Psyché

Pertenezco al mundo físico, y mi visión está contaminada por mi humanidad, por la razón, por lo que conozco, que es materia. Hoy mi alma no podría ser, si no tuviera donde hospedarse por el lapso de tiempo que le toque residir acá. Y este cuerpo es su anfitrión; como el amigo que le presta techo y comida a otro que está de paso. Cuando sea hora de move on, el viajero seguirá su ruta y el cielo y la tierra que alguna vez le sirvieron de hogar desaparecerán sin dejar rastro. Porque una casa por sí sola no es más que un hueco, pero nunca es sólo un hueco cuando dentro de ella hay una vida que le regala identidad.

Es irónico, como algo tan poderoso, libre y trascendental como es el alma, necesite encogerse y amoldarse a un envase de piel y órganos, someterse al mundo de la razón y de las máquinas, sólo para poder existir ante los ojos de otra alma.

Sí, el alma será una, pero el ser humano no sabe ser sólo uno. Tiene que ser varios y convencer de que todos y cada uno de sus papeles, son verdaderos. ¿Cómo puede ser, si no fuese de otra forma, que dos nunca digan lo mismo del uno del que hablan? Lo más curioso es que no hay una versión acertada y otra equivocada. Entonces, nunca se llega de conocer del todo a nadie porque nadie es alguien en concreto. Somos quien el otro quiere ver y quien decidimos ser para el otro. Y así se odia, se ama, se olvida o se recuerda a una fracción de un inmenso entero.

Supongo que en el único momento en que el alma no se distorsiona es cuando está sola; cuando nadie la ve, ni la piensa, ni la supone, ni la intenta conocer. ¿No será entonces, que el alma se aburrió de ser siempre pura y estar siempre intacta en soledad, y migró para el país de las caretas?

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