de una joda loca pueden ser un San Valentín en un hotel de Bolivia, lejos de tu mujer, acompañado de dos parejitas medio tristes y un violinista que persiste en tocar una y otra vez el Himno a la Alegría, como si no hubiese algo más deprimente para deprimirse más en un San Valentín digno de mejores intenciones.

Lo peor de todo es que además los solos damos pena. Mucha. Sólo así puedo interpretar que el buen y querido aunque no virtuoso violinista se haya decidido a dedicarme varias interpretaciones a mí. Digo, a mí, solo en una mesa, a mí. De la misma canción, obvio. Una y otra vez. Y no es que yo sea mal pensado (descarto que se haya enamorado de mí), pero o es ciego o es sordo o su mujer lo dejó anoche y no se le ocurre mejor manera de vengarse que agarrar a un argentino al borde del desmayo. O las tres cosas juntas.

Igual rescato el espíritu de San Valentín, ojo, no vaya a ser que alguien crea que soy un desenamorado y el violinista se de cuenta y me enchufe otra vuelta del Himno a la Alegría en todas sus versiones posibles.

Por eso, el consejo más importante: no sean como yo, y la próxima vez chequeen bien sus viajes y que no les caiga San Valentín, Pascua o el aniversario de la caída del primer diente de un hijo en una fecha así. O al menos garantícense de que el pobre violinista haya abandonado el oficio, se haya arreglado con la mujer o, lo más difícil, haya aprendido nuevas canciones.

Eso sí, que viva el amor, eh. Y San valentín. Y los violinistas, claro.

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