Periodismo y aeropuertos

Lo importante es despegar

Ezeiza, cuatro de la mañana. Allá vamos.

Como a aquel boxeador que sabe que está solo cuando en pleno cuadrilátero le sacan el banquito, un periodista que se precie de tal sabe que la soledad más absoluta y perfecta está en los aeropuertos, donde todo empieza y todo termina. Ya no hay jefes, ya no hay reclamos, ya no hay nada más que una zona que se repite en cientos de lugares del planeta y donde la aventura, o la nota que sea, está por empezar.

Da lo mismo que sea Aeroparque, Viru Viru en Bolivia o Barajas o el JFK: el no-espacio del aeropuerto es nuestro sí-espacio, nuestro puntapié inicial para lo que venga, para una aventura donde somos y seremos los protagonistas absolutos.

Obviamente escribo esto desde un aeropuerto, Ezeiza, y a la impropia hora de las 4.10 de la mañana, esperando un vuelo que me lleve a Lima y de ahí a Guayaquil, para en tres días estar volviendo a Buenos Aires y otros tres días después estar partiendo para Bolivia. Pero podría ser a cualquier destino, que es lo mismo. Siempre estamos llegando de alguna parte o saliendo hacia otra.

Chequear que esté todo, y más. Pasaporte, plata, los enchufes de la compu, los apuntes para la cobertura, los teléfonos de los contactos, las tarjetas habilitadas y esa opresión, leve, sutil, en la boca del estómago, que nos dice que estamos otra vez en la ruta.

En 30 años de profesión no me han faltado aeropuertos, ni ese “¿me dejarán entrar?”, ni repasar una y otra vez lo que seguro me olvidé. Pero lo que además está siempre ahí, a la mano, intangible pero palpable, es la sensación perfecta de haber elegido el mejor oficio del mundo.

Periodismo y aeropuertos van de la mano. Nunca nos sentimos mejores que saliendo, solos, a cazar. Nunca nos sentimos mejores que entrando, de golpe, en una nueva galaxia. No importa el destino al que vamos, ni la cobertura que nos toca, ni el curso al que asistiremos: es la sensación plena y completa de que el mundo está al alcance de la mano. Y que de nosotros depende el éxito o el fracaso, Devoto o la gloria, una cobertura anodina o esa que, años después, seguimos leyendo con cierto orgullo profesional.

Me ha tocado vivir en el exilio, me ha tocado viajar dos o tres veces por semana, me ha tocado dar la vuelta al mundo en un avión enloquecido con una pareja presidencial que ni nos hablaba. Me han tocado amenazas de bombas, aeropuertos donde sólo se escuchaban lenguas imposibles, valijas perdidas, madrugadas en sillas medievales. Me han tocado horas en un aeropuerto cercado por la nieve, demoras por el sólo hecho de ser periodista, miradas hoscas cuando llegás, maletas que llegan abiertas, comidas que ni me animo a pronunciar, me ha tocado un año de 150 vuelos. Me ha tocado, en definitiva, la vida arriba de un avión.

Las madrugadas acá tienen su propia fauna, y de ella somos parte también. Las chicas arregladas del free-shop, los oficiales de inmigración que se caen de su asiento, los policías que hacen que revisan todo pero no, las tripulaciones que van a cubrir sus vuelos. Y en el medio, nosotros, viejos profesionales convencidos de que si las madrugadas son eternas y las esperas frías, y todo esto es complicado, mucho peor es trabajar.