Fénix

El alma es un fénix, condenada también a ser dualidad del día y la noche. De noche, cuando las luces se apagan y todo duerme, el alma rasguña y se desviste de capas de piel, grita y se estremece hasta nacer. Y mientras el sol va tomando protagonismo en el cielo que hasta hace un rato las estrellas gobernaban, el alma se desvanece y se petrifica, se disfraza de identidad, de compromisos y de poco tiempo. De día, mi alma está ocupada siendo alguien. De madrugada, cuando ya se cansó de simular, recuerda su color y olvida su nombre (en unas horas, voces gritarán: ¡Florencia, despertate! y aquel universo de sueños se diluirá en mi consciencia).

Nunca volvemos a ser los mismos después de una madrugadita nutrida de insomnio. Porque estar despierto de noche, significa arrancarse los pretextos y destapar el pozo de los más abominables fantasmas y monstruos, charlar con nuestros mambos un rato hasta que amanezca y la realidad nos logre matar la vida. Significa despojarnos de las mentiras de las que nos sostenemos para afrontar nuestro papel matinal y batallar para luego rendirnos ante nosotros mismos, encarar nuestras más retorcidas verdades.

Mente, piel, espíritu. Caos, resignación, delirio y si tenemos suerte, refugio en brazos queridos y algún que otro beso para calmar la mente.

El fénix es la esencia de las almas que se queman, arden y se curten de sí mismas, para entonces así resurgir de sus propias cenizas (ruinas sobre ruinas, querida Alicia). Tal vez de eso se trate; Utilizar el dolor de hoy como un puente para mañana. Partir del fin para crear un nuevo principio y transformarse en base al aprendizaje que nos dejó el camino hasta ahora recorrido (las heridas más profundas).

Y así, nuevos y a la vez llenos de infinitas madrugadas pasadas, despertar. Espero que esta vez, siendo un poco más alma y no tanta carne.

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